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Aspira a lo más alto

© SBA73 / Flickr / CC

Carlos Padilla Esteban - publicado el 28/10/14

Somos propiedad de Dios, amantes de Dios, consagrados a Él

Tal vez en nuestra vida hay más ruido que silencio. Más gritos que paz. Más palabras que gestos. Nos hace falta aprender a escuchar más. Hay muchas palabras en nuestra vida. En el silencio aprendemos a reconocer a Dios, sus deseos, su voluntad.

Y todos anhelamos ser santos. Una persona me decía hace poco: «Yo quiero ser santo». En realidad es lo único importante.

En la Iglesia se entierra la vida para que sea fecunda. En ella podemos acercarnos a la belleza de Dios y admirarnos. Allí decimos: «Yo te amo, Señor; Tú eres mi fortaleza. Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador».

Allí nos llama Dios a dar la vida. Decía el Padre José Kentenich: «Si dependemos del rostro de Dios y tratamos de asentir a sus deseos en todo y realizarlos, recibiremos la gracia y la fuerza para servirle en todas las situaciones de la vida, aun cuando nos cueste la vida»[1]. Es el camino para ser santos. No importa que nos cueste la vida. Vale la pena entregarla. La entregamos con alegría.

Queremos escuchar los deseos de Dios en lo más hondo del alma. Allí donde nada puede interrumpir su voz. Allí donde la noche se hace luz con su presencia. Allí donde volvemos a ser quienes somos porque Dios nos reconoce y nos ama.

Nuestro sueño es ser santuarios vivos. Decía el obispo Stefan Ackermann en el jubileo: «Santuario significa un lugar extremadamente marcado por Dios y con ello extraído del mundo cotidiano. Los lugares santos están fuera de la disposición del hombre, le pertenecen por completo a Dios».

Y pensaba en nosotros que habíamos hundido nuestras vidas en tierra sagrada. Nos habíamos vuelto sagrados. Templos de Dios. Santuarios de Dios. Sí. Entresacados, extraídos de lo cotidiano.

Jesús nos lo recuerda: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todo tu ser». Somos propiedad de Dios. Amantes de Dios. Consagrados a Él.

Lo que no le pertenece a Dios quiere ser propiedad suya. ¡Qué lejos estamos del ideal! No nos conformamos, como nos lo recuerda el Padre Kentenich: «Luchamos contra el hecho de conformarnos con lo mínimo. En nuestras banderas está inscrito lo más elevado que es posible alcanzar. Luchamos por lo máximo. Para no tocar la llanura nos mantenemos siempre en las alturas»[2].

No queremos conformarnos con el mínimo. Con todo el corazón, con toda el alma, con todo nuestro ser. La palabra todo nos parece imposible. Muchas veces nos quedamos a medias, no lo damos todo, no aspiramos a todo, a lo máximo.

Vemos que nuestro corazón se apega a la tierra, a la fama, al honor, a nuestros planes. Ese corazón rebelde, lleno de pliegues en los que no entra la luz. Lleno de sentimientos que no son los de Cristo. Queremos entregarnos. Aspirar a lo más alto. No conformarnos. 

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