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En el sufrimiento más que entender busco paz, consuelo unidad

© Zurijeta/SHUTTERSTOCK

Carlos Padilla Esteban - publicado el 25/10/14

La cruz se puede vivir como camino de vida o de muerte, de unión o división, de paz o de lucha

Dios permite muchas veces en nuestra vida cosas que no entendemos. Tal vez demasiadas. Y a nosotros nos gustaría entenderlo todo, el porqué pasan las cosas, al menos para qué pasan.

Decía el Padre José Kentenich: «Deberíamos acostumbrarnos a contemplar cada suceso como un cúpula en cuyo extremo superior está sentado Dios. Y ahora, yo coloco la escalera para el entendimiento, esto es, para el espíritu de la fe. ¿Qué quiere Dios ahora, a través de tal desilusión, o de tal infortunio?»[1].

El sentido de la vida, de la enfermedad, de la muerte, del dolor, de la violencia, de la pena, de la soledad, de la injusticia. ¿Dónde buscamos el sentido?

La vida se nos queda muy grande. El cielo se nos queda grande, la eternidad, el mar sin orillas. El océano profundo, el cielo sin bordes. El tiempo sin fin.

Cuando lleguemos al cielo lo veremos todo mejor, quizás entenderemos, allí estará todo más claro. Comprenderemos y las piezas del puzle encajarán. Aquí nos sentimos pequeños, diminutos ante el universo, perdidos en la temporalidad de nuestros días.

La vida nos parece injusta. La cruz no nos une a nada. La cruz muchas veces nos separa. Nos rompe por dentro. Nos divide. Aquellos a los que amamos se van y se queda en nuestras vidas el amor que les tenemos, las historias tejidas a su lado. El alma rota. El dolor de la cruz que nos distancia de aquellos a los que queremos. Las paradojas.

Necesitamos amor en el dolor y a veces lo rechazamos. Nos aislamos. Nos quedamos divididos entre el tiempo presente que tenemos, el pasado que hiere en su recuerdo y el futuro que nos parece pesado sin tener a los que tanto amamos.

Nos duele el alma cuando perdemos. La cruz nos quita lo que amamos. Ya sea la salud, la vida, el amor, los sueños, las posibilidades. Nos divide y nos separa. Tantas veces la cruz no nos une. No es cruz de la unidad, sino de la discordia. No crea vínculos profundos, sino que profundiza heridas y diferencias. No ata corazones, sino que los separa por profundos abismos.

La cruz nos puede unir a Dios o nos puede sumir en la incomprensión, en la soledad, en el desamor.La cruz del que ama hasta el extremo la podemos vivir sin amor. Sin llegar al extremo de nuestro amor. Sin llegar a darnos.

La cruz nos puede hacer egoístas. Coleccionistas de caricias fugaces y fútiles, que no nos llenan. Acaparadores de momentos de luz en medio de la noche.

La cruz es momento de abandono en los brazos de Dios, pero podemos vivirla rebelados contra una voluntad de aquel Dios injusto a quien no entendemos.

La cruz es el momento de la entrega. Porque, el que no entrega, no recibe. La cruz es ese monte de Moria en el que se entrega lo más amado y se recupera bendecido. Abrahán en el monte Moria entregó a su hijo sin comprender y Dios se lo devolvió y le regaló por su amor un pueblo numeroso como las arenas de la playa y las estrellas del cielo. El monte del silencio roto por el grito de alegría de un corazón agradecido al recuperar a su hijo entregado.

En Moria gana el que entrega. Pierde el que retiene. La cruz se puede vivir como camino de vida o de muerte, de unión o división, de paz o de lucha.

La cruz hiere con un garfio de hierro el alma. Hasta las mismas entrañas. Abre un canal para la vida. Nos hace vulnerables, al alcance de cualquiera que ha sufrido. Nos hace frágiles e indefensos, cercanos y pobres. Nos hace dignos de compasión y de amor.

Nos hace incapaces para dar, sólo capaces para recibir. Porque con los brazos clavados en un madero sólo es posible recibir. El costado abierto derrama hasta la última gota de sangre, no retiene. Y el cáliz vacío no da, sólo recibe, para luego poder dar.

María, que entrega la vida por su Hijo en la cruz, sólo puede recibir el amor derramado y entregarlo a los hombres.

Hoy le pedimos a Dios la paz y el consuelo. No le pedimos comprender, no importa tanto. Sí le pedimos hacer de nuestra cruz personal una cruz de la unidad.

¿Cuál es el nombre de mi cruz? ¿Cómo se llama mi renuncia? ¿El nombre de mi sangre derramada? ¿Mi cruz une? Que en nuestra cruz esté siempre María. Que en nuestra cruz seamos capaces de derramar nuestra sangre, la sangre de Jesús. Que nuestra cruz no divida, sino que una.


[1] J. Kentenich, 1952

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