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​¿El sacerdote es Jesús en el momento de la consagración?

© Fabio Lotti / Shutterstock

Henry Vargas Holguín - publicado el 24/10/14

En ese momento de la misa Cristo actúa en el sacerdote realizando lo que éste no puede hacer

Por favor, indíquenme si es correcto o estoy en un error para corregir mi visión. En el momento de la consagración, puede considerarse como una » transfiguración» en el sacerdote? El pan tiene la apariencia de pan pero es el Cuerpo de Cristo; el vino continúa con su apariencia, pero es la sangre del Señor. ¿El sacerdote es Jesús, en ese momento?

Un sacerdote es un hombre que, por iniciativa y acción de Cristo, ha sido convertido en sacramento viviente de Jesucristo. Jesucristo es el único, Sumo y Eterno Sacerdote; los demás son ministros suyos.

Los presbíteros son, en la Iglesia y para la Iglesia, una representación sacramental de Jesucristo Cabeza y Pastor; proclaman con autoridad su palabra; renuevan sus gestos de perdón y de ofrecimiento de la salvación, principalmente con el Bautismo, la Penitencia y la Eucaristía; ejercen, hasta el don total de sí mismos, el cuidado amoroso del rebaño, al que congregan en la unidad y conducen al Padre por medio de Cristo en el Espíritu. En una palabra, los presbíteros existen y actúan para el anuncio del Evangelio al mundo y para la edificación de la Iglesia, personificando a Cristo, Cabeza y Pastor, y en su nombre” (exhortación apostólica Pastores dabo vobis, nº 15 de Juan Pablo II).

En otras palabras el sacerdote es personificación sacramental del mismo Cristo.

El sacramento del Orden Sacerdotal “configura con Cristo mediante una gracia especial del Espíritu Santo a fin de servir de instrumento de Cristo en favor de su Iglesia. Por la ordenación se recibe la capacidad de actuar como representante de Cristo, cabeza de la Iglesia, en su triple función de sacerdote, profeta y rey” (Catecismo de la Iglesia Católica (CIC), 1581).

El sacerdote, por lo tanto, representa –en sentido real– a Jesucristo Cabeza de la Iglesia. Es lo que se suele decir con la expresión, de origen patrístico, que el sacerdote actúa in persona Christi: en la persona o en el nombre de Cristo.

¿Gracias a qué? Gracias a que “el Sacramento del Orden confiere un ‘carácter’ espiritual indeleble” (CIC, 1582).

Los sacerdotes «son sellados con un carácter especial, y se configuran con Cristo Sacerdote de tal modo que pueden actuar en la persona de Cristo Cabeza» (decreto Presbyterorum Ordinis, 2).

El carácter es un sello indeleble en el alma del sacerdote, es como un punto de fusión o punto de contacto entre Cristo y el sacerdote que le permite a Cristo actuar y hablar en el sacerdote; es decir es como si el sacerdote le prestara a Cristo su voz y sus manos.

¿Qué significa todo esto? Significa que el sacerdote representa a Cristo.

¿Y qué se entiende por representar a Cristo? ¿Lo representa como, por ejemplo, un embajador podría representar a un presidente de una república (que desde luego está ausente) en el sentido de hablar y actuar en su nombre?

La respuesta es negativa porque Cristo no está ausente en la Iglesia y actúa más concretamente en las acciones litúrgicas o en las acciones sacramentales.

La cosa es pues al revés, es Cristo el que actúa en el sacerdote realizando lo que éste no puede hacer: por ejemplo, el milagro de la transubstanciación o el milagro de la absolución.

Y no sólo en estas acciones pues los sacerdotes “son consagrados… desempeñando en la persona de Cristo Cabeza las funciones de enseñar, santificar y gobernar” (Código de Derecho Canónico 1008).

Estas funciones o acciones o poderes sacerdotales no son del sacerdote sino de Cristo y el sacerdote los recibe no para sí mismo sino para la santificación de los fieles.

Y “puesto que en último término es Cristo quien actúa y realiza la salvación a través del ministro ordenado, la indignidad de éste no impide a Cristo actuar” (CIC 1584).

Esta presencia de Cristo en el ministro no debe ser entendida como si éste estuviese automáticamente exento de las debilidades humanas.

El sacerdote sigue siendo hombre de carne y hueso y sufre, como cualquier otro, todas las tentaciones de los seres humanos.

Se trata, pues, de una configuración por la que el sacerdote es como arropado, envuelto o, si se me permite la expresión, poseído por y en Cristo para servir sacerdotalmente.

Es una configuración por la cual se puede decir, con toda verdad, que el sacerdote es como una prolongación de Cristo y en este sentido se dice que el sacerdote es alter Christus.

La afirmación de que el sacerdote es alter Christus tiene una larga tradición en la teología y en el Magisterio de la Iglesia.

Ahora bien, no todos los actos del ministro son garantizados de la misma manera por la fuerza del Espíritu Santo.

En los sacramentos esta garantía es absoluta de tal manera que ni el pecado del ministro rebaja la acción de la gracia.

El Señor ha confiado a los sacerdotes una gran tarea: ser anunciadores de su Palabra, de la Verdad que salva; ser su voz en el mundo para llevar aquello que contribuye al verdadero bien de las almas y al auténtico camino de fe.

Por tanto, el sacerdote no enseña ideas propias, ni teorías humanas por más bonitas que sean; el sacerdote no habla por sí mismo, ni para ganarse admiradores o para crear una teología personal.

La enseñanza que el sacerdote está llamado a ofrecer es el mismo magisterio de la Iglesia y más que nadie el sacerdote debe interiorizar las verdades de la fe y vivirlas en un intenso camino espiritual personal, para que así realmente el sacerdote entre en una profunda comunión interior con Cristo mismo.

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