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Elogio de la imperfección

© a2gemma
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Es muy fácil decir: «soy un pecador». Pero ¿y cuando te dicen «eres un pecador»?

“Es buena gente”; dicho esto, que es lo que se dice, digamos las cosas: esa frase se expresa de dos modos, o para no decir nada porque al fin y al cabo casi todo el mundo “es buena gente” o para decirla tras la preposición “pero”, verbigracia: “se equivocó pero es buena gente”, “tiene sus defectos pero es buena gente”, “lo hizo mal pero es buena gente”. Y así llegamos, no otra, sino la misma vez, al mismo primer punto: decir “es buena gente” sigue sin decir nada. 

Así que, casi mejor fijarse y pensar en la equivocación, el defecto y el mal, porque es ahí donde sí se dice algo.

Pecado: para los griegos “hamartia”… quizás una palabra demasiado rara. En su traducción, el que no da en el blanco, el que no atina y yerra el disparo. Y eso nos suena más familiar. Pecado: del latín “pecco”, que en su etimología significa “el que tropieza”. Y ahí ya, como poco, hemos de sonreír al saberlo. Porque si bien es cierto que ser buena gente dice casi nada de casi nadie, que los demás sepan que nos tropezamos en nuestro camino dice mucho de uno, de los demás y del camino mismo.

En la Biblia, la primera equivocación, el primer pecado del hombre, es el de la vergüenza. Cuando el hombre y la mujer se hacen uno, dice la Escritura, no sienten vergüenza el uno del  el otro. No sentir vergüenza por estar desnudo es casi lo mismo que decir que hay pura honestidad, sinceridad, una gasa liviana que acaricia la piel y una piel suave que permite sentirse pacíficamente desnudo. De hecho, lo primero que se rompe tras su pecado es esa desvergonzada desnudez, es decir, se visten.

Ahora (lejos de aquél tropiezo) cuesta desnudarse delante de según quién y según qué. Somos nuestro primer enemigo, porque a quien nos cuesta es a nosotros, no al otro. Así, se equivoca seguro quien no actúa con sinceridad hacia sí mismo: el problema no es “vestirse” sino no saber desnudarse. Se trata de una sinceridad que en verdad sólo debería revelar tres cosas: sé tú (como un padre quiere que su hijo sea él) deja ser a los demás (y no vayas malmetiendo la pata y haciendo tropezar) y sigue este método para ser tú: cuanto te más des, más serás.

Por eso, nuestro pecado, en el que más nos reconocemos no es en el de quienes podemos llamar nuestros primeros padres (Adán y Eva) sino en el de los primeros hijos (a nosotros nos encanta la ropa): Caín y Abel. Y el pecado de Caín y Abel es el de no ser sincero con uno y, pese a que el otro es buena gente (¡y uno también, qué caray!), le ponemos la zancadilla y le hacemos tropezar. Pero olvidamos que al final es uno mismo el que está tropezando cuando le pone la pierna al otro. Por eso Yahveh se apiada de Caín: el chaval no se entera aún del asunto, puesto que, por lo visto, él es la inauguración del “asunto” mismo, el primero de la lista en la que estamos nosotros, el genio y figura, el probador de coches.

Mi error, tu error, su error

El lenguaje es muy divertido para analizar las cosas que nos pasan y especialmente esto de la imperfección y el pecado. Vivimos como vivimos porque hablamos como hablamos, y al revés. En lo que al pecado  se refiere (llámenle como quieran: defecto, error, mal, pifia), la situación es como sigue: Usted ve una injusticia cometida por alguien, y es de verdad una injusticia. Quizás contra usted, quizás contra otro. Usted se enfada. Usted encuentra a un amigo que por supuesto le va a dejar hablar y no llevar la contraria (en lo fundamental al menos). Usted se la cuenta. Usted se enfada más porque se la cuenta. Usted habla, maldice la injusticia y a quien la ha cometido. Usted se calma (tras la tormenta que “usted” mismo ha provocado). Su amigo sonríe. Usted también. Su amigo le dice “te entiendo”. Usted ya se autoentendía. Y tras clamar al cielo como “santo varón” por el pecado que se ha cometido contra el cielo y que ese vil traidor de la humanidad ha cometido (alguien de su familia, su marido, alguien de trabajo), usted rebaja al asunto y le da una “pseudohumanidad”: “no, no, si todos tenemos defectos, yo también”.

Lo gracioso es contarlo ahora pero en pasiva y tercera persona: usted es quien ha cometido tamaño crimen contra el cielo que merece mil infiernos (¿serviría como ejemplo un whatsapp hiriente? El pecado es, a veces, así de banal), y se encuentra con un amigo. El amigo se enfada. El amigo se lo cuenta y se las canta (en una versión que usted no entiende). El amigo no sonríe. Usted lo intenta. El amigo se enfada más, le maldice, y acaba diciendo con toda y perfecta humanidad, razón y santidad: “no, no, si todos tenemos defectos, y tú también”. A partir ahí la historia es simple: usted se enfada (y busca a ese otro amigo que no le va a contradecir). Seamos exactos: igual no se enfada al principio delante del amigo (o incluso reflexiona), pero al final no puede aceptar que le digan que uno es un pecador, es decir, lo que en palabras del siglo veintiuno se llama “has sido un imbécil integral”

Lo que es una perversidad no es que pequemos nosotros, es que los demás lo hagan… tenemos una gran capacidad de exculpación con nosotros mismos y una terrible dificultad para con los demás. La gente es una verdadera virtuosa de la argumentación, la psicología y los “peros” que salvan, cuando a uno mismo se refiere. Pero, milagrosamente, pierde el oído, la inteligencia y la intuición (femenina, masculina o hermafrodita) cuando se trata de los demás o, mejor aún, cuando se trata de lo que los demás dicen de mis defectos.

Comprender a alguien es muy difícil. Es de las cosas más intrincadas de este mundo (junto con el cubo mágico de Rubik). Si nos cuesta entender a quienes son de nuestra misma sangre (mi padre, mi hija, mi hermano) a quienes más amamos (un novio, mi mujer, mi amigo) ¿cómo no nos va a costar entender a quien conocemos en horario laboral, en el supermercado o la chica de la peluquería? Claro que son todos buena gente (especialmente la chica de la peluquería), pero eso no dice nada. Vemos con falsa claridad el pecado del otro y también con falsa claridad el nuestro propio. Precisamente porque todos tropezamos. Y ahí el cristianismo es de una sabiduría infinita: “No juzguéis y no seréis juzgados”.  Pero lo que hacemos, lo que siempre hacemos es lo que todos hemos hecho alguna vez con el cubo mágico de Rubik: coger el atajo para sacar el buen resultado, es decir, quitar las pegatinas para ponerlas donde queremos y hacer así las seis caras (aconsejo que cuando uno escuche a un amigo indignado le oiga los tonos de cómo habla “él” y qué tono le pone cuando hace la voz del “otro”). Pero sigue siendo un atajo que en el momento en que vuelve a desconfigurarse el cubo nos deja otra vez en la más absoluta perplejidad. Y, para ser más certeros, cuando nos deja en la perplejidad seguimos diciendo la misma tontería: “yo ya sabía que era buena gente”.

Déjenme equivocarme

No se equivoquen, no soportamos ser imbéciles integrales, no somos tan honestos y nuestra cultura muy moralista y muy cristiana, está hecha para no soportarlos. De hecho los cristianos tenemos esa tentación constante de ser acusadores y también autoexculpantes constantemente porque nuestro “negocio” es el camino de la vida, y si se me apura, de ser nosotros nuestros propios jueces. ¿Se dan cuenta de que la mitad de nuestros grandes santos fueron tildados de herejes por sus contemporáneos? No conozco institución milenaria donde esa acción casi se convierta en una regla no escrita. Esto es porque la Iglesia es un lugar de “tropezadores crónicos” y nadie soporta que le digan “stop, la has pifiado” y, al mismo tiempo, se cree con el ejercicio de decirle a los demás: “chico, por ahí no”.

En ese sentido, no sabemos decirnos las cosas, ni lo bueno ni lo malo, porque un error de base y una conclusión muy precipitada, sería creerse que han de ser los demás los que han de juzgarnos constantemente. Los demás que digan lo que quieran sobre mi vida porque al final mi vida la vivo yo y no mi vecino, mi mujer o mis hijos.

La frase es literal y aquí las comillas son para resaltar la literalidad: “dejemos” que “los demás” digan “lo que quieran” porque al final nuestra vida “la vivimos nosotros”. Si no dejamos a los demás decir las cosas que quieren decirnos no viviremos nuestra vida, si no nos dejan vivir nuestra vida que no nos digan nada. Si no dejo a los demás decirme mis defectos no me dejaré decir quién soy yo. Y si los demás no me dejan decirme quién soy, que se callen. Al final, todo pasa por ser honesto y por dejar de decir lo que no dice nada: “es buena gente” o “todos tenemos defectos”.

¿Cuál es el error de base? En mi opinión lo que he llamado “elogio de la imperfección”, o lo que en otras palabras se puede llamar: déjame equivocarme, pero si me equivoco no me dejes. Porque la sinceridad cristiana ha de estar presente en el reconocimientos mismo del pecado, y lo que sucede hoy es que no perdonamos los errores, no dejamos que se cometan, y si se cometen no han de ser contra nuestra intimidad más íntima (a la postre los sentimientos). Mejor dicho: yo los puedo cometer, los demás contra mí no, yo puedo decir con muchísima inteligencia el error del otro, mientras que los demás no me entienden realmente del todo cuando yo cometo el error: no se enteran, se enteran a medias, no saben todas las versiones o cosas así.

Vaya por delante: ¿no sería más sencillo, más honesto, más sincero, entender que el esfuerzo que se nos pide va de aceptar los errores? Los de uno consigo, los de uno con los demás, los de los demás con uno. No es tan preocupante, y, si se me apura, no perdemos tanto. Es curioso que en la fórmula litúrgica matrimonial no se incluya “cásate y no peques más”. Así que, en cualquier relación, ha de saberse: usted, yo, su amigo, no somos perfectos, y él o ella no es muy distinto de mí en su realidad más real, el corazón. Eso es lo poco que presentamos y, bajo mi punto de vista, lo más cristiano. No es lo que hacemos bueno lo que nos define, es lo que nos hace ser nosotros mismos. Antes que se nos pida no pecar, se nos pide honestidad ante nuestro pecado. Si no sabemos presentar nuestros defectos (y no como autojueces de nosotros mismos) no sabremos quiénes somos. La frase evangélica dice “nos juzguéis y no seréis juzgados”, pero el problema que estoy tratando de mostrar es que si no dejan de juzgarnos, no sabremos de verdad qué estamos haciendo mal. Déjenles equivocarse, ellos, como usted y como yo, la pifian, pecan –llámenlo como quieran-. Sólo han de saber que ese no es el verdadero problema del hombre.

 

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