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​¿Después de comulgar es mejor sentarse, arrodillarse o estar de pie?

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Henry Vargas Holguín - publicado el 21/10/14 - actualizado el 14/07/17

Cada uno puede adoptar la postura que le nazca, aunque lo suyo es permanecer de pie hasta que el último fiel comulgue

Tengo una duda. Podemos los fieles sentarnos una vez que hemos recibido la Comunión en la Misa o debemos esperar a que se guarden los copones en el Sagrario? ¡Gracias!

Recibir la Comunión o comulgar es establecer una común-unión con Jesucristo, y esto implica un momento intenso de fervor pues se verifica una adhesión personal a Él.

Esa adhesión difícilmente se puede dar sin la necesaria dedicación temporal que requiere una relación interpersonal. ¡Cuando se comulga, Cristo nos une tan íntima y profundamente a Él…!

Sobre la postura de los fieles después de la Comunión hay indicaciones en la Introducción General del Misal Romano (IGMR). “Sin embargo, pertenece a la conferencia episcopal adaptar los gestos y las posturas descritos en el Ordinario de la Misa a la índole y a las tradiciones razonables de los pueblos, según la norma del derecho” (IGMR, 43).

Según la IGMR, la Comunión puede recibirse de rodillas o de pie (haciendo antes la reverencia profunda, cf. IGMR, 160), y se permanece de pie mientras se canta el canto de comunión.

Y “el canto se prolonga mientras se administra el Sacramento a los fieles”, cf. IGMR, 86. ¿Cuándo termina el rito de la Comunión?  Termina cuando el último fiel comulga, no cuando el fiel en sí mismo ha comulgado.

Es de suponer que durante ese lapso de tiempo, es decir desde que se comulga hasta que el último fiel comulga, el fiel debe unirse, cantando, al canto de Comunión, y no ponerse a rezar individualmente sentado o de rodillas.

Por eso, normalmente se permanece de pie hasta que se reserva el Santísimo Sacramento, dado el caso, luego de lo cual sí nos ponemos de rodillas o nos sentamos para adorar a Cristo en el silencio.

Es lo que de hecho hace el sacerdote que, luego de distribuir la Comunión y de purificar los vasos sagrados, se sienta por unos instantes.

Y sería más que aconsejable que el breve momento de silencio no fuera interrumpido ni por música ni por nada.

Y los fieles “estarán sentados (…), según las circunstancias, mientras se guarda el sagrado silencio después de la Comunión” (IGMR, 43).

Fijémonos que el texto dice que los fieles estarán sentados sólo “después de la Comunión”, no durante el mismo momento de la distribución de la comunión.

Esta es la norma que, en principio, se ha de observar fielmente en la medida de lo posible, es lo ideal. En todo caso, se respeta la postura que al fiel libremente le nazca adoptar desde su corazón orante en el momento posterior a la comunión.

Es decir, a pesar de la norma, cada persona puede asumir, después de comulgar, la postura que le sea más cómoda según la edad (p. e. personas mayores), según la salud, según una amplia gama de  circunstancias o por el desconocimiento de la norma o por la costumbre del lugar, para orar o para unirse al canto de comunión; y por tanto no debe “sufrir” por lo que piensen los demás.

Es lo dicho por san Agustín: “En lo esencial, unidad; en lo opcional, libertad; y en todo, caridad”. Se pide que los sacerdotes y demás fieles respeten la libertad de cada uno en esta materia sin juzgar los motivos.

Hay que tener en cuenta que la postura debe favorecer la acción de gracias, la adoración y el recogimiento que deberían seguir a la Sagrada Comunión, habiendo comulgado con fe, fervor y conciencia pura.

Una costumbre bonita es, después de la misa, quedarse en la iglesia unos instantes para un breve momento de oración personal.

Lastimosamente, después de la oración de postcomunión, en muchos fieles es frecuente ver dos anomalías: Que empiezan a irse de la iglesia aun antes de la bendición final, o que tan pronto se imparte la bendición los fieles comienza a salir de la iglesia con tal rapidez como si alguien gritara que en la iglesia acaban de colocar un explosivo; actitudes que van en detrimento del canto final (que hace parte de la misa), de la dignidad de la misa misma o del templo y de los frutos mismos de la Sagrada Comunión.

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