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El Sínodo no ha ofrecido conclusiones, así que un poco de prudencia

Jeffrey Bruno

Jorge Traslosheros - publicado el 20/10/14

Reflexiones sobre el Sínodo de la Familia: lo importante viene ahora

Terminó el Sínodo extraordinario sobre la familia. Nada de lo dicho es definitivo, así que un poco de prudencia en el juicio sería conveniente. Lo más importante es no dejarse confundir por la polvareda levantada por algunos medios de comunicación seculares quienes pretendieron sacar conclusiones, sin atender a las premisas.

Fue notorio cómo algunos medios intentaron un linchamiento cibernético contra el Cardenal Müller acusándolo de ser el paladín de la intransigencia, que no lo es; pero no dieron cuenta de su vocación por la apertura, que sin duda la tiene, al grado de convertirse en inequívoco promotor del derecho que nos asiste a los fieles de informarnos sobre lo que opinan nuestros prelados. Algo similar, si bien de signo contrario, sucedió en relación con el Cardenal Kasper dibujado como una especie de diablo pervertidor de ángeles. En ambos casos se trata de caricaturas grotescas que nada tienen que ver con la realidad.

El Vaticano, me parece, pudo haber hecho más y mejor para dar información clara a una prensa que poco sabe de finezas eclesiológicas y teológicas. No obstante, hay que reconocer que, en esta lógica, la segunda semana fue mucho mejor que la primera. Sería muy deseable un ejercicio de autocrítica para mejorar las estrategias de comunicación en el próximo Sínodo. No pierdo la esperanza.

Por fortuna, ahora se cuenta con plataformas de información más leales a los acontecimientos eclesiásticos lo que permitió, solo en parte, paliar el problema. Bajo cualquier hipótesis es obligación del católico, como del interesado de buena fe, estudiar los acontecimientos en sus  fuentes. Por lo menos leer los documentos disponibles –que los hubo- para saber lo que en efecto se está discutiendo y así dejar de lado especulaciones sin fundamento.

Lo cierto es que apenas terminó la primera etapa de un largo recorrido. Falta llevar las inquietudes de los padres sinodales a las comunidades católicas del mundo, donde serán discutidas. Luego, la realización de otro Sínodo el próximo año, éste ordinario, así como el Encuentro Mundial de las Familias, a celebrase en Filadelfia con la presencia del Papa, donde seguro también se harán reflexiones importantes. Finalmente, el Papa Francisco elaborará la Exhortación Postsinodal. Hasta entonces tendremos una voz autorizada sobre la cual se podrán tomarán decisiones pastorales de gran calado. No obstante, ya es posible observar ciertos asuntos que han marcado y marcarán el rumbo. Veamos.

Con alegría constatamos que el Concilio Vaticano II ya forma parte de la cotidianidad de la Iglesia. El Concilio aplicó un método de pensamiento que marcó su historia y ha orientado, desde entonces, la pastoral, la teología y el magisterio, como ahora el Sínodo. Para renovarse es necesario volver a la raíz, pues sólo desde el origen se puede proponer a Jesús en el tiempo presente, en fidelidad al Evangelio y la tradición, valorando lo que de constructivo existe en las diversas experiencias humanas y denunciando con valentía profética las injusticias.

Los reportes del Sínodo nos muestran un conjunto de inquietudes, no conclusiones, que dejan en claro cuatro asuntos: la presencia de la teología originaria; la comprensión de la gradualidad en la historia de salvación de cada persona; una serie de cuestionamientos muy valientes y; la incuestionable fidelidad a la doctrina de la Iglesia sobre el matrimonio, lo que fue particularmente señalado por el Papa en su notable discurso de clausura lo que hace innecesario cualquier comentario.  

Fieles a la herencia del  Concilio Vaticano II, los padres sinodales buscaron la raíz y la encontraron en la teología originaria que sustenta la idea de la gradualidad en la historia de salvación. Esto es más sencillo de lo que parece.


La religión católica no es un conjunto de predicados morales, sino una puerta abierta a la relación entre Dios y los seres humanos en contextos históricos y personales precisos. De las diversas realidades sociales y culturales -necesidades podemos decir- surgen las reflexiones morales y los principios de convivencia que, en ocasiones, toman la forma de disciplina canónica. Lo importante es entender que el origen de la moral y la disciplina se encuentra en la relación concreta con Dios la cual, para el cristiano, implica por necesidad su amistad con Jesús. Cuando se invierte la relación, es decir, cuando la moral y la disciplina determinan nuestra relación con Dios, entonces caemos en el pecado del puritanismo porque negamos la confianza en Dios.  Así lo dijo el Papa en su homilía de media semana. Cuando una ley no conduce a Dios se ha vuelto obsoleta. El Papa no ha negado la necesidad de la moral y la disciplina, pero ha puesto las cosas en su justo orden.

Cuando la relación con Dios se desarrolla en su justo orden, entonces la vida se convierte en historia de salvación. Este es precisamente el camino de la santidad que única y solamente los pecadores pueden recorrer. La Iglesia está para asistir en el proceso y no para poner obstáculos. Por eso Francisco ha repetido constantemente que la Iglesia es un hospital de campaña en medio del desastre. Siempre será necesario recordar que la santidad no es un estado de iluminación ética, sino el camino de los pecadores; pero sobre todo, que este camino es Jesús de Nazaret. 

Cuando lo anterior se comprende entonces queda clara la realidad más profunda de una cultura auténticamente católica: la ley de la gradualidad. Esto quiere decir que, en la búsqueda de Dios ascendemos paso a paso, entre tropezones y buenos momentos, nunca linealmente, siempre acompañados por la comunidad y fortalecidos por la presencia del Nazareno. En cada etapa se mezclan nuestros pecados que nos detienen y la gracia que nos impulsa. No hay estados puros. La conversión es nuestra forma natural de caminar. Contemplemos. Jesús miró con misericordia a la mujer adúltera y le pidió no pecar más. Luego la perdonó setenta veces siete. Esa mirada le devolvió la vida porque Jesús mismo es la vida.

Los padres sinodales, conscientes de que el origen de la pretensión cristiana es que Jesús es el camino, la verdad y la vida, atentos a la gradualidad del camino de salvación, abordaron la discusión sobre la familia y los retos pastorales echando mano de la metodología “ver, juzgar, actuar”, tan latinoamericana. Fieles al Evangelio, la tradición y al Concilio, nos llenaron de inquietudes sin dar respuestas. El momento no ha llegado.

La agenda abordada fue muy amplia, mucho más de lo que consignaron los medios seculares e incluso algunos más ligados a la Iglesia. Primero, realizaron una descripción de los diversos retos que las familias enfrentan a nivel mundial, lo que resulta más amplio y grande que los problemas de Occidente. En este particular, la voz de los obispos africanos y del Medio Oriente resonó con fuerza. Después, reflexionaron esa compleja problemática a la luz del Evangelio de la familia procurando ver con la mirada de Jesús. Es en este momento donde brilló con toda su fuerza la ley de la gradualidad en la historia de salvación. Tercero, abordaron sin anestesia los enormes retos pastorales.

Entre los retos, muy firmes en la doctrina de la Iglesia, los padres sinodales nos invitaron, entre otras cosas, a dar cara a los problemas derivados de las persecuciones, la migración, el hambre y la miseria, el desprecio a las mujeres en no pocos lugares del mundo. También, a ser valientes y  buscar las semillas de verdad que existen en los matrimonios civiles, en las parejas de hecho, en las vivencias de los divorciados y de los divorciados vueltos a casar, en el drama que viven los hijos de familias desintegradas, en el temor de los jóvenes para comprometerse de manera permanente y en sus anhelos de lograrlo algún día, como también a no arredrarse ante la enorme necesidad de atención de nuestros hermanos de orientación homosexual.

No negaron un punto la verdad y la belleza que pueden vivir quienes gozan de en un auténtico matrimonio sacramental, pero lejos de entenderlo como el mundo de los privilegiados, algo así como la casta de los puros, los obispos les llamaron a la misión. Es urgente su compromiso solidario y subsidiario con quienes requieren de acompañamiento.

Si algo dejaron en claro los padres sinodales es que la Iglesia es una comunión, una familia, jamás una competencia donde los privilegiados y los puros ganan el reconocimiento público y los perdedores son arrojados al cesto de lo inservible. Este es el tiempo de la misericordia, siempre lo es como bien ha señalado Francisco, la cual sólo puede realizarse en la íntima relación que existe entre la caridad y la verdad. Una vez más constato cómo el magisterio de Benedicto XVI y del Papa Francisco se complementan como finas piezas de relojería. No es casualidad.

Los padres sinodales nos sacudieron, ¡vaya que si lo hicieron! Nos recordaron que para el católico no existen zonas de confort porque es Dios quien siempre toma la iniciativa, es él quien nos sorprende, nos desestabiliza, nos impulsa a más y mejor. Sin esto, doy testimonio, no existiría belleza alguna en la vida del católico.  Dios siempre nos “primerea”, por citar al Papa.

Los obispos y cardenales cargaron con su pobre humanidad, escucharon la palabra de tantos católicos en el mundo, tuvieron la osadía de asumir el origen de la pretensión cristiana. Saben que “Cristo quiere que su Iglesia sea una casa con la puerta siempre abierta, recibiendo a todos sin excluir a nadie”. Por eso aplicaron la ley de la gradualidad, sus palabras provocaron sorpresa y estuvieron cargadas de novedad. Y no es que dijeron algo realmente nuevo. Quienes seguimos el acontecer eclesiástico sabemos muy bien que estos asuntos se discuten constantemente. Lo que sucede es que la mirada de Jesús hace nuevas todas las cosas.

Con gozo he escuchado el aleteo del Espíritu Santo. Me he dado cuenta cómo, durante el Sínodo, se ha paseado a sus anchas quien toca a nuestra puerta porque quiere sentarse a nuestra mesa (Ap, 3: 20), el mismo que, desde la Cruz y la tumba vacía, siempre ha sido locura y escándalo para el mundo (1 Cor, 1: 18-25).

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