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La invitación de tu vida, ¡di que sí!

© Shaiith/SHUTTERSTOCK

Carlos Padilla Esteban - publicado el 16/10/14

Dios me quiere, yo puedo ser algo para Él, todos tienen un lugar elegido

Jesús camina con los hombres, se hospeda entre nosotros, come con nosotros, se hace pan, nos invita a todos, a mí. Jesús se sienta a la mesa con nosotros y nos invita a estar con Él.

Y así, desde su vida, desde la vida de los que lo escuchan, en torno a una mesa, Jesús les habla de Dios. De su Reino. Es como un banquete. Un banquete es signo de alegría, de plenitud, de amor, porque invitas a quien amas.

Jesús nos muestra un Dios que nos llama a su fiesta. No a trabajar con Él, sino a estar con Él. El banquete es un momento en el que todo se detiene. El tiempo se para y estamos con los nuestros.

Dios quiere estar con nosotros. Darnos de comer. Compartir lo que tiene. Quiere que descansemos después de tanta búsqueda. Dios invita a todos. Invita a cualquiera sin necesidad de nada, sin recomendaciones. Él es quien invita.

Su invitación es gratuita, universal, desinteresada. Hay sitio para todos. No hay nadie que quede fuera de la invitación. Es su forma particular de llamarme. ¿Cómo ha sido la mía?

Quizás a través de mis padres desde niño, o por un dolor grande, por un fracaso, por una alegría, por alguien que me amó tanto que me hizo confiar de nuevo, o que me sostuvo. Tal vez fue alguien a quien admiro.




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Es un misterio, pero Dios llama a todos. Nos invita a su lado detrás de cada acontecimiento de nuestra vida. Una y otra vez.

Jesús nos dice que sale a buscar a los invitados a los caminos, que manda a sus criados. Sale al encuentro, no se queda quieto.

Sabe que necesito mi lugar junto a Él, donde me sienta amado y escogido, donde se calme esa sed de pertenencia, de llegar y no estar de paso, de quedarme y reposar. Saciar mi sed de amor eterno. Quiere que esté junto a Él. Me invita a tocar su amor.

A veces pensamos los cristianos que somos los únicos invitados al banquete. Y eso nos hace sentirnos bien. No es así. Dios busca a cada hombre.

Los criados reunieron a todos los que encontraron, buenos y malos. Invita a todos. Los busca donde haga falta, hasta el último minuto de su vida, hasta el rincón más perdido. Sale al encuentro.


FOCOLARE

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Dios va a buscarnos. No se queda esperándonos en la mesa. Nos invita y sale a llevarnos la invitación.

Nos cuesta entender el amor gratuito de Dios, personal, incondicional, incansable. Ese amor que lo perdona todo, que espera siempre, que me reserva un sitio, porque sabe que llegaré.

Confía en mí. Me espera con los brazos abiertos. Si llego me abraza en silencio, no me echa en cara lo que he tardado. Me pide que me descalce, porque estoy en casa. Así nos habla María cada vez que llegamos al santuario.

Dios es el Padre que acepta al hijo pródigo y hace un banquete por su vuelta. Es el amor de Dios el que invita y nuestra pequeñez la que nos da derecho a sentarnos a su lado. No se trata de cumplir o no cumplir. Sino de amar, de aceptar, de abrir el corazón pequeño a su amor de Padre.

A todos los que encontréis, llamadlos. Todos. Sea cual sea su historia, su herida, su sed, su anhelo.

Dice el Padre José Kentenich: «Dios me quiere. Y me quiere así como soy. Y me quiere con mis miserias, con los golpes del destino. Dios me quiere, Yo puedo ser algo para El»[1].

Todos tienen un lugar elegido, pensado, con su nombre escrito. Todos tienen derecho.

[1] J. Kentenich, 1952

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