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¿Vivir para producir, para disfrutar? ¿O para enorgullecer a Dios?

Father and teenager daughter – es

© asife/SHUTTERSTOCK

Carlos Padilla Esteban - publicado el 15/10/14

Soñamos con que nuestro Padre nos haga una fiesta, vea que nuestra vida es motivo suficiente para alegrarse

Cuando Jesús habla del Reino de Dios como una fiesta nos muestra el sentido de nuestra vida. Estar con el Padre, vivir en su presencia, gozar de su alegría. Somos invitados a estar con Él, a descansar en Él.

¡Cuánto nos cuesta no hacer nada y perder el tiempo a su lado! Medimos los días de acuerdo a lo que producimos. Si producimos mucho ha merecido la pena. Si no producimos nada, entonces estamos mal, somos unos vagos.

La fiesta nos habla de alegría por haber recuperado al hijo perdido. Nos recuerda la alegría del Padre que tenía dos hijos y uno de ellos se aleja de su presencia. Cuando lo recupera organiza una fiesta. Es lo que todos soñamos. Que nuestro Padre nos haga una fiesta, invierta sus bienes en nosotros, vea que nuestra vida es motivo suficiente para alegrarse y dar gracias.

Me gusta ver cómo la fiesta se llena de invitados. No llama sólo a los buenos. Llama a todos, buenos y malos. Jesús quiere que abramos el corazón, que invitemos a otros para que conozcan a Dios.

Jesús observa, conoce al hombre, conoce el corazón, usa ejemplos cotidianos, toca la vida y la llena de Dios. Cuando habla del Reino habla de Él, de su vida. Habla de la viña y Él es la vid. Del banquete y Él es el pan, el que nos reúne.

Es el que nos invita, el que se parte, el que es comida y bebida que calma el hambre y la sed honda del ser humano. Es el que prepara la mesa con infinito cuidado para que me sienta feliz en su fiesta.

Jesús piensa en la comida que me gusta, en el lugar mejor. Jesús se hace parte de nuestra vida y así, compartiéndola, nos muestra a Dios. Nos dice cómo es Dios. Estar con Él es una fiesta, es un banquete en familia, de amigos.

En la mesa se comparte el día, se reúne la familia que durante el día ha estado dispersa, uno cuenta y escucha, se ponen en común miedos y alegrías, preocupaciones y esperanza. Se brinda por las cosas importantes.

Los momentos más bonitos de la vida se hacen sagrados en la mesa. En la mesa se comparte la vida, lo más cotidiano. Es un altar. Allí se hace presente Dios. Son momentos sagrados.

Jesús acepta comer con cualquiera. Con Simón el fariseo, con el propio Mateo, recaudador de impuestos, con sus amigos de Betania. No elige los ricos pero tampoco los desprecia. Se sienta a la mesa con aquel que lo invita.

Dios no exige para comer con Él que nos hayamos portado bien, o nos lo merezcamos: «Malos y buenos». Él sólo mira el corazón. Disfruta de cada casa, de cada familia. No selecciona por interés. Y nos pide lo mismo. Que invitemos sin pensar en recibir, sin condiciones.

Jesús les pide a los fariseos, a los sacerdotes, que sean como Él, y les habla de un Dios que no conocen, que es gratuidad, que invita a todos.

Jesús acepta cualquier puerta abierta. Multiplica los panes para dar un banquete a los que lo escuchan. Se sienta a la mesa con los suyos en la cena de Pascua, con un gran anhelo en el corazón de comer con ellos esa noche.

A Jesús lo llaman comilón y borracho. Porque acepta compartir la vida sencillamente. En Emaús, los discípulos lo reconocen al partir el pan. Lo habría hecho antes tantas veces en su vida. Era un gesto suyo. De intimidad. De complicidad. Lo reconocieron. Parte el pan, se parte, reparte, se dona

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