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Nunca podré olvidar lo mucho que mi suegra ayudó a mi matrimonio

michaeljung

Revista Ser Persona - publicado el 14/10/14 - actualizado el 29/01/19

La mejor herencia, unas lecciones de vida…

Un encuentro fugaz, una mirada, una certeza del bien anhelado, y comenzó así una amistad, un noviazgo y mi afortunada historia familiar.

Mi  ahora esposa, siendo amigos, me invitó a cenar a su casa para conocer a su familia, y ellos a mí. Se trataba de su madre viuda recientemente y cinco hermanos entre solteros y casados. Asistí aquella noche muy acicalado, con un obsequio para mi plan de conquista; también  para mandar a todos los presentes una señal de mis intenciones.  Llegaba por motivos profesionales a una pequeña ciudad y aun que me consideraba un buen partido,  era por así decirlo, según los usos y costumbres, un perfecto extraño;  un tío que quien sabe qué raras costumbres podría tener.

Fue mi futura suegra quien me abrió la puerta; alta, de sobria vestimenta, ceño adusto y gesto decidido. Me parece estarla viendo recorrerme de pies a cabeza con una mirada penetrante e inquisidora, como si dudara en dejarme pasar, y,  que en la eternidad de unos instantes pareció decirme: ¡Vaya! ¿Así que eres tú, nada más ni nada menos quien  pretende a mí adorada hija? ¿Sabrás que es un dechado de virtudes, buenas costumbres y lo que eso significa?

Me hubiera gustado decirle que si eso pensaba, efectivamente,  ese era yo; que sabía de buenas costumbres y que además de un simple mortal lleno de buenas intenciones,  podía  presentarme como el ingeniero tal y  cual, tratando de mejorar una primera impresión; pero intuí que el título no la iba a impresionar; así que,  con espíritu encogido solo acerté a decir: –Buenas noches,  ¿se encuentra Sonia?,  soy Gustavo…  Sentí que perdí por knock out en el primer round, sin alcanzar a oír  tan siquiera la campana.

Durante la cena procuré  sentarme derecho y comer con mucha pulcritud, al tiempo que  trataba de conversar en forma amena e interesante; sin dejar un instante de sentirme sopesado y observado por el rabillo de su ojo. Terminada la convivencia, rumbo a mi casa, pensaba: ¡Vaya con la Señora!  ya la iré convenciendo, pues como se vea, tengo más mundo y cultura que ella; que  al fin y al cabo no es más que una señora rústica, sin escuela; que ha educado y cuida bien de su hija.  Seguro habré de enseñarle  algunas cosas, me decía, haciendo cábalas en mi juvenil cabeza.
Así quedaron las cosas y poco a poco fui aceptado por ella y el resto de la familia. Sonia y yo nos casamos  y llegaron los primeros hijos; felizmente  los vi crecer en aquel sencillo entorno familiar de fuertes valores y  enorme riqueza afectiva.

Pero… ¿Y lo que pensaba que le enseñaría a mi suegra? ¿Cómo queda en esta historia?

Fue al revés, mi suegra, aunque efectivamente poco letrada, resulto de una profunda cultura hecha vida en la que dejaba muy en claro lo  que pensaba del  amor humano, el matrimonio y la familia. Fue ella quien hizo las más importantes aportaciones a mi proyecto de vida, como un faro de luz con sus firmes actitudes ribeteadas siempre de sus dichos y más que nada de sus hechos.   Lo hizo siempre durante el tiempo que Dios le concedió de vida, y partió dejando un legado tal a toda la familia, que se fue, pero se quedó en nuestras convicciones. 

Un legado que presento aquí en pocas palabras y  en los mismos términos que solía usar.

El amor del bueno es elección libre y responsable.

Buenas personas forman buenos matrimonios, por eso hay que conocer primero a la persona, ya que el matrimonio aunque se forma por amor, un sentimiento bueno, no es puro sentimiento.   Es sobre todo decidir con buen juicio y es  por eso que se puede convertir en una promesa de: “para siempre”. Si fueran sólo sentimientos no podríamos juzgar que duraría hasta que la muerte nos separe, porque los sentimientos, sentimientos son, y se necesita de la razón para elegir seguir queriendo contra viento y marea. Los problemas “decentes” en el matrimonio, esos que vienen de afuera, como pruebas; esos… como sea y ni tan seguido son. ¡Ah! Pero los que provocamos con nuestros defectos en el vivir juntos, esos sí que son de a diario, así que hay que aprender a querer, no a pesar de los defectos, sino con todo y los defectos. ¡Que no diría mi viejo si me oyera!… que Dios lo tenga en su santa gloria.

El amor va con todo lo que somos.

Como hombres y mujeres somos muy diferentes, y eso no sirve nomás para bailar juntos un buen danzón. Todo lo que tenemos y somos: sentimientos, voluntad, espíritu y “demás” como varón y mujer, es para querernos, ayudarnos y tener hijos porque Dios así lo quiere, y hay que darle gracias a Dios por ese amor, porque nos lleva a él.

En la salud y en la enfermedad, en lo próspero y en lo adverso.

Si el amor va con todo, incluye el ser fieles, y eso significa que hay que jalar parejo en todas las circunstancias de la vida, queriéndonos lo mismo en tiempos de vacas flacas, que gordas, y si las gordas son para mal, preferible las flacas. El ser fieles incluye, claro, el “nomás uno con una, y al revés”, no es de hombres ni de mujeres dignos “andar de coscolinos”, es pecado, no es justo y se queda debiendo el compromiso. El Diablo quiere que pensemos que esto no se puede, pero brincos diera….

Los hijos son el bien de los esposos.

Para eso se casa la gente, y no se trata nada más de tenerlos, hay también que saber criarlos con amor y buen ejemplo. Y como decían en mi rancho: jalarles la reata cuando sea necesario y hasta darles con ella si se ponen de modo, faltaba más…

La familia es para querernos mucho y parejo.

La familia es el mejor lugar para nacer, crecer, vivir y morir como la gente, ayudándonos a ser mejores unos con otros. Si no, pregúntenle a los menesterosos, vagabundos, encarcelados y a más de un solitario.

Mi suegra vivió en sabio la realidad del amor, el matrimonio y la familia. Fue muy feliz y lo manifestaba. Conociendo la historia de su matrimonio  contada por ella misma, sé, que aunque supo serlo, su trabajo le costó a ella y su difunto marido; pues el amor toma forma de cruz y a ellos no les faltaron enfermedades, problemas económicos y hasta la pérdida de un  hijo. Al final, sus frutos: una sólida familia de cinco hijos “bien casados” y quince nietos. Entre las últimas cosas que dijo sonriendo pícaramente, es que si tuviera la oportunidad de volver a vivir, lo único que corregiría en su historia es que se casaría más joven, ¡Y con el mismo! … luego añadió con los ojos entornados y una tierna sonrisa como si estuviera viendo a alguien, “Mi viejo, también diría lo mismo”.

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