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Familia y divorcio: en tiempos de Jesús era mucho peor

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En el mundo antiguo, la defensa de la dignidad de la mujer era un lujo

Muchas veces se oye decir, y no es extraño en ambientes católicos, que la concesión de la comunión a los divorciados vueltos a casar es una exigencia de los tiempos que corren. Hay demasiadas personas divorciadas vueltas a casar, para que sigamos manteniendo viejas normas y viejos esquemas.
 
Se trata evidentemente de una idea débil, por la que la verdad está sometida al arbitrio del número. Fue utilizada por los radicales en el tiempo del divorcio (“son ya millones los divorcios de hecho, para seguir ignorando la posibilidad de un divorcio reconocido”, se decía ya entonces), y siempre por los mismos para legalizar el aborto: “dado que los abortos clandestinos son ya la norma, da igual regularizar el aborto tout court”.
 
Pero el fin de este artículo no es el de valorar un razonamiento de este tipo en el plano lógico; ni siquiera desde el punto de vista teológico. El fin es sencillamente comprender, desde un punto de vista histórico, si esta postura es compatible con la enseñanza de Cristo.
 
La pregunta que queremos plantearnos es esta: ¿cómo se comportaría Aquel que es sumamente bueno y misericordioso, Jesucristo mismo, si viniera hoy? ¿Cambiaría la doctrina de la indisolubilidad matrimonial, considerándola inadecuada a los tiempos e irrespetuosa por el alto número de divorciados vueltos a casar existente hoy? ¿Introduciría excepciones, casuísticas, problematicidades varias como las propuestas por el cardenal Kasper? ¿Haría un poco más flexible ese lacónico y lapidario mandamiento que dice “Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre” (Mt.19,8)?
 
El primer punto del que partir es sin duda este: el matrimonio, en el mundo antiguo, pre-cristiano, es de dos tipos: monogámico, o poligámico.
 
La monogamia está presente en Grecia, en el mundo judío y en Roma; en otras civilizaciones, en cambio, predomina la poligamia.
 
La enseñanza de Cristo sobre la familia no es por tanto una novedad del todo inaudita: la monogamia, hay que repetirlo, era intuida en varios pueblos como la institución básica de la sociedad. Estamos frente a lo que se llama normalmente el “derecho natural”: también pueblos no cristianos llevan en el corazón el sonido de exigencias morales universales. Así como Hipócrates había comprendido que abortar es matar, en una época en la que abortar era normal, así los romanos comprendían bien que el optimum, en la relación hombre-mujer, es la fidelidad y la duración de la unión conyugal.
 
Así en la era republicana, es decir, antes de Cristo, en Roma estaba previsto el noviazgo, a través de una ceremonia oficial que comprende el intercambio de un anillo (puesto en el dedo anular, porque, según Aulo Gellio, existiría “un nervio muy sutil, que parte del anular y llega al corazón”). A este sigue el matrimonio: una ceremonia solemne, marcada por una especie de comunión ante un altar, sobre el que ofrece a Júpiter un pan de farro. Además se sacrifica un animal, al que lee las entrañas un augur. Una mujer, casada una sola vez, y por tanto de buen augurio, une la mano de los esposos, ante los sacerdotes y los testigos, como demostración de la función también social del matrimonio. Hombres y divinidades son llamados como testigos de un hecho, repetimos, cuya importancia es clara.
 
Pero en realidad, si excavamos en profundidad, descubrimos que también la monogamia romana, quizás la más sólida en el mundo antiguo, estaba afectada por mil excepciones: el varón, por ejemplo, podía ir tranquilamente con las esclavas, sin que esto constituyera un escándalo tampoco para la mujer; además, podía repudiar a la mujer por una serie bastante abundante de motivos. Así también la monogamia judía era casi una ficción, en cuanto que las escuelas rabínicas podían ampliar desmesuradamente la posibilidad del repudio, permitiendo así a los hombres casarse, sucesivamente, con muchas, muchas mujeres. No solo: también la poligamia era bastante practicada.

 
Volviendo a Roma, en la era imperial, es decir, en la época de Cristo, y después en los siglos de afirmación gradual del cristianismo, las costumbres decayeron. Todos los historiadores concuerdan en afirmar que la monogamia, ya disoluble, de la era republicana, está en grave crisis. La duración media de los matrimonios es cada vez menor; los divorcios aumentan cada vez más; incluso la ceremonia nupcial, en perfecto acuerdo con la gradual diminución del sentido del voto conyugal, se hizo simple, veloz, casi banal. Entonces, como escribe Igino Giordani en su obra maestra “Il messaggio sociale del cristianesimo”, “para divorciarse no hacían falta formas complicadas. Como para casarse. Bastaba un aviso verbal o por escrito o un mensaje”; todo era más sencillo respecto al pasado republicano, y el divorcio “se convirtió en una plaga que gangrenó la institución del matrimonio y desgastó a la familia”.
 
El gran Séneca, un contemporáneo de Jesús, escribe que ya las personas “se divorcian para casarse y se casan para divorciarse”. Juvenal, en el siglo I d.C., recuerda el nombre de una mujer que se casó 8 veces en 5 años, mientras que  Marcial describe la crisis del matrimonio de su época citando a Telesilla, con sus 10 maridos. El gran historiador romano Carcopino, en su La vita cotidiana en Roma, reafirma el concepto: el divorcio en la era precristiana, en Roma, era raro, en la edad imperial estaba extremamente difundido. También porque, como recuerda la historiadora Eva Cantarella, en su L’ambiguo malanno, a la posibilidad del divorcio pedido por el marido, con la mujer normalmente como víctima impotente, se había ido añadiendo la posibilidad de que las que se divorciaran fueran las mujeres.
 
Dato de hecho incontestable: a la llegada de Cristo y en los siglos sucesivos en el imperio romano, el matrimonio y la familia estaban más en crisis que nunca; una crisis que se reflejaba también en la sociedad y que acababa también por tener repercusiones demográficas. En este contexto, citamos de nuevo a Cantarella, la predicación de Cristo sobre el matrimonio indisoluble fue sin duda muy poco “realista” y de lo más “revolucionaria”. Tanto más cuando para los paganos el matrimonio duraba mientras durara la voluntad de estar juntos, mientras que os cristianos “tomaban en consideración la sola voluntad inicial, fijándola en el tiempo, por así decirlo, y atribuyéndole un valor determinante”.
 
De ahí las legislaciones de los emperadores cristianos, que poco a poco comenzaron a limitar los divorcios, imponiendo “por primera vez una casuística de circunstancias que lo justificaran”.
 
En cuanto a la enseñanza y a la educación cristianas, un apologeta como Justino en su Apología de los cristianos del siglo II d. C, expone el pensamiento tradicional de la Iglesia, condenando las segundas nupcias y el divorcio de sus contemporáneos, e invitando a respetar en su totalidad la enseñanza de Cristo. Que ciertamente no se impone fácilmente, sobre todo en las esferas más altas. Parece por ejemplo que Ludovico Pío, hijo de Carlomagno, fue el primer soberano franco en tener una sola mujer, mereciendo también por esto el apelativo de “Pío”.
 
En los siglos siguientes, la Iglesia luchará de todas las maneras ante todo por enseñar la importancia y la grandeza de la indisolubilidad matrimonial, y al mismo tiempo por defenderla, sobre todo de la prepotencia masculina. Todos recuerdan que por esta postura intransigente se llegó incluso a un cisma, con la Inglaterra de Enrique VIII, cuando habría bastado con anular el matrimonio real o concederle el divorcio de Catalina, para evitarlo.

 
Pero los casos parecidos son muchísimos. Recordaba de hecho el historiador Jacques Le Goff en Avvenire (21/1/2007): “Se dice a menudo que en caso de adulterio no hay igualdad entre hombre y mujer. Ahora bien, en un cierto número de casos muy particulares, y a menudo muy famosos, el hombre fue severamente condenado por la Iglesia, pensemos en el rey de Francia Roberto el Pío o a Felipe Augusto. Roberto el Pío, a principios del siglo XI, tuvo que separarse de su segunda esposa, Berta de Blois, pues el clero lo consideraba bígamo (la primera mujer aún vivía) e incestuoso (los dos eran consanguíneos en tercer grado). El papa Inocencio III, por su parte, elegido en 1198, lanzó un interdicto contra el reino de Felipe Augusto, que había repudiado en 1193 a su mujer, Ingeborg de Dinamarca, y se había casado con Inés de Merania. En los estatutos urbanos del siglo XII en Italia y del XIII en Francia, se encuentran artículos sobre el castigo del adulterio que prevén duras penas tanto para hombres como para mujeres. Así, por ejemplo, las Costumbres de Toulouse de 1293, que recomiendan e ilustran en un dibujo la castración de un marido adúltero…”.
 
Podemos citar otro caso interesante, que muestra cómo la indisolubilidad fue para la Iglesia una verdad no negociable, ni siquiera con los poderosos. Como en el caso de Teutberga. Cuenta el historiador Robert Louis Wilken, en su I primi mille anni, respecto al papa Nicolás I: “En una confrontación famosa, desafío al rey Lotario II de Lotaringia, que se había divorciado de su mujer Teutberga porque no le había dado un heredero masculino. Cuando los arzobispo de Colonia y Tréveris llegaron a Roma con las actas de un sínodo que había reconocido la validez del divorcio, Nicolás excomulgó a los dos obispos. Por toda respuesta, el emperador Ludovico II (hermano de Lotario, ndr) hizo marchar a sus tropas a roma, acusando a Nicolás de “querer erguirse como emperador del mundo”. Pero el papa fue inconmovible y al final Lotario tuvo que aceptar a Teutberga como su legítima esposa”.
 
Ahora bien, aparte de observar cómo gestos como estos, repetidos muchas veces en la historia, son significativos de la defensa de la dignidad de la mujer, a menudo expuesta en el pasado a la fuerza superior del hombre, se puede concluir esta breve reseña histórica, actualizándola: también hoy un prelado alemán querría cambiar la doctrina, apoyado también por los Lotarios de hoy (el poder mediático etc). Pero Roma es Roma, y no puede cambiar la doctrina. No por “maldad” hacia los divorciados vueltos a casar, sino por fidelidad a Cristo y por el bien de las generaciones futuras: a las que es oportuno volver a enseñar la grandeza y la felicidad que hay en el amor para siempre. Es tiempo, ciertamente, de curar heridas y cuidar a los que sufren (esta es la tarea pastoral que se puede ciertamente perfilar para el futuro), pero también de construir poco a poco, de las ruinas de este viejo mundo, una nueva civilización, más humana porque es más cristiana. Recordando a san Pablo, cuando habla del amor (también del conyugal, obviamente): “El amor es paciente, es benigno el amor; no es envidioso, no se jacta, no se engríe, no falta el respeto, no busca su interés, no se enfada, no tiene en cuenta el mal recibido, no se alegra de la justicia, se alegra con la verdad. Todo lo cree, todo lo excusa, todo lo espera, todo lo soporta. El amor 

 

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