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Por qué respeto y amo a los sacerdotes

MOHAMMED ABU HAMZA/AFP
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A veces miro sus manos gastadas por la vida y pienso: “Esas manos santas nos traen a Jesús todos los días”, ¿acaso agradecemos tanto favor?

Los mejores consejos los he recibido de un sacerdote. Veo su humanidad pero más que eso, veo al Cristo que habita en ellos. Para mí son un signo visible de la bondad de Dios. Por eso les tengo tanto respeto y cariño.

A veces miro sus manos gastadas por la vida y pienso: “Esas manos santas nos traen a Jesús todos los días”. ¿Acaso agradecemos tanto favor? 

Es mucho el bien que recibimos de ellos. Lo recordaba un padre en su homilía: “Un sacerdote está siempre contigo en los momentos más importantes. Cuando te bautizan, cuando haces tu confirmación, cuando necesitas consuelo y ayuda, cuando te casas. Y cuando enfrentas la muerte, un sacerdote es quien reza por ti, para que se abran las puertas del cielo”.

Recuerdo este sacerdote anciano con el que me solía confesar. Le agradaba hablarme con un tono paternal, pero también hubo ocasiones en que debió ser firme al decirme las cosas y yo sabía que tenía razón, que lo hacía por el bien de mi alma.

Un día lo encontré triste. Y al terminar la confesión le pregunté:

—Perdone  —le dije -. Le siento diferente. ¿Le ocurre algo?

Hoy es mi cumpleaños. Y nadie me ha llamado. Tengo una hermana que vive en España, es mi único familiar y tampoco sé de ella.

Eran ya las seis de la tarde. Le sonreí con cariño y exclamé:

Feliz cumpleaños, Padre.

Me miró y sonrió.

—Usted es nuestro padre espiritual – continué – de manera que nosotros, todos los que nos confesamos con usted y que asistimos a sus misas, somos sus hijos espirituales. Somos su familia. Y le queremos. Usted no está solo. Tiene a Jesús, que le ama mucho, y a María que le quiere inmensamente. Usted dio su vida por Dios, y Él sabrá premiarlo en su momento.

Anoté la fecha de su cumpleaños y cada año solía enviarle una tarjeta con algún presente. 

Sé santo  —aconsejaba —. Que de ti se diga: “pasó por el mundo haciendo el bien. No manches tu alma con el pecado”.

Guardo con cariño esos consejos tan sabios y aprovecho muchos de ellos en mis libros. Pero hay uno que siempre tengo presente, como escritor. Me lo dio el buen Padre Ángel:  

Llevaba 2 días trabajando un artículo para el semanario católico.  Lo pulía, corregía, le incorporaba palabras nuevas.  Y cuando terminé, quise compartirlo con el Padre Ángel.  Lo tomó, lo leyó y me dijo: “Bueno… está bien”. Yo esperaba que se iría de espaldas emocionado.

“¿Por qué?”, le pregunté. “Porque lo que dices, no es nada nuevo” respondió. "Puedo leerlo en cualquier diario”. Entonces me dio el consejo: “Escribe sobre las cosas buenas, las que llevan esperanza”.

Desde ese momento cambié el giro de mis escritos. Y me volqué a escribir sobre la bondad de Dios, mis vivencias y las de muchos que empiezan a descubrir estas maravillas.

¿Existe acaso alguna forma de pagar tanta gracia? Sí la hay. Queriendo mucho a los sacerdotes. Apoyándolos. Rezando por ellos, para que el buen Dios les fortalezca, y los guarde de todo mal. Y sobre todo pidiendo mucho por las vocaciones sacerdotales.

Que Dios nos dé sacerdotes. Santos sacerdotes. Para que nos iluminen y nos muestren el camino al Paraíso.

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