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Ver el agua no calma la sed

© Antonio / Flickr / CC

Carlos Padilla Esteban - publicado el 10/10/14

Esa presencia de Jesús a nuestro lado nos calma, nos llena, nos sostiene, es el agua, el problema es no verlo

El otro día veía un cuadro que me llamó mucho la atención. Sobre un paño blanco un vaso con agua. Junto al vaso una rosa. La rosa se está marchitando al estar fuera del vaso. Lo pintó una monja carmelita. El título: «La samaritana».

El vaso de agua es sugerente. El cuadro habla de sed y de vida, de muerte y esperanza, de olvido y presencia, de distancia y cercanía. Habla de estar y no saber que estamos. De tocar sin llegar a tocar. La rosa está fuera del vaso y muere.

A veces en la vida estamos cerca del agua, muy cerca, pero no la tocamos. Nos sentimos impotentes. No logramos beber de la fuente. Nos secamos, nos marchitamos, casi sin darnos cuenta. Pero el vaso de agua está lleno de luz y de vida. Todavía hay esperanza.

Hoy escuchamos: «Nada temo, porque Tú vas conmigo». Esa presencia de Jesús a nuestro lado nos calma, nos llena, nos sostiene, es el agua. El problema es no verlo, pasar de largo, estar ocupados haciendo otras cosas. No percibir su presencia misteriosa. Jesús está a nuestro lado. La importancia de estar. Estar con sentido. Estar en el agua y no junto al agua.

Siempre, debajo de una fuente, oculto bajo la tierra, hay un pozo. Un pozo hondo. Si no es así, la fuente no tiene agua. Detrás de un vaso con agua hay una fuente que llena el vaso. Un vaso con agua sólo tiene sentido si hay un surtidor del que mana el agua. Porque el vaso pronto se vacía. Un vaso solo no nos calma la sed. Tal vez por un momento nos quedamos tranquilos. Pero la sed es más profunda.

El cuadro tiene mucha luz. Pero la rosa muriendo a los pies del vaso es algo desolador, oscuro. No podemos hacer nada.

Me tienta coger la rosa y colocarla en el vaso. No puedo. Quiero calmar su sed y no puedo. Miro el agua trasparente y pienso en ese Dios que calma mi sed. Pero Él tampoco puede forzarme, no puede meterme a la fuerza en el vaso, en Él. Respeta mi sí.

Muchas veces me toca encontrar a personas con sed, perdidas, deseosas de encontrar sentido a sus vidas. Me gustaría calmar la sed del mundo. Me siento impotente. Decía el Papa Francisco hace poco: «No miremos con indiferencia cuando veamos a nuestro prójimo que pasa hambre».

Hay muchas personas sedientas y sin rumbo. Con sed de amor, mendigando cariño. Jesús tiene sed de nuestra sed, de nuestra propia agua.

Les decía la Madre Teresa a las hermanas de su comunidad: «Él tiene sed de vosotras. Una vez que hayáis experimentado sed, el amor de Jesús por vosotras, nunca necesitaréis, nunca tendréis sed de esas cosas que sólo pueden apartaros de Jesús, la fuente verdadera y viva. Sólo la sed de Jesús, sentirla, escucharla, responderla con todo vuestro corazón, mantendrá vuestro amor vivo. Cuando más os acerquéis a Jesús, mejor conoceréis su sed»[1].

Tanta gente con sed. Jesús con sed nos mira para que demos a otros de beber. Nos gustaría mostrarles el camino a tantos hombres perdidos, decirles que hay un pozo, una fuente, un vaso. Hacerles ver que van por el camino equivocado, que están perdiendo el tiempo.

Pienso en lo que sienten muchos padres cuando sus hijos están perdidos, cuando no saben a dónde ir, cuando recorren caminos peligrosos.

Porque en la vida hay caminos que conducen a la vida y otros a la muerte. Hay círculos que cuando entramos en ellos nos es muy difícil salir. Nos enredamos. Cuando hemos empezado a buscar obsesivamente lo que creemos saciará nuestra sed, podemos llegar a justificar todo lo que hacemos. Una mentira lleva a otra mentira. Un poco de violencia engendra más violencia. Un gesto de rabia produce más rabia.

Cuando Dios nos mira debe sentir mucha impotencia. Nos ve despreciar sus caminos y seguir otros. Nos ve bebiendo de charcos cuando su agua es cristalina. Nos ve lejos de la fiesta que ha soñado para nosotros. Porque no queremos, porque tenemos otros deseos.


[1] J. Langford, 
El fuego secreto de la Madre Teresa, 91

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