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Ébola: La epidemia mata ahí donde hace falta escuchar

European Commission DG ECHO / Flickr CC

Emanuele D'Onofrio - publicado el 10/10/14

La “Task Force” de los Camilos está lista para partir hacia África donde trabajará en el apoyo médico, informativo y sobretodo espiritual

La rápida difusión del ébola en al menos cuatro países de África Occidental no sólo ha impuesto una serie de emergencias médicas que hasta el momento no se han podido responder eficazmente y ha quitado el velo de un sistema de sanidad pública internacional lleno de fugas.

Mientras que España y todo el norte del mundo se interrogan y confirman el drama de las medidas de prevención suplantadas por el virus – pensamos en el caso de la enfermera asignada al cuidado del enfermo de ébola en el Hospital Carlos III de Madrid que se descubrió en días pasados que había sido contagiada –, surge con mayor claridad, sobretodo gracias a aquellos que trabajan en Sierra Leona y Liberia, que la virulencia del ébola se refuerza ahí donde no sólo no se puede curar, sino informar, orientar y escuchar a las comunidades expuestas al riesgo. Aislamiento y abandono han sido los mayores aliados del virus en todos estos meses; ambos son el producto de dinámicas de pánico que pueden difundirse con velocidad bastante mayor respecto al virus.

La Task Force de los Camilos, desde hace décadas un órgano operativo de la Orden de los Ministros de los Enfermos, está activa en la emergencia del ébola desde hace varios meses y ahora, el 20 de octubre próximo, enviará un equipo a los países más afectados.

Las etapas y la finalidad de este viaje se presentarán el 13 de octubre durante una conferencia de prensa con motivo de la Tercera Jornada Internacional para las Víctimas de los Desastres. Aleteia habló con el responsable de la Task Force, Marco Iazzolino.

¿Cómo trabaja la Task Force?

La Task Force de los Camilos actúa desde 2001 en los grandes desastres naturales o provocados por la mano del hombre.

Generalmente, tenemos tres palabras clave: la primera es partir de la escucha de la comunidad golpeada por el desastre; la segunda es realizar una intervención partiendo de los recursos existentes dentro de esa comunidad; la tercera es hacer eso partiendo de lo que es nuestro carisma, el cuarto voto, es dar todo, hasta la muerte, por los más pobres y sobretodo por los más enfermos. Esto nace de la fuerza de los así llamados 300 mártires que durante los años han muerto por pestes o como víctimas de guerras y todo tipo de males.

¿Cómo se han movido para contrastar el ébola?

Estamos siguiendo el desarrollo de la epidemia en Liberia y en Sierra Leona desde hace ya algunos meses, de hecho, desde su fase más aguda. Hemos hecho un trabajo y continuamos haciéndolo de consulta con la Iglesia local, en particular en Sierra Leona con la diócesis de Makeni, que es una de las zonas más golpeadas por el fenómeno, tanto que el gobierno ha impuesto una cuarentena a un millón de personas, una decisión que no tiene precedentes en la historia y que probablemente tendrá poca eficacia.

Además, trabajamos con las Cáritas locales y luego también con asociaciones y comunidades cercanas a la nuestra. Pensamos en el Fatebenefratelli, que tiene en la zona un hospital que estuvo cerrado la última vez precisamente a causa del ébola. El mismo director de ese hospital, un hermano médico, murió a causa del virus.

Finalmente, colaboramos con los recursos institucionales presentes, y en este caso con el Ministerio de Salud en Sierra Leona y así sucesivamente.

Nuestro trabajo ha sido específicamente escuchar y orientar. Además hemos intentado crear puentes con Italia y con la comunidad internacional para ver cómo apoyar la solicitud de ayuda y, sobretodo, para intentar entender qué era necesario hacer.

¿Por qué está tan difundida esta epidemia?

El ébola es la metáfora del fracaso de la sanidad que se vuelve institución.

De hecho, el problema más grande, más allá de la epidemia que crece día a día y que se cobra víctimas especialmente en África, pero no sólo en África, está vinculado a la escasa información y al escaso compromiso de la gente en el camino de la prevención.

Esta mañana hablaba con el administrador apostólico de Makeni, el sacerdote Natale Paganelli, el cual me contaba que todavía hoy se encuentran muertos por la calle que la mayor parte de los casos son víctimas de la malnutrición, de apendicitis o malaria. El motivo de esto es que la gente tiene terror de ir al hospital por miedo a contagiarse.

El hospital de Makeni, y cuando partamos el 20 de octubre para nuestra misión iremos precisamente ahí, es una pequeña estructura para la zona, con 70 lugares; actualmente tiene solamente actividad de ambulatorio y muy escaso dentro porque se tiene miedo del ébola y la gente no va al hospital. Incluso sólo la actividad del ambulatorio en Makeni ha disminuido un 70%, porque la gente no se fía para ir allí.

¿Los camilos estaban ya presentes en el territorio?

En el caso específico de Sierra Leona y Liberia, no. De cualquier manera, ahora iremos con una Task Force internacional que hemos congregado poniendo tres condiciones. Primero, queremos sólo gente anglófona, porque en este caso es fundamental conocer la lengua oficial del lugar; segundo, hemos escogido todas las personas que tienen una profesionalidad sanitaria vinculada al mundo de las infecciones o que han tenido experiencia en ese campo (por ejemplo en India con el Sida o en Filipinas), y entonces hablamos sobretodo de médicos, enfermeros o psicólogos; finalmente, al menos en esta fase inicial que no sabemos cuánto durará, hemos querido sólo religiosos porque como religiosos sentimos el deber de exponernos primero.

Luego es fundamental dar un sentido a la enfermedad y al sufrimiento. La situación es tan complicada que han llegado rumores – desgraciadamente este es un dato recurrente en los desastres – de sacerdotes que literalmente escapan, dejando las comunidades solas frente al sufrimiento y al dolor.

¿La fragilidad de las comunidades africanas frente a una epidemia del género en el fondo no es muy distinta de la que podríamos mostrar nosotros, no es así?

Hablamos de África, donde el problema es mucho más concreto. Seguramente en los países donde tenemos estructuras sanitarias, y estoy hablando de Burkina Faso, Togo, República Centroafricana, naciones que están alrededor de los países sobrecogidos, no sólo nos estamos equipando sino que estamos haciendo entrenamientos específicos, incluso predisponiendo habitaciones, en colaboración con las asociaciones internacionales.

Lo que se sabe de la enfermedad – que por otra parte no es nueva, dado que fue descubierta en 1976 – es que el virus hasta ahora es mortal en el 42% de los casos, pero sobretodo que golpea las poblaciones debilitadas.

Tener una elasticidad corporal ayuda mucho, y este es el primer elemento. Un segundo elemento es que, ciertamente, todo el mundo puede ser contagiado, pero el verdadero problema es por una parte trabajar en la prevención – incluso si hoy, como muestra el caso de la enfermera española, quizá algunas certezas podrían rediscutirse –  y por otra crear campañas de información.

No creo que haga bien ni a Italia ni a Europa difundir una dinámica de miedo porque de la misma manera que ha sucedido en Sierra Leona y en Liberia, ésta podría multiplicar el efecto del virus.

¿La Iglesia debería reflexionar sobre esto?

Como Iglesia debemos reflexionar sobre lo que son nuestros tiempos; muchos por ejemplo hipotetizan sobre una correlación de este fenómeno del ébola con el cambio climático. El dato es que en general la Iglesia universal está trabajando poco sobre estos temas, y sobre la urgencia de difundir la pregunta de sentido que existe respecto al evento. El dato es que este miedo nace donde cuesta trabajo dar respuestas que van más allá del “te doy pan y te doy agua”.

Esta es la mayor epidemia que nos tememos, la de la ausencia de sentido. El ébola se difunde sobretodo donde falta un sentido de presencia, de escucha y la capacidad de dar respuestas que vayan más allá de la medicina, la comida y el agua.

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