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​¿Cómo hacer que mi sufrimiento no sea en vano y dé fruto?

Sophie Louise

Carlos Padilla Esteban - publicado el 09/10/14

De nosotros no depende el fruto, pero sí trabajar la tierra, sembrar la semilla, cuidar la planta

En el lagar es donde el Señor saca lo mejor de mí. El lagar de mi viña puede ser una enfermedad, una pérdida, un abandono, una crisis, un fracaso, la soledad, el dolor por la historia vivida, mi incapacidad para aceptar mi camino.En el lagar del sufrimiento Dios saca lo mejor de mí, mi esencia.

Es verdad que el dolor puede destruirnos. Es cierto. No es fácil vivir el dolor con un sentido.

Dice el Padre Liagre: «Por instinto soñamos con un modo de sufrir que nos halague, ensalzándonos a nuestros propios ojos. Queremos sufrir con gran fortaleza, ánimo y generosidad. Esa es la idea que nos hacemos de la alegría en el sufrimiento. Nada más equivocado. Para sufrir es preciso sentir la tristeza y la amargura, el desaliento y la propia impotencia».

El sufrimiento nos rompe por dentro. Nos deja vacíos, rotos. Es difícil ver muchas veces luz en mitad del dolor más hondo. Pero allí, en esa oscuridad aparentemente sin esperanza, allí está Dios, surge la luz.

Está en el lagar de mi viña, donde me veo desaparecer. Donde mi orgullo muere y mi vanidad cae. Donde entrego los pesos a los que me aferro buscando algo de dignidad.

El sufrimiento está en todos. En algunas vidas es más hondo y terrible. Pero todos sufrimos. Cada uno en su medida. En todos la uva tiene que pasar por el lagar. Para sacar lo mejor, la esencia más valiosa.

Todos nos encontramos ante el lagar de nuestra vida. No estamos solos. Cristo, el viñador, está allí. Él también sujeto a su cruz nos abraza. Nosotros le entregamos lo que somos. Dejamos nuestros miedos y torpezas. Lo ofrecemos todo. ¿Qué tenemos que entregar? ¿A qué tenemos que morir en nuestra vida para dar fruto?

Me impresiona mucho el momento en que Jesús intuye que no va a ser fácil. Ya sabe que unos lo persiguen y lo juzgan. Ya tenía dolor en su corazón de pastor. Él ya veía que no podía llegar a todos, que algunos no lo acogían, que el pecado de la envidia, del afán de poder, del miedo a dejar de tener todo controlado, es a veces más fuerte que su amor. ¡Qué impotencia para Él!

Y siguió dando su vida. No temía el fracaso. Aún quedaba esperar el tiempo. Aún quedaba mucho que amar. Muchos hombres que abrazar. Sólo por uno merecía la pena dar la vida. Es raro este momento en que Jesús deja entrever lo que intuye que va a suceder.

Lo empujaron fuera y lo mataron. Me conmueve escuchar que lo empujaron fuera. Así hacemos muchas veces nosotros con Jesús. Él quiere estar dentro, viene, se acerca, y nosotros lo empujamos fuera de nuestra vida, no queremos que tenga nada que ver con nosotros, no queremos que lo organice todo a su medida.

Lo hacemos así porque no nos conviene, porque rompe nuestros planes. Por eso lo relegamos a los ratos de oración pero no dejamos que sea el Dios de nuestra vida, el caminante a nuestro lado, nuestra vid, nuestro Señor. No dejamos que se meta dentro y lo desbarate todo.

Tiembla el corazón al pensar en esas palabras de Jesús. ¡Cuánto hablaría de esto con su Padre! Hablaría de la viña, de su misión de derramarse, de partirse, sin reservarse nada. ¡Cuánto necesitaría su consuelo, su fuerza y el apoyo de los suyos!

Su roca era la oración. Ya se acerca el momento del amor hasta el extremo, el momento de la vendimia, del lagar. El tiempo en el que Él deja de ser el enviado a la viña para ser el que muere por la viña, el que muere por mí.

Tanto amó mi viña que se hizo vid, se hizo parte de mi vida, se hizo carne de mi carne. Sin Él mi vida no se explica, no tiene sentido.

Tanto me amó que esa noche, en el cáliz, levanta su sangre entregando su vida. El vino, su vino, es su sangre, su vida, su aliento, su presencia. El vino es Cristo

. Por eso el vino de mi campo lo transforma en amor que no pasa, que permanece para siempre.

En esa noche santa se cumplió la parábola de los trabajadores infieles de la viña y, sin decir nada, se dejó prender, condenar, crucificar. Lo sacaron fuera y lo mataron. No quisieron dar cuentas, cambiar de vida, pasar por el lagar. No quisieron cuidar al dueño de la viña.

Tal vez no lo conocían. No habían experimentado su abrazo. No habían sostenido su mirada. Por eso lo echaron de su viña.

Muchas veces nosotros hacemos igual. Cerramos la puerta del alma. Nos escondemos porque no queremos exponernos a más cambios. Porque nos asusta aceptar tanto amor que nos obligue a amar más, hasta el extremo. Porque nos acomodamos y descuidamos la viña. Y no queremos que Él venga y se ponga a cavar, y a cuidar la viña de nuestra alma.

Lo cierto es que no todo lo que hacemos en la vida da su fruto. De nosotros no depende el fruto. Pero sí trabajar la tierra, sembrar la semilla, cuidar la planta, regarla con esmero, cavar y eliminar las malas hierbas que amenazan el fruto.

Sólo tenemos que ser pacientes en nuestra viña y confiar en el poder de Dios que nos ama con locura y nos invita a llevar una vida en Él, llena de Él.

San Pablo nos dice: «Todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito, tenedlo en cuenta. Y lo que aprendisteis, recibisteis, oísteis, visteis en mí, ponedlo por obra. Y el Dios de la paz estará con vosotros». Filipenses 4, 6-9.

Se trata de cuidar nuestra viña y alegrarnos por ella. Estoy llamado a cantar un canto de amor a mi viña, a la viña de mi vida donde Dios una y otra vez me ha salido al encuentro.

Por eso quiero cantar un canto de amor a mi historia, a los que Dios ha puesto en mi camino. Un canto de amor al dueño de mi vid, al viñador, al que es, en mi alma, la vid.

Un canto a Aquel que lo da todo cada día por mí, al que espera mis frutos con paciencia infinita. Un canto de amor a ese viñador que llama, que espera a todos, que paga a todos según su medida, que no pone condiciones, que invita cada día, que sólo desea que esté a su lado.

A ese viñador que da la vida, que me enseña a dar la vida, que me enseña a amar la viña de mi vida. Sólo me pide que tenga paciencia. Que nunca me desespere, que confíe.

Me enseña a valorar las cosas de mi vida como son, sin esperar siempre algo distinto, algo que no llega. Porque eso produce frustración. Y nos impide alegrarnos de las pequeñas ganancias del camino y cantar a nuestra viña.

Porque tantas veces esperamos un fruto imposible, que nunca va a llegar. Dios sí que espera con paciencia, sabiendo nuestros tiempos, nuestras idas y venidas, nuestro crecimiento lento, nuestras caídas.

Él siempre confía y espera todo de nosotros. Vuelve una y otra vez a la puerta de nuestra viña buscando nuestro amor. Nosotros a veces lo acogemos. Otras lo echamos fuera.

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