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Dios siempre sigue esperando

© Public Domain
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¿Por qué aguarda tanto tiempo impotente ante nuestra libertad?

A veces nos olvidamos y le acusamos a Dios de todas nuestras desgracias, de los deseos frustrados, de los planes que no se hacen realidad. De nuestras debilidades y limitaciones. Le echamos en cara la mala suerte. El destino cruel. La enfermedad y la muerte, la pérdida y el olvido.
 
Y, al mismo tiempo, cuando hemos experimentado nuestro pecado, cuando nos hemos cerrado a su amor, a su compañía, pensamos que ya nunca querrá caminar a nuestro lado. No creemos del todo en su misericordia.
 
Pensamos como los hombres, pero no como Dios. Vemos a un Dios justo que nos castigará por no haber hecho lo correcto, por habernos confundido, por haber huido. Pensamos que no somos dignos de su amor y creemos que Dios se ha olvidado para siempre de nosotros. Nos acusamos y condenamos.
 
Cuando Dios simplemente sigue esperando, abrazando nuestra vida, sosteniendo nuestras decisiones. El sí o el no son parte del camino. El error y el acierto. Dios se muestra vulnerable. Aguarda, ama.
 
El otro día leía: «Dios desea y decide mostrarse vulnerable, tierno y sensible ante nuestro sufrimiento, nuestra rebelión y, en especial, ante nuestro amor o desamor»[1].
 
Es un amor que espera y no se cansa de esperar. Espera el momento de la decisión importante de nuestra vida en el que dudamos.
 
¿Qué nos pide Dios realmente? ¿Qué quiere de nosotros? ¿Por qué aguarda tanto tiempo impotente ante nuestra libertad? ¿Por qué no nos dice con más claridad lo que Él realmente quiere y cómo y cuándo lo quiere?
 
Surgen las dudas. El cielo abierto. El mar ante nuestros ojos. Caminos nuevos y antiguos. Pisadas y soledad. Dudamos. Quisiéramos no dudar nunca, no tener que preocuparnos ante un futuro incierto. Decidir casi por instinto. O que alguien decidiera por nosotros.
 
Pero ese no es el camino. El camino es el que describía una persona en su oración: «Tú eres el único capaz de convertir un no en un sí, una ausencia en un camino de amor y de fidelidad. Tú lo sabes todo, Tú conoces mi anhelo de seguir tus huellas hasta la muerte, hasta el cielo. Enséñame a servir, Señor, a darme con sencillez, sin doblez, con nobleza, con humildad.
 
Enséñame a comprender también a todos, a no pensar mal, a no criticar, a no juzgar ni creerme mejor, a acoger a todos. Lo que quieres de mí es que me preocupe de las personas, de cualquiera. Lo importante está enterrado siempre, en silencio, en los cimientos del alma. Lo importante eres Tú, Señor.
 
Quiero mirarte cada día con tus brazos abiertos, y poner ahí a todas las personas. Ablanda con tu amor mi corazón, ablanda con tu amor mi vida». 

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