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La viña de mi vida, de mi ser

Carlos Padilla Esteban - publicado el 05/10/14

Con infinito cuidado, creó Dios el mundo, nos creó a cada uno, soñando con lo que cada uno puede llegar a ser

Dios desea que vayamos a su viña a vivir con Él. Dios desea que cuidemos la viña que con tanto cariño nos ha preparado. Es el deseo de Dios que no quiere otra cosa que no sea nuestro bien.

Sabemos que Dios es bueno y nos quiere. Nos cuida, se alegra y canta al ver nuestra vida. Pero necesitamos tocar ese amor que ablanda nuestra corteza, la dureza de nuestro corazón.

Es lo que deseamos, pero, ¿cómo hacer siempre lo que a Él le agrada? Conozco la viña a la que Dios me llama, la viña que Dios me ha confiado. Me conozco, conozco mi alma.

Sé que me ha dado una familia, un lugar en el que crecer, un camino, una vocación. Pero, ¿cómo hacer para entregarle cada día aquello que tantas veces no me deja ser pobre?


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Jesús quiere que estemos con Él, en Él. Que descansemos en su paz. Nos ha mostrado caminos posibles para encauzar nuestros pasos. Pero saber cuál es el camino que Dios desea no siempre es tan sencillo.

La viña, nuestra viña, su viña. La viña es mi vida, mi alma. Allí trabajo, allí descanso, allí soy, me reconozco. Allí Dios descansa y vuelve al final del día a encontrarse conmigo. Un encuentro de amor y paz. Yo cansado, Él feliz de verme.

La tentación es pensar que Dios no me necesita, no me busca, no me quiere. Es pensar que nos hemos confundido de viña y que estamos en el lugar equivocado.

También el error es pensar que estamos bien, que no hay nada que cambiar, que somos dignos y cumplidores.

Nos puede dar miedo echar a perder lo que Él ha sembrado. No acabamos entonces de emprender la obra de colaboración con el Señor. Caemos en una rutina sin espíritu. Sentimos que ya hemos cumplido y que no hay nada más que hacer.

Hoy Dios nos invita a vivir en Él. Es la tarea para toda la vida.

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Romaset | Shutterstock

La vida de Jesús fue un canto de amor a nuestra viña, a su viña, a la vida. El mayor canto de amor. Se metió en nuestra viña y se hizo parte de ella, se hizo Él mismo vid para darnos la vida. Se hizo uno de nosotros y trabajó a nuestro lado, caminó con nosotros, hizo suya nuestra viña.

Dice Isaías: «Voy a cantar en nombre de mi amigo un canto de amor a su viña». La vida, el hombre, nuestras obras, nuestra historia, es el lugar amado por el Señor, el lugar en el que somos de verdad.

Isaías habla de su amigo que tenía una viña. La escogió, la cuidó, la entrecavó, la descantó, plantó las mejores cepas, esperó sus frutos, la mimó, la eligió.

Así, con infinito cuidado, creó Dios el mundo, nos creó a cada uno. Soñando con lo que cada uno puede llegar a ser.

Nuestra viña la creó a imagen suya. Le pertenece. Está su huella, su aliento, su mirada. Por eso dice su viña. Cavó con sus manos, eligió las mejores cepas, esperó el tiempo del fruto, la cuidó mientras tanto, la protegió del mal.

¡Qué bonita es esta imagen de amor de Dios hacia el hombre, hacia el mundo! Y es que el amor de Dios es así. Un amor que sirve, que cuida. En seis verbos, en seis acciones, se resume todo el amor:

«Había un propietario que plantó una viña, la rodeó con una cerca, cavó en ella un lagar, construyó la casa del guarda, la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje».

El dueño de la viña planta, protege, cava, construye, arrienda y se marcha, respetando nuestra libertad, dejándonos espacio para ser, para decidir, para actuar.

Planta una viña. Planta un sueño, siembra la esperanza. El dueño de la viña esperaba todo de su viña. Porque la había plantado y le había dado la vida. Es como el que tiene una semilla y anhela ver el árbol.

El dueño de la viña espera probar el mejor vino, porque ha sembrado sus sueños lleno de amor y esperanza. Necesita la viña para tener vino. Y con el vino poder alegrar la vida. La propia, la de otros.

Una viña es el comienzo de la alegría. El vino es el símbolo de la fiesta. Vino en abundancia. El mejor vino. Jesús convirtió el agua en vino. No necesitó una viña. La gracia de Dios hizo el milagro.

El camino ordinario es la viña. Porque antes del vino siempre hay una viña. Sin milagro. Sólo el milagro del amor. La viña no da vino por sí sola, sin esfuerzo, sin trabajo.

Dios cuida su viña, la protege, la rodea con una cerca. Muchos peligros la acechan. Por eso el dueño de la viña no sólo la planta y se aleja. No. La cerca, porque es la mejor forma de alejar los peligros, de evitar los pillajes.

Es necesario proteger la viña. Hay mucho peligro. La protección siempre es un seguro. Dios nos protege. Lo hace aunque no nos demos cuenta. Es el cuidado de un padre, de una madre. Manda sus ángeles custodios a proteger el camino.

Pienso en las personas que ha puesto a nuestro lado, en la protección de nuestra familia, en los que protegen nuestra fama, nuestro nombre, en los que cuidan nuestra salud.




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Hoy entonamos un canto de amor por nuestra viña, por la viña de nuestros amigos, de aquellos que Dios nos confía y que son el camino más directo hacia Dios. A través de ellos nos encontramos con su amor.

Dios cavó para ahondar en nuestra tierra, plantó las mejores semillas que son nuestros dones, nos protegió, esperó a que cada uno, según su tiempo, su historia, sus limitaciones, diese el mejor fruto. Confiando, cuidando con infinita ternura.

Dios no es un viñador lejano. Es el que cuida, el que riega, el que trabaja mano a mano a nuestro lado. El que sueña con la mejor tierra.

El dueño de la viña cavó en ella un lagar. El lagar es fundamental para pisar la uva. Sin lagar no hay vino. Decía el Padre José Kentenich en una oración del libro Hacia el Padre: «Sin lagar no hay vino, no hay victoria, solo el morir gana la batalla».

La uva tiene que ser triturada. Para ello hace falta el lagar, el lugar en el que comienza todo. Es el altar en el que se entrega la vida, se ofrece el pan y el vino, lo que somos, lo que tenemos.

Sabemos que sin esfuerzo no hay fruto. Sin dar la vida no hay fecundidad. Sin muerte no hay resurrección. Así es en la vida. Así es en nuestra viña.

El lagar es ese lugar sagrado en el que la uva deja de ser uva para ser vino. Es precioso pensar en ello. La uva ya no es uva. Tiene que morir para dar la vida. Es el comienzo de ese camino. La uva triturada, el vino que se almacena y conserva. Así comienza el proceso. Pero lo primero es el lagar en el que se ofrece la uva.

Así deberíamos hacer en nuestra vida. Ofrecer lo que somos para que con ello haga Dios una obra de arte. Para que en nosotros comience una nueva creación. Que nos asemejemos más a Dios como rezaba una persona:

«Tú en mi vida y yo en la tuya. Ven, mi Señor. Quiero que mi vida tenga forma de ti, que se amolde a ti mi corazón y mi historia. Y que yo me amolde a la tuya. Que mi vida tenga la forma de tus brazos. Que mis brazos tengan la forma de tu vida. Todo lo que no sea tuyo, sácalo. Todo lo que no seas Tú. Perdóname, Señor, por todas las cosas en mi vida que no son dignas de ti, por mi historia fuera de ti, y sobre todo, por todo lo que en mi corazón no te pertenece».

Así tendría que ser. El amor nos hace tener la forma de Cristo, su tamaño, sus sentimientos. Pero es necesario entregar la vida y que la vida tome así la forma de Cristo. Que Dios elimine con cariño y cuidado las impurezas.

La uva que se entrega y toma la forma del vino. Muere y da vida. Dios usa lo cotidiano para hacerlo sagrado, lo que cada uno de nosotros vive para llenarlo, para transformarlo. Dios usa mis limitaciones para hacerlas infinitas en sus manos.

Dios construye sobre mi realidad. Sobre la uva que hay en mí. El vino lo saca de mi uva. No necesita otras uvas. Se alegra por la mía. Con su color y su tamaño. Es la que Él quiere.

¿Qué hace Dios cuando no obtiene su fruto? ¿Qué hace el dueño de la viña? En esta parábola Jesús termina preguntando a la gente, que quizás no sabía que estaba hablando de ellos. Les pide su opinión y ellos responden.

Los hombres medimos de una forma y Dios de otra. Los hombres dicen que Dios castigará, que matará. Esa es muchas veces nuestra idea de Dios, y así pensamos que debe ser, la justicia es matar al malvado y devolver lo mismo.

Jesús no contesta a esto. Porque Dios nunca nos retirará su amor. La muerte de Jesús fue el mayor abrazo de Dios al hombre, fue la puerta abierta, el perdón a todos, el camino al cielo.

Todos tienen derecho a estar en la viña con Él. No hay ningún hombre que no tenga cabida, ni nadie que tenga más derecho que otro. Basta con querer entrar y cuidar la viña.

Sobre el lagar de su muerte comienza la vida. Sobre lo que los hombres desecharon se sostiene el mundo. Es la piedra angular. A veces es así, sobre lo más débil se construye lo más fuerte, sobre mi debilidad Dios se hace fuerte.

Esa roca del Gólgota que sostuvo la cruz, que se quebró por el peso de Dios clavado y entregado, que se agrietó por su sangre derramada, esa roca es nuestro pilar, nuestro apoyo más seguro.

En ese momento el dueño de la vid y el hijo aman hasta el extremo su vid, al hombre. Parece imposible, pero esa es nuestra medida.

Hoy Jesús está lleno de ternura por los suyos, por la viña de nuestra alma que sin Él no da fruto. Sólo tenemos que abrirle. Está a la puerta y llama.

La viña somos nosotros, que hemos sellado una alianza con Dios. Una alianza de fidelidad. Una alianza para cambiar el mundo con nuestra vida, con nuestro sí, con nuestra entrega. Hemos dicho que sí y nos hemos comprometido.

Pero luego, la vida, las circunstancias, los miedos, nos han hecho perder el rumbo. La viña es nuestra vida entregada que se pierde si no se cuida, que no da fruto si no se trabaja cada día, con paciencia.

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