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Milagro en la carretera: La oración nos salvó a todos

© David Segovia / Flickr / CC
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No es lo mismo hablar de Dios, que experimentar a Dios: debes sentir su presencia, vivir su amor

Esta mañana nos emocionamos hablando con un amigo sobre el buen Dios. No puedo evitar llenarme de alegría cada vez que hablo de Dios. Él ha llenado mi vida de esperanza, me ha dado un motivo para seguir adelante, cada vez que enfrento una dificultad… Es un padre estupendo.
 
Cierta mañana salí atrasado hacia mi trabajo. Aceleraba el auto para llegar temprano. En una calle encontré una camioneta que iba muy despacio.  La conducía un abuelito con su nietecita. Yo apurado y él iba con una lentitud asombrosa.  A veces la niña miraba hacia atrás y me saludaba. Yo le sonreía y le devolvía el saludo.
 
Necesitaba pasarlos.  Me dispuse a hacerlo cerca de una intersección cuando sentí esta dulce voz que me decía: “Reza por ellos”.  
 
Reduje la velocidad del auto y en lugar de rebasarlo, recé: “Señor, protégelos, bendícelos, guárdalos de todo mal”.  En esa fracción de segundo un auto salió de la intersección a toda velocidad, perdió el control en la curva y se estrelló de frente contra la camioneta del abuelo.  Fue un golpe estruendoso, violentísimo. 
 
Me bajé del auto y corrí a auxiliarlos.  Los vecinos del área también salieron para ayudar. Fue impresionante, el auto quedó destruido, pero ellos salieron ilesos. El que ocasionó el choque fue un joven de 19 años. Estaba completamente borracho.  No se dio cuenta de lo que hizo.
 
Una señora me tocó el hombro. Me volteo y dice: “Dios lo ama mucho”. “¿Por qué dice eso?”, le pregunté.
 
“Estaba afuera de mi casa y vi cuando usted iba a rebasar el auto que chocaron.  De pronto se detuvo, no lo hizo. Ese choque era para usted. ¿Qué ocurrió?”.
 
“Recé”, le respondí.  “Me detuve a rezar por ellos. Al hacerlo se salvaron y me salvé también. La oración nos salvó a todos”.
 
Un amigo me dijo hace mucho: “No es lo mismo hablar de Dios, que experimentar a Dios. Debes sentir su presencia, vivir su amor”.  Me di cuenta que tenía razón.
 
Dios te da un tesoro que muchos buscan en lugares equivocados.  Te hace feliz. No te quita los problemas, pero te hace feliz. Te fortalece, te llena de paz y serenidad.
 
Ahora vivo mi vida como siempre quise, en la presencia de Dios. Escribo, disfruto a mi familia, y aprendo a ver la creación como un gran Regalo que se nos ha confiado.
 
Cada mañana me levanto y mis primeras palabras son: "Gracias Señor". ¿Por qué? Como decía santa Clara de Asís, "por haberme creado", y yo continúo… por la vida, por ser mi Padre, por mi familia, por la fe, por tu hijo, por la creación.
 
Luego salgo y me siento fuera de la casa. Cierro los ojos y escucho a los pajaritos. ¡Qué maravilla! "Gracias Señor".

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