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​Las tres bolas de oro de san Francisco

© Guillermo Vasquez / Flickr / CC
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¡Tenemos que despojarnos de tantas cosas para que Él pueda llegar a nosotros y habitar!

No sé muy bien si es posible vivir sin preocupaciones, sin agobios, sin miedos. Nos pide san Pablo: «Nada os preocupe». Y miro mi alma enferma, herida y agobiada. Y pienso que no es posible. ¡Tantas angustias y preocupaciones!
 
¿Cómo va a ser posible cuando el corazón busca lo que no tiene, anhela lo que sueña, espera lo que no llega y sufre? ¿Cómo mirar el infinito bebiendo la finitud de un día y no quedarnos insatisfechos al comprobar los límites?
 
Y ahora escucho: «La paz de Dios custodiará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús». Y el corazón se calma. La paz de Dios nos calmará.
 
Ojalá no me preocupara nunca. Pero me preocupo. Organizo, analizo, me preparo, controlo. Y todo se escapa de mi control. Y lo sé. Sé con certeza que me preocupo muchas veces en vano. Que no merece la pena. Que la vida es mucho más que mis miedos, que mis inseguridades, que mis pesares.
 
Pensamos en lo que ocurriría si perdiéramos todo lo que poseemos, si no tuviéramos lo que nos da seguridad, si dejáramos de lograr lo que parece ser un éxito continuado. Nos quedaríamos vacíos en medio del camino. Alzaríamos los brazos al cielo, hundidos. Nos sentiríamos de verdad pobres de Dios. Sin nada que defender, sin nada que guardar.
 
Pienso en san Francisco. Al final de su vida lo había perdido todo. Sólo tenía su pobre hábito franciscano. Se encontraba en el monte Alvernia entregado a Dios. Pensaba que ya lo había entregado todo. Pero aún guardaba tres bolas de oro en su corazón. El oro por haber sido fiel en la pobreza, la castidad y la obediencia.

Esos méritos aún le pesaban en el alma. Se tuvo también que despojar de ellos. Y de sus sueños y planes con respecto a su obra. Esa comunidad franciscana que no seguía todos sus anhelos. Entonces se encontró vacío ante Dios.
 
Rezaba: «¿Quién eres Tú, Señor de infinita bondad, sabiduría y omnipotencia, que te dignas visitarme a mí, que soy un gusano vil y abominable? Señor mío, yo soy todo tuyo. Tú sabes bien que no tengo otra cosa que el hábito, la cuerda y los calzones, y aun estas tres cosas son tuyas; ¿qué es lo que puedo, pues, ofrecer o dar a tu majestad? Entonces Dios me dijo: – Busca en tu seno y ofréceme lo que encuentres. Busqué, y hallé una bola de oro, y se la ofrecí a Dios; hice lo mismo por tres veces, pues Dios me lo mandó tres veces; y después me arrodillé tres veces, bendiciendo y dando gracias a Dios, que me había dado alguna cosa que ofrecerle».
 
Ya vacío deja el Señor impresas en su cuerpo sus propias heridas. Tenemos que despojarnos de tantas cosas para que Él pueda llegar a nosotros y habitar. A veces tendremos que entregarle cosas muy buenas, pero que se convierten en bolas de oro que nos pesan. Porque estamos orgullosos. Porque nos sentimos buenos, dignos, salvados.
 
Y por eso tenemos que entregárselo todo. Para vivir libres, despreocupados, en su paz. Porque nos preocupamos temiendo dejar de poseer, no recibir, no alcanzar. Tememos acontecimientos terribles que a lo mejor no llegan a ocurrir.
 
Tenemos demasiadas bolas de oro en el corazón. Bolas que pesan y nos hacen dejar de mirar al cielo, a lo alto.
 
Nos movemos temerosos entre la vida y la muerte. La salud y la enfermedad. La pobreza y la riqueza. El amor y el desamor. El recuerdo y el olvido. Existimos en ese margen incierto entre la plenitud y el vacío. Nos movemos entre el ayer y el mañana con desparpajo de hombres arrojados a esta vida. Nos convertimos en cuidadores, en buscadores, en navegantes. Servimos, usamos, nos movemos buscando que la vida tenga sentido.
 
Pero a veces, mirándonos a nosotros mismos, nos ofuscamos con lo que vemos. Queremos más, queremos todo, no queremos perder nada. Mirar sin levantar los ojos es lo mismo que caminar a ciegas. Es mirar sin ideales, sin sueños, sin esperanza. Es caminar sin buscar a Aquel que le da luz a nuestra oscuridad y norte a nuestra desorientación cotidiana. 

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