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¿Alegrarse de las limitaciones?

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Carlos Padilla Esteban - publicado el 03/10/14

¿Cómo vivir ese amor perfecto que no es el nuestro? Sólo si Cristo ama en mí

Yo no sé bien si es posible amar las imperfecciones, alegrarnos del desorden, aplaudir el retraso, valorar el fracaso. Mirar los defectos de los otros y sonreír. Experimentar el mal producido por la negligencia, la desidia, el egoísmo y seguir amando. Es un salto de fe, un salto en el amor.

Una canción dice: «Porque todo de mí ama todo de ti. Amo todas tus perfectas imperfecciones». Puede ser que el amor haga todo posible. Pero muchas veces constato mis limitaciones. Pienso en Santa Teresita cuando escribía: «El amor perfecto consiste en soportar los defectos de los demás, en no extrañarse de sus debilidades; pero, sobre todo, comprendí que el amor no debe quedarse encerrado en el fondo del corazón. Tú sabes bien que nunca podré amar a mis hermanas como Tú las amas, si Tú mismo no las amaras en mí. Me das la certeza de que tu voluntad es amar Tú en mí a todos los que me mandas amar. Cuando amo es únicamente Jesús quien actúa en mí. Cuanto más unida estoy a Él, más amo a todas mis hermanas».

En eso consiste la vida, el amor perfecto que anhelamos. Amar nos lleva a dar sin esperar nada. Nos hace mirar como nos mira Jesús, sorprendido, alegre, admirado de la belleza que ve escondida en mi vida.

Pero, ¡qué lejos me encuentro de esa mirada! De ese amor que se vacía en la cruz. De ese amor que nunca dice que es bastante. Mi amor es tan limitado. Me vuelvo a sorprender de sus límites. Amar consiste en caminar, luchar, sufrir, esforzarnos y seguir mirando las altas cumbres, sin perder la esperanza.

Quizás nunca lleguemos a la meta marcada. A pesar de todo, sonreímos al mundo. Amar consiste en intentar ascender las cumbres más altas. Y luego, si no llegamos, no amargarnos por el fracaso.

La verdad es que yo no sé si soy capaz de alegrarme con las limitaciones de los demás. Pero tampoco con mis propias limitaciones. Lo considero un acto heroico y sólo posible si Cristo lo hace en mí.

Me cuesta creer que puedo un día llegar a alegrarme al contemplar una y otra vez mis deficiencias y debilidades, mis negligencias y torpezas. No sé gloriarme por ellas, resaltarlas y decir que son una fuente de vida, mi camino de santidad, el lugar en el que me hago más de Dios, más niño, más dócil. No me parece tan sencillo.

Pero sabemos que las limitaciones y deficiencias forman parte de nuestro camino, como decía el Padre José Kentenich: «Mi alma debe contar con estas cosas, ampliamente, con las cosas desagradables, las injusticias, las desilusiones»[1]. Las desilusiones de la propia vida. Las desilusiones con los demás. Cuando nuestras expectativas no obtienen fruto. Cuando esperamos más de lo que obtenemos. Cuando nos confrontamos con la limitación de la vida y seguimos corriendo hacia delante.

Y añadía el Padre: «Las mayores manifestaciones de la misericordia en nuestra vida son las desilusiones que tenemos en la vida. Y en eso consiste la sabiduría del hombre maduro: en que él aprovecha las desilusiones como una escalera, una escalera para el entendimiento, una escalera también para el corazón. Deberíamos esforzarnos mucho más por vincularnos al Dios de la vida que por vincularnos al Dios de nuestro corazón, al Dios de los altares, al Dios de los libros ascéticos»[2].

En nuestra limitación está Dios. Allí nos sostiene. Pero, ¿Cómo vivir ese amor perfecto que no es el nuestro? Sólo si Cristo ama en mí. Sólo si Él ama mis debilidades y mis defectos. Sólo si ama en mis límites. Desde allí brota la vida.


[1] J. Kentenich, 1953

[2] J. Kentenich, 1953

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