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Varsovia y la segunda guerra mundial: una masacre interminable

© Public Domain

Gerardo Rodríguez - publicado el 01/10/14

La "liquidación" del hospital y la salvación milagrosa del padre Bernard Filipiuk

Exactamente hoy, el 1 de octubre de 1939, el ejército alemán entraba en la capital de Polonia. Comenzaba así el tremendo martirio de esta ciudad que conocería todo tipo de abusos y vejaciones en nombre de la limpieza racial, así como algunas de las peores masacres contra la población civil llevadas a cabo durante el conflicto: la matanza de los judíos del Gueto, y la destrucción de la ciudad en 1943. A este último capítulo de barbarie pertenece el artículo que hoy publicamos: cómo los alemanes asesinaron a los pacientes del hospital Wolski, y cómo un sacerdote se libró milagrosamente

El 5 de agosto, cerca de las 13 horas, desde las ventanas del Hospital Wolski el padre Marian Chwilczynski ve como los alemanes sacan a las mujeres desde las casas cercanas y las fusilan en los patios traseros. Alrededor resuenan los gritos y los gemidos, se escuchan los disparos de metralla y el estallido de las granadas. Por donde se mire las casas están ardiendo. 

Cuando llegan los alemanes ordenan la inmediata evacuación de todo el edificio, incluso los heridos y convalecientes. En la sala, después de una cirugía reciente, se encuentra el padre Bernard Filipiuk de la diócesis de Podlasie. Alguien lo está ayudando a salir al patio, una de las hermanas de la caridad le lleva la sotana y las zapatillas.

Desde el hospital se inicia la marcha de una procesión increíble: cerca de 700 personas, médicos y asistentes con delantales ensangrentados, personal médico, pacientes en ropa interior, a menudo descalzos, algunos con sus brazos en cabestrillo y otros andando en muletas, los más débiles sostenidos por los más fuertes. Entre gritos la escolta de soldados obliga al gentío a pasar el cruce ferroviario y dirigirse hacia la zona de una fábrica, denominada Moczydła. Todos se dan cuenta de que van hacia la muerte.

Cuando la procesión macabra se detiene por un momento los sacerdotes imparten la absolución. En la zona de la fábrica los alemanes separan a la gente en grupos y seguidamente en las cercanías se escuchan los disparos. El padre Filipiuk ve a través de las hendiduras de la valla, que los alemanes disparan en la nuca o en la espalda, y si alguien se mueve todavía, lo rematan. El padre Jerzy Rzychon, un misionero de Cracovia, como paciente del hospital, se apoya en el brazo del padre Filipiuk. En espera de su turno imparte a todos la absolución “in articulo mortis”, por otra parte el padre Filipiuk hace lo mismo. Todo el grupo reza en voz alta el Padre Nuestro y el Ave María.

“Con las últimas palabras del Padre Nuestro un hombre de la gestapo gritó: ¡adelante! En un momento, y oí en alemán la orden: ¡fuego! Se ejecutó la orden y yo caí con el P. Rzychon, quien, por su debilidad, se mantuvo todo el tiempo aferrado a mi mano, por lo mismo cuando cayó me cubrió con su cuerpo. Me di cuenta de inmediato que estoy vivo y no estoy herido, pero empecé a simular ser un cadáver, sabiendo que el hombre de la gestapo disparaba a aquellos que mostraban señales de vida. Cuando se acercó a mí, me dio una patada en la rodilla, maldijo y me disparó en la cabeza con un revólver. La bala pasó cerca del oido, así pues estaba salvado.

Después de esto siguieron los fusilamientos en las cercanías. Una mujer con un niño de doce años cayó a mis pies. Luego después del tiroteo el niño comenzó a gritar, que su mamá estaba viva y no estaba herida. Entonces corrió hacia ella uno de los hombres de las SS y descargó sobre su cuerpo toda la carga de la metralleta. Yo lo vi, porque tal como estaba ubicado imperceptiblemente podía mirar en dirección hacia sus piernas, observé todo el tiempo a los verdugos. Tenía miedo de que quizá alguna bala perdida me alcance. Así que permanecí en esa posición, en continuo temor a la muerte, hasta la medianoche".

"Los hombres de las SS dejaron de disparar y los tres verdugos se fueron, después de encender cigarrillos, hacia la calle Górczewska. Entonces comencé a arrastrarme sobre los cadáveres hacia la construcción, frente a la cual habían tenido lugar las ejecuciones. Junto a mí había una mujer. En su mano sostenía a su hijo pequeño, que podría tener un año. Le pidió al hombre de la gestapo que mate primero al niño, y luego a ella. Sólo se limitó a sonreír y no dijo nada. Este niño, durante mucho tiempo después de los disparos, gemía y lloraba, yo lo escuché. Su lamento helaba la sangre en mis venas. Sin lugar a dudas también lo oyeron los verdugos…"

Por la noche el padre Filipiuk con el resto de sus fuerzas se arrastró hacia la iglesia de Kola. El párroco le ofrece su ayuda. El encomillado es el testimonio en primera persona del padre Filipiuk brindado después de la guerra.

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nazismopoloniasegunda guerra mundial
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