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Papa Francisco: Tener un carisma no es «ser bueno en algo», es mucho más

Alberto Pizzoli
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Audiencia general del miércoles 1 de octubre

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Desde el comienzo, el Señor ha colmado a su Iglesia de los dones de su Espíritu, haciéndola cada vez más viva y fecunda. Entre estos dones, dstinguimos algunos que resultan especialmente preciosos para la edificación y el camino de la comunidad cristiana: se trata de los carismas. En esta catequesis nos preguntamos: ¿Qué son exactamente los carismas? ¿Cómo podemos reconocerlos y acogerlos? Y sobre todo, el hecho de que en la Iglesia haya diversidad y multitud de carismas ¿es un hecho positivo, algo bello, o es un problema?
 
En el lenguaje común, cuando se habla de “carisma”, se entiende a menudo como talento, habilidad natural. Se dice: esta persona tiene un especial carisma para enseñar, un talento que tiene. Así, frente a una persona especialmente brillante e involucradora, se acostumbra a decir: “Es una persona carismática”. ¡No lo sé pero es carismática! No sabemos a que nos referimos pero lo decimos. En la perspectiva cristiana, sin embargo, el carisma es algo más que una cualidad personal, de una predisposición de la que se puede estar dotado: el carisma es una gracia, un don entregado por Dios Padre, a través de la acción del Espíritu Santo. Y es un don que viene dado a alguien no para que sea mejor que los demás o porque se lo merezca: es un regalo que Dios le hace, para que con la misma gratuidad y el mismo amor lo pueda poner al servicio de toda la comunidad, por el bien de todos.
 
Hablando en un modo humano se dice así: Dios da esta cualidad, este carisma, pero no para él. Sino para que se ponga al servicio de toda la comunidad. Antes de llegar a la Plaza he recibido a mucho muchos niños discapacitados en el Aula Pablo VI. Una asociación que se encarga de la atención a estos niños. Esta asociación, estas personas, estos hombres y mujeres tienen el carisma de cuidar a estos niños discapacitados. Esto es un carisma.
 
Una cosa importante que hay que destacar es el hecho de que uno no puede entender de forma individual si tiene un carisma y cuál es. Muchas veces hemos escuchado a hombres y mujeres que dicen: “Yo tengo esta cualidad, sé cantar fenomenal”, y nadie tiene el coraje de decirle: “mejor que te calles que nos atormentas a todos cuando cantas”. Nadie puede decir: yo tengo este carisma. Es dentro de una comunidad donde surgen y florecen los dones con los que nos colma el Padre; es en el seno de la comunidad  donde se aprende a reconocerlos como un signo de amor por todos sus hijos. Cada uno de nosotros debería preguntarse: “¿Qué carisma ha hecho surgir el Señor en mí, que el Señor ha hecho surgir en mí, en la gracia de su Espíritu, y que mis hermanos, en la comunidad cristiana, han reconocido y alentado? ¿Y cómo me comporto yo con respecto a este don? ¿Lo vivo con generosidad, poniéndolo al servicio de los demás? ¿o bien lo oculto y me olvido de él? ¿O se convierte en motivo de orgullo, tanto que me lamento siempre de los demás y pretendo que la comunidad se haga según mi criterio?”. Son preguntas que nos debemos hacer: ¿hay algún carisma en mí? ¿la Iglesia lo reconoce?¿y estoy contento con mi carisma o tengo envidia del de los demás? Es Dios quien lo da.
 
La experiencia más bella, sin embargo, es descubrir ¡cuántos carismas distintos y con cuántos dones del Espíritu Santo el Padre colma a su Iglesia! Esto no debe ser visto como un motivo de confusión, de malestar: son todos regalos que Dios hace a la comunidad cristiana, para que pueda crecer armoniosa, en la fe y en su amor, como un cuerpo solo, el cuerpo de Cristo. El mismo Espíritu que da esta diferencia de carismas crea la unidad de la Iglesia ¡el mismo Espíritu!

 
Frente a esta multiplicidad de carismas, por tanto, nuestro corazón se debe abrir a la alegría y debemos pensar: “¡Que bella cosa!. Muchos dones diversos, porque somos todos hijos de Dios, y todos amados de forma única”. Mal, entonces, si estos dones se convierten en motivo de envidia o de división, de celos. Como recuerda el Apóstol Pablo en su Primera Lectura a los Corintios, en el capítulo 12, todos los carismas son importantes a los ojos de Dios y, al mismo tiempo, nadie es insustituible. Esto quiere decir que en la comunidad cristiana nos necesitamos los unos a los otros, y cada don recibido actúa plenamente cuando se comparte con los hermanos, por el bien de todos. ¡Esta es la Iglesia! Y cuando la Iglesia, en la variedad de sus carismas, se expresa en la comunión, no se puede equivocar: es la belleza y la fuerza del sensus fidei, de ese sentido sobrenatural de la fe, que viene dado por el Espíritu Santo, para que, juntos, podamos entrar en el corazón del Evangelio y aprender a seguir a Jesús en nuestra vida.
 
Hoy la Iglesia celebra la memoria de Santa Teresita del Niño Jesús, una Santa que murió a los 24 años. Ella amaba mucho a la Iglesia, quería ser misonera. Quería todos los carismas. Decía: yo quisiera hacer esto, esto, todos los carismas quería. Se puso a rezar y sintió que su carisma era el amor y dijo esta bella frase: “En el corazón de la Iglesia yo seré el amor”. Y este carisma lo tenemos todos: la capacidad de amar. Pidamos hoy a Santa Teresa del Niño Jesús la capacidad de amar a la Iglesia, amarla mucho. Aceptar todos los carismas con este amor de hijos de la Iglesia, de nuestra Santa Madre Iglesia jerárquica.
 

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