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La Iglesia tiene que ser capaz de acompañar a las familias

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Miriam Díez Bosch - publicado el 01/10/14

Habla María Lacalle, experta española en el Sínodo de la Familia

La crisis de la familia es mundial: en Occidente y fuera de él, con manifestaciones distintas según cada cultura. La Iglesia no puede quedarse fuera del debate: tiene que ser capaz de acompañar a las familias en sus dificultades. Entrevistamos a María Lacalle, directora del Centro de Estudios sobre la Familia, Universidad Francisco de Vitoria (España).

– La familia, ¿bien?

¿Mi familia? Estupendamente, gracias. Tengo un marido al que adoro, seis maravillosos hijos, un yerno estupendo y dos nietos que me vuelven loca. Doy gracias a Dios todos los días por la familia que me ha dado, y por la familia en la que nací. Soy la décima de once hermanos, y he disfrutado desde siempre de una vida familiar muy gratificante. 

Mi propia experiencia familiar me permite comprender en toda su profundidad el significado y valor de la familia, lo importante que es sentirse acogido y querido incondicionalmente, la necesidad de luchar para que todos puedan disfrutar de una vida familiar satisfactoria. Quizá por eso, y porque veo mucho sufrimiento a mi alrededor a causa de rupturas familiares, he orientado mis trabajos de investigación hacia la familia y los desafíos a los que se enfrenta.

-El matrimonio no se entiende como un sacramento ya, incluso para muchas personas que se casan por la Iglesia. ¿Qué ha pasado?

Muchas personas son católicas porque han recibido el bautismo, pero su vida de fe es prácticamente inexistente. Se casan por la Iglesia por tradición, o por la estética, por no disgustar a sus padres o abuelos…  pero sin ser conscientes de lo que están haciendo.

¿Las causas? Creo que la principal causa de la pérdida de la fe es, precisamente, la crisis de la familia. Porque familia y fe son realidades íntimamente relacionadas: la fe se transmite principalmente en la familia, y se alimenta al vivirla y compartirla en familia.

Cuando la familia se rompe suele dejar de ser esa iglesia doméstica en la que los padres son para sus hijos los primeros anunciadores de la fe con su palabra y con su ejemplo, y deja de ser también la primera escuela de vida cristiana y "del más rico humanismo". Al mismo tiempo, cuando faltan la fe y la comprensión de la sacramentalidad del matrimonio, tanto la vida conyugal como la vida familiar se debilitan.

-La familia se ha diversificado, y en muchos casos los mayores ya no forman parte del día a día familiar. ¿El alejamiento de los abuelos ha sido negativo?

Los abuelos desempeñan -o deberían desempeñar- un papel importantísimo en la vida de sus nietos. Y, en muchos casos, los abuelos siguen estando ahí, ayudando a sus hijos con el cuidado de los nietos, llevándoles al colegio, haciendo los deberes con ellos mientras los padres trabajan…

Es de justicia reconocer que, en muchos casos, las familias salen adelante gracias a la presencia de los abuelos. Y los abuelos también aportan mucho a sus hijos casados, aunque no precisen de su ayuda material. Es muy bonito comprobar cómo la relación con los hijos cambia cuando ellos se convierten, a su vez, en padres. En ese momento descubren y comprenden muchas cosas y los padres-abuelos, desde el segundo plano que les corresponde, pueden aconsejar, acompañar, apoyar mucho a sus hijos en esta nueva etapa de su vida.

Lamentablemente, también hay muchos casos en los que los abuelos son apartados de la familia de sus hijos, y esto supone una gran pérdida especialmente para los nietos. La relación entre diversas generaciones que se daba antes en las familias era muy enriquecedora para todos.

-Este Sínodo quiere ofrecer soluciones pastorales a muchos dramas familiares. ¿Cuál es para usted el más acuciante?


No sabría decir… infidelidad, violencia doméstica, ruptura familiar, hogares monoparentales, abandono de los hijos…  Estamos asistiendo a una auténtica crisis de la familia a nivel mundial, más o menos grave según las distintas zonas del mundo, y con unas causas y manifestaciones diferentes según las culturas. Y la familia católica no es ajena a esta realidad.

La Iglesia debe ser capaz de acompañara a las familias, especialmente a aquellas que atraviesan circunstancias difíciles y que están sufriendo. Debe ofrecerles apoyo y comprensión, y ayudarles para que alcancen una madurez plena y superen sus dificultades.

Y, por otro lado, creo que es urgente mejorar la comunicación del Evangelio de la familia, así como la formación tanto de los fieles como de los sacerdotes y agentes de pastoral familiar. Tenemos el mejor mensaje del mundo, y sin embargo nos cuesta mucho comunicarlo.

Debemos transmitir la belleza del amor humano ya desde la adolescencia, de manera que sea el atractivo de esa belleza lo que les guie a través de la juventud hasta el matrimonio. Debemos ofrecer una buena preparación al matrimonio, y no en el último minuto y de cualquier manera como con tanta frecuencia se hace en la actualidad. Debemos lograr que las homilías sean una ocasión de transmisión eficaz de la Palabra de Dios. Y para eso hay que formar convenientemente a los sacerdotes. Se pueden mejorar muchas cosas, y la comunicación es una de ellas.

-Más allá de teorías idílicas sobre lo que debería ser una familia feliz: ¿usted qué piensa que se puede mejorar?

Me parece primordial construir una cultura de la familia, para lo cual es preciso regenerar al sujeto moral y superar el relativismo, el hedonismo y el pesimismo antropológico en el que estamos sumidos, al menos en Occidente. El ser humano ha perdido la confianza en sí mismo y vive sin esperanza, sin alegría, sin valores, sin sentido. Y ha desterrado a Dios: ha decidido construir su vida de espaldas a Dios, como si no fuera más que un estorbo y una cortapisa a su libertad y a su felicidad.

Así se explica que el hombre occidental no se crea capaz de amar de verdad, ni de comprometerse, y viva su vida buscando la conveniencia, la utilidad, el provecho y el placer. Pero no es más feliz. Todo lo contrario. Porque la felicidad sólo se encuentra en el amor verdadero, que supera todos los obstáculos y dificultades que puedan surgir, especialmente cuando se cuenta con la ayuda de Dios.  Por eso Juan Pablo II se dirigía a los esposos cristianos con estas palabras: “¡No tengáis miedo de los riesgos! ¡La fuerza divina es mucho más potente que vuestras dificultades!” (GrS, 18).

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