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​¿Los sacramentos se pagan?

WEDDING
Aaron Burden-Unsplash
Bien sea en la iglesia o en la celebración posterior, amigos o familiares cercanos dedican unas palabras a los recién estrenados esposos. Un momento muy emotivo donde se suele hacer un breve “repaso” de su noviazgo, haciendo hincapié en cómo se conoció la pareja, lo que sintieron en esos primeros instantes y como se fue afianzando su relación hasta el punto de querer compartir el resto de su vida juntos. Aunque también hay quien decide “abrir su corazón” con el resto de invitados dedicando una lectura a la relación especial que mantiene con los novios, compartiendo incluso alguna anécdota o curiosidad que hasta el momento solo sabían ellos.
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Los sacramentos no tienen precio, pero la Iglesia propone corresponsabilidad

La Iglesia tiene necesidades materiales. Sus miembros sostienen el culto, su misión y a todos los que de manera directa, exclusiva y por vocación trabajan en ella. Aportan talento, tiempo y dinero para que ella pueda desarrollarse y crecer.

Y cualquier ayuda debe brotar de un corazón generoso y lleno de fe que quiere o desea contribuir con sus medios en una empresa de especial interés humano y sobrenatural o, a través de ella, llevar un poco de consuelo al que está pasando una necesidad.

¿De qué manera se ayuda a la Iglesia? Mediante la contribución espontánea, los llamados estipendios de la misa, las limosnas que se recogen en la misa, donaciones y la ofrenda en el momento de solicitar un sacramento o un sacramental.

Pero, ¡ojo! Los sacramentos de la Iglesia no se venden ni se compran. No tienen precio ni valor económico.

Querer comprar o vender, por ejemplo, el perdón, la condición de hijos de Dios, el Cuerpo de Cristo, etc., es absurdo. La gracia divina que llega a las personas a través de los sacramentos es invaluable pues consiste en la participación de la misma vida divina.

Pero la gestión y la administración de los sacramentos sí implican una compensación, una ofrenda que evidentemente SE PROPONE a los que los solicitan.

Sin embargo no es absolutamente obligatorio; si alguien o alguna familia no pueden dar su ofrenda, no se le niega el sacramento ni la acción de la Iglesia a su favor.

Jesucristo frecuentaba la sinagoga y, cuando estaba en Jerusalén, asistía al templo y en él enseñaba. Allí una vez Jesús observa a la gente que daba su ofrenda al templo y pone como ejemplo a una viuda que ofrece al templo lo que necesita para comer (Cf. Mc 12,44). Jesús por tanto no se opone a que la gente colabore económicamente en lo relacionado con la Iglesia.

Que cada uno dé como propuso en su corazón, no de mala gana ni por obligación, porque Dios ama al que da con alegría” (2 Cor 9, 7). Y tanto fue el celo del Jesús por el Templo que en una ocasión echó fuera los que no lo respetaban como Casa de Oración (Mt 21,12-13).

Algunos critican como injusto y oneroso lo que se les pide, por ejemplo en el caso de los matrimonios para el pago de trámites, empleados, luz, limpieza, etcétera.

Pero una parroquia tiene gastos: además del sustento del párroco, a veces tiene que pagar empleados, debe separar una parte para la administración diocesana, el mantenimiento de un templo (que exige acciones, a veces urgentes, como impermeabilización, reparaciones, reformas,…) y sólo Dios sabe cuántas personas pobres dependen de la ayuda parroquial.

La Iglesia lo que ofrece lo recibe de Dios, pero solicita la corresponsabilidad.

Jesús es conciso, y en su expresión no deja ningún hueco para la duda. Por un lado dice: “Gratis lo habéis recibido todo, dadlo todo gratis” (Mt 10,8). Y por otro Jesús dice que el que trabaje para el Evangelio viva del Evangelio. “Permaneced entonces en esa casa, comiendo y bebiendo lo que os den; porque el obrero es digno de su salario…” (LC 10, 7).

Podemos decir que un obispo, un sacerdote, un(a) religioso(a), merece vivir dignamente por un servicio, un ministerio prestado; se les debe recompensar por algo que el dinero no puede en absoluto comprar.

Además hay que tener en cuenta que un sacerdote no ejerce su ministerio sólo durante ocho horas diarias, como si fuera un trabajador más; un sacerdote no tiene horario, está en servicio las 24 horas del día: horas en el confesionario, horas de despacho, horas en los cursos presacramentales, horas para administrar la parroquia, horas para las visitas a los enfermos, etcétera.

Las colectas no son grandiosas y no importa tanto lo que entra sino el uso que se hace de ellas. La generosidad en las limosnas redunda en el bien de todos.

La misión de la Iglesia no consiste en ganar dinero, ni en acumular recursos materiales. La Iglesia ha de continuar la obra de Jesucristo por todo el mundo, que fundamentalmente consiste en anunciar su Buena Noticia, celebrarla y dar testimonio de ella. Y este anuncio necesita de medios materiales, necesita de un soporte económico para poder ser desarrollado correctamente.

Los primeros cristianos que compartían todo con todos. De la multitud de los que habían creído era un corazón y un alma; y ninguno decía ser suyo algo de lo que poseía; mas todas las cosas les eran comunes” (Hch 4,32).

Quien tiene que mantener la Iglesia son sus miembros con una real y auténtica comunión de bienes. Los cristianos deben asumir todas las consecuencias de profesar la fe, incluyendo el aspecto económico.

Y aunque en todas las parroquias hay un consejo de economía, hay libros de contabilidad con las cuentas claras, y la Iglesia o las parroquias, no acostumbra a alardear de la caridad hecha o de las limosnas repartidas o de las limosnas dadas. Jesús dijo: “Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha” (Mt 6,3).

Uno de los errores es creer que los templos son del clero. En realidad los ha construido el pueblo de Dios y son del pueblo de Dios. Son patrimonio no tan solo de la Iglesia, sino de la humanidad entera. Es un patrimonio que está al servicio de la humanidad a través de las obras de evangelización, de educación, de caridad, de cultura, de salud, etc..

Y este patrimonio más que ganancias tiene gastos. En muchas ocasiones grandes colegios, hospitales, asilos, etc. tienen que recurrir a benefactores o a fundaciones internacionales para poder sobrevivir, porque los ingresos normales no alcanzan a cubrir los gastos.

Muchas personas trabajan en la Santa Sede o en una diócesis y cobran sueldo, muchos seminaristas son sostenidos por el obispo.

La Iglesia es la mayor organización no gubernamental de caridad en el mundo; su ayuda en calidad, en cantidad, y en alcance es sumamente eficaz.

Investiga en tu propia ciudad qué hace la Iglesia para servir a los pobres. Descubre el trabajo de las parroquias, de las comunidades religiosas, de las organizaciones caritativas de la Iglesia, el trabajo de los laicos comprometidos.

Los católicos son más de mil doscientos millones de católicos en el mundo, de los cuales las tres cuartas partes son de muy escasos recursos. Desde este punto de vista podríamos decir que la Iglesia es pobre.

Una hermosa iglesia o catedral grandiosa es el resultado de la fe de un pueblo que ha sabido amar y adorar a Dios y darle lo mejor.

Todas las civilizaciones de la historia han concretizado su religiosidad dando lo mejor de su arquitectura y arte. La fe del ser humano se ha expresado desde siempre en los mejores monumentos arquitectónicos de la humanidad, desde los templos del antiguo Egipto, hasta la última iglesia construida. La fe católica no es una excepción.

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