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¿Hay que pagar por recibir un sacramento?

boda

Shutterstock | Andrii Medvediuk

Matrimonio.

Henry Vargas Holguín - publicado el 30/09/14 - actualizado el 21/04/24

Entendemos que solicitar un sacramento a la Iglesia es gratuito, pero hay que tomar en cuenta otros aspectos que generan gastos y que deben cubrirse.

La Iglesia se encarga de administrar cada sacramento. Y también tiene necesidades materiales. Sus miembros sostienen el culto, su misión y a todos los que de manera directa, exclusiva y por vocación trabajan en ella. Aportan talento, tiempo y dinero para que ella pueda desarrollarse y crecer.

Los sacramentos no se venden

¿De qué manera se ayuda a la Iglesia? Mediante la contribución espontánea, los llamados estipendios de la Misa, las limosnas que se recogen en la Misa, donaciones y la ofrenda en el momento de solicitar un sacramento o un sacramental

Pero ¡ojo! Los sacramentos de la Iglesia no se venden ni se compran. No tienen precio ni valor económico.

Querer comprar o vender, por ejemplo, el perdón, la condición de hijos de Dios, el Cuerpo de Cristo, etc., es absurdo. La gracia divina que llega a las personas a través de los sacramentos es invaluable pues consiste en la participación de la misma vida divina.

La parte administrativa genera gastos

Pero la gestión y la administración de los sacramentos sí implican una compensación, una ofrenda que evidentemente SE PROPONE a los que los solicitan.

Sin embargo no es absolutamente obligatorio; si alguien o alguna familia no pueden dar su ofrenda, no se le niega el sacramento ni la acción de la Iglesia a su favor.

“Que cada uno dé como propuso en su corazón, no de mala gana ni por obligación, porque Dios ama al que da con alegría” (2 Cor 9, 7).

Algunos critican como injusto y oneroso lo que se les pide, por ejemplo en el caso de los matrimonios para el pago de trámites, empleados, luz, limpieza, etcétera.

Pero una parroquia tiene gastos: además del sustento del párroco, a veces tiene que pagar empleados, debe separar una parte para la administración diocesana, el mantenimiento de un templo (que exige acciones, a veces urgentes, como impermeabilización, reparaciones, reformas,…) y sólo Dios sabe cuántas personas pobres dependen de la ayuda parroquial.

La Iglesia ofrece lo recibe de Dios, pero solicita la corresponsabilidad

Jesús es conciso, y en su expresión no deja ningún hueco para la duda. Por un lado dice: “Gratis lo han recibido todo, denlo todo gratis” (Mt 10,8). Y por otro Jesús dice que el que trabaje para el Evangelio viva del Evangelio. “Permaneced entonces en esa casa, comiendo y bebiendo lo que les den; porque el obrero es digno de su salario” (LC 10, 7).

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Además hay que tener en cuenta que un sacerdote no ejerce su ministerio solo durante ocho horas diarias, como si fuera un trabajador más; un sacerdote no tiene horario, está en servicio las 24 horas del día: horas en el confesionario, horas de despacho, horas en los cursos presacramentales, horas para administrar la parroquia, horas para las visitas a los enfermos, etcétera.

Las colectas no son grandiosas y no importa tanto lo que entra sino el uso que se hace de ellas. La generosidad en las limosnas redunda en el bien de todos.

Y aunque en todas las parroquias hay un consejo de economía, hay libros de contabilidad con las cuentas claras, y la Iglesia o las parroquias, no acostumbra a alardear de la caridad hecha o de las limosnas repartidas o de las limosnas dadas. Jesús dijo: “Tú, en cambio, cuando hagas limosna, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha” (Mt 6,3).

Y otra cosa: los cristianos deben asumir todas las consecuencias de profesar la fe, incluyendo el aspecto económico.

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