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Amor versus condiciones

© jesidangerously
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¿Por qué será que en lo cotidiano actuamos como si el amor hubiera que merecerlo?

“Si amásemos lo suficiente sabríamos dos cosas que todo amor es, a la corta o a la larga, invencible. Y que, en todo caso, el que ama de verdad no se pregunta nunca el fruto que va a conseguir amando. El verdadero amante ama porque ama, no «porque» espere algo a cambio. ¡Buenos estaríamos los hombres si Dios hubiera amado solamente a quienes harían fructificar su amor!” (Martín Descalzo).
 
Sin embargo, ¿por qué será que en lo cotidiano actuamos como si el amor hubiera que merecerlo, es decir como sí solo sí haciendo méritos seremos dignos de él?

No me refiero sólo al amor de pareja, sino al amor en todas sus formas y gestos, desde lo pequeño y habitual hasta lo más loco que podamos imaginar hacer por amor; porque no es insólito relacionar el amor con la locura ya que este, el verdadero, nos invita a salirnos de nosotros mismos para poder abrirnos a los demás. Impensado y loco en estos días ¿no? en que el mundo está regido por el “no te metas”, “que se arregle”, “ es su problema, no el tuyo”; en que es valor el mirarse el pupo todo el día y preocuparse por el cómo vivir mejor sin necesitar de otro/s.

En este contexto de egoísmo el amor se desfigura, cambia de rostro, se caricaturiza, quedando relacionado sólo con la pasión, el placer, el facilismo, la ausencia de dificultades, el trueque (te amo para ser amado) etc. Conclusión, te amo solo sí haces mi vida más placentera y fácil…

¡Qué lejos está esto del amor! En la lógica del verdadero amor todo está invitado a ser don, tiene que serlo. El amor sólo produce más amor. ¿Mirá si Dios se dispusiera a amarnos sólo cuando hiciéramos cosas buenas? Estaríamos en el horno ¿¡no!? Pero como creyentes estamos invitados a, como dice Martín Descalzo, “descubrir que hemos sido más queridos de lo que nunca nos atrevimos a imaginar”.
 
Caminemos en la certeza de este AMOR que me ama porque me ama, porque a sus ojos soy único y que no necesita de mí más de lo que soy y tengo, que me ama aún más en mi debilidad y pobreza, que me invita a amar a los demás de la misma manera; donando de mí lo mejor si exigir nada, ni siquiera la correspondencia.

Aunque yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, si no tengo amor, soy como una campana que resuena o un platillo que retiñe.

Aunque tuviera el don de la profecía y conociera todos los misterios y toda la ciencia, aunque tuviera toda la fe, una fe capaz de trasladar montañas, si no tengo amor, no soy nada.

Aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo amor, no me sirve para nada.
 
El amor es paciente, es servicial; el amor no es envidioso, no hace alarde, no se envanece, no procede con bajeza, no busca su propio interés, no se irrita, no tienen en cuenta el mal recibido, no se alegra de la injusticia, sino que se regocija con la verdad.

El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.

El amor no pasará jamás. Las profecías acabarán, el don de lenguas terminará, la ciencia desaparecerá; porque nuestra ciencia es imperfecta y nuestras profecías, limitadas.

Cuando llegue lo que es perfecto, cesará lo que es imperfecto.

Mientras yo era niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño, pero cuando me hice hombre, dejé a un lado las cosas de niño. Ahora vemos como en un espejo, confusamente; después veremos cara a cara. Ahora conozco todo imperfectamente; después conoceré como Dios me conoce a mí.

En una palabra, ahora existen tres cosas: la fe, la esperanza y el amor, pero la más grande todas es el amor”.

(Carta de San Pablo a los Corintios 13, 1-13) 
 
 
 
Artículo originalmente publicado por Oleada Joven
 

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