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¿De dónde viene el calendario Gregoriano?

© Dave Dugdale
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El mundo actual se guía por el calendario que el Papa Greogorio XIII implementó en el siglo XVI para la cristiandad a fin de cuadrar mejor el año litúrgico

¿Nos hemos detenido ante un niño observando las estrellas? Cuando los adultos tengamos la docilidad inocente de uno de ellos, probablemente Dios permitirá que emprendamos el gran viaje a las estrellas que nos tiene programado para conocerlo y amarlo más.

Quizá no vaya a haber necesidad de contaminantes y aparatosas naves interestelares ruidosas y hasta peligrosas. La fe nos llevará físicamente más allá de las estrellas que alcanzamos a vislumbrar desde nuestro pequeño planeta azul maravilloso. La Fe lo puede todo (Mt 17,20).
 
Explorar el universo, el espacio sideral, lo que queda más allá de nuestro sistema solar, fue siempre pertinaz inquietud de la humanidad en cualquier cuadrante de la tierra, fuesen Mayas o Babilonios los observadores del universo afuera.

Sin embargo hay que convenir que el gran paso se dio en plena era cristiana cuando el acumulado investigativo del franciscano inglés Roger Bacón, del sacerdote polaco Nicolás Copérnico y otros anónimos monjes ya aportaban suficiente averiguación en materia de lentes y posiciones astronómicas.
 
El calendario gregoriano de 1582 resultó de una precisión imbatible. Algunos países de influencia religiosa distinta a la católica se demoraron en reconocerlo -más por prejuicios que por fundamentos científicos, pese a que renombrados astrónomos alemanes, más próximos de la agnósis que del cristianismo, les confirmaron que el acertado cálculo de los astrónomos del papa, daba para que se tuviera que corregir solamente un día cada 3300 años, lo que finalmente los persuadió a aceptarlo, aunque algunas apenas el siglo pasado como la Iglesia ortodoxa.
 
De todos los telescopios de la Tierra, el del Vaticano en Castelgandolfo ciertamente no es de los más potentes, pero no cabe la menor duda que es el que más información maneja y en una ubicación privilegiada con técnicas un tanto herméticas.

Siglos mirando los astros y tomando cuidadosa nota pacientemente y sin afanes mundanos, es un patrimonio de la Iglesia de Cristo Nuestro Señor, que la pone muchos siglos delante de cualquier institución científica de nuestros días dedicada explorar el espacio.

Lo que las otras instituciones suplen con cientifismo crudo, la Iglesia lo complementa con algo que va más allá de lo científico: la fe. Y esta tiene una dosis de admiración que frecuentemente los científicos puros no poseen, a pesar de que la ciencia es comprobadamente una criatura de Dios y está al servicio de aquella.
 
Contemplar la inmensidad del universo, sus fenómenos y sus colores, con espíritu inocente (Mt 18,3) y maravillado termina llevándonos al verdadero conocimiento de las cosas y por supuesto del Creador de todo lo visible y lo invisible.
 
Quiérase o no, el mundo actual se guía por el calendario que el Papa Greogorio XIII (1502-1585) -con el apoyo de eminentes astrónomos jesuitas como el alemán Cristofer Clavius-implementó para la cristiandad a fin de cuadrar mejor el año litúrgico mediante la Bula Inter Gravissimus.

Se trataba de declarar finiquitado el calendario que Julio César había impuesto a filo de espada aunque muy aproximado y de mucha utilidad para los tiempos del Imperio Romano y posteriores, pero que ya acumulaba en su haber, por el paso del tiempo, días perdidos irremediablemente.
 
Proceder a desentrañar los misterios de la creación con docilidad, humildad y buena fe, no es lo mismo que exigirle a Dios explicaciones, como acostumbra la soberbia de algunos investigadores.

El calendario Gregoriano más parece el resultado de una búsqueda amorosa que intenta hacer coincidir los equinoccios y solsticios de la astronomía, con el culto que le debemos a nuestro creador en la liturgia solemne que nos fue revelada por Él mismo para adorarle y agradecerle todo lo que nos dio y está todavía por darnos, cuando sigamos descubriendo las maravillas del universo y la relación que tiene con nuestra vida aquí en la tierra, valle de lágrimas y afanes que algún día se verán definitivamente concluidos el día aquel esperado y temido en que el Señor enrolle y guarde los pergaminos de nuestra historia y pasemos a la eternidad.
 
Hay que reconocer que nos falta todavía mucho por entender del universo, a pesar de que hayamos podido colocar el colosal telescopio satelital Hubble de más de 10 toneladas, que no alcanza a superar el telescopio espiritual de la fe, el cual Gregorio XIII y su jesuitas decidió enfocar hacia las estrellas un año del siglo XVI, más allá de nuestro espacio y de la propia historia para la buena organización de nuestro tiempo aquí en la tierra.

¿Cuánta cosa más tendría la Divina Providencia para revelarnos si nos hacemos tan dóciles y amorosos como los niños?
 
Por Antonio Borda
Artículo originalmente publicado por Gaudium Press

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