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Antes de decir sí…

© vladimix / Flickr / CC

Carlos Padilla Esteban - publicado el 28/09/14

A veces nos lanzamos y decimos que sí sin calcular nuestras fuerzas, o para que nos dejen tranquilos, o para quedar bien

Hoy Jesús vuelve a hablar de la viña. Dios, el Padre, nos llama a trabajar en su viña. Es la llamada personal a cada uno de nosotros. Es la invitación a tener los sentimientos de Jesús.

«¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: – Hijo, ve hoy a trabajar en la viña». Es un padre y dos hijos. Un padre con un deseo verdadero. Quiere que sus hijos cuiden con él la viña. El padre ama y desea lo mejor para sus hijos.

Son dos hijos que son interpelados por el amor del padre. Pueden seguir sus planes y deseos olvidando el deseo de su padre. Pueden dejarse vencer por la pereza, la dejadez, el miedo. Pero pueden también decir que sí y hacer suyos los deseos del padre.

En la vida suele ser así. Podemos seguir un camino o seguir otro. Y Dios es tan maravilloso que siempre está en nuestras decisiones. En nuestro sí y en nuestro no. Nos acompaña y cuida allí donde vayamos. Nos quiere a su lado, nos sigue.

Los dos hermanos se confrontan con la pregunta. Y los dos responden: «Él le contestó: – No quiero. Pero después recapacitó y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Él le contestó: – Voy, señor. Pero no fue. ¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre? Contestaron: – El primero».

¡Qué difícil hacer lo que Dios nos pide! ¡Qué difícil saberlo y decirle que sí a Dios! Ir a la viña o no ir, es la pregunta. Tomarnos la vida en serio o dejar que el tiempo pase. Preocuparnos de nuestro corazón, de lo que mueve nuestro mundo interior, o dejar que la vida siga adelante sin prestar atención.Muchas veces tenemos otras cosas que hacer.

Podemos decir que sí y luego no actuar. Siempre hay excusas. Podemos seguir otro camino, no el que Dios nos pide. Pero es triste decir que sí y luego no actuar. A veces lo hacemos para que nos dejen tranquilos. O para quedar bien y salir del paso. O para que estén contentos con nosotros, porque es lo que esperan.

Pero luego hacemos otra cosa. Hay buena intención en nuestro primer sí. A lo mejor pensábamos que íbamos a ser capaces. Es un sí primero, ingenuo, loco, atrevido. Nos lanzamos y decimos que sí sin calcular nuestras fuerzas.

Siempre pienso que es mejor decir que no y luego hacerlo que al revés. Pero muchas veces somos como ese hijo que dijo sí con la boca y no con el corazón. Ese sí es un sí sin raíces, pobre, frágil. Un sí que muere ante la primera dificultad y se queda a mitad de camino.

Me gustaría que hubiera siempre coherencia entre lo que prometo y lo que hago. Hace falta una gracia de Dios para ser fiel en mis «síes». Entre lo que digo y lo que hago, entre mi amor expresado en palabras y en obras.

Por eso me gusta más el otro hijo. Dice primero que no con los labios y luego recapacita y va a la viña. Dice que sí con sus obras. Decía el Padre José Kentenich: «La alegría cotidiana es la conciencia serena y aquietada de reposar en los deseos de Dios, en la voluntad de Dios. Con esa conformidad con la voluntad divina se da al mismo tiempo un profundo reposo de la vida emocional»[1].

¡Qué importante es aprender a recapacitar en nuestro camino y pensar una y otra vez qué es lo que Dios nos pide y qué es lo que le decimos a Dios! Uno de los hijos dice que no. Es su primera respuesta. Algo inmediata, tal vez sin pensarlo mucho.

En realidad muchas veces me siento identificado con este primer no. Me gusta mucho esa libertad del hombre para decir que no. Podemos decirle que no a Dios. Podemos quejarnos, protestar, decirle que no entendemos, que no comprendemos, huir, buscar otros caminos que nos parecen mejores. Como el hijo pródigo, como las prostitutas y los publicanos que nos preceden en el Reino, como nos dice Jesús. Como nosotros cuando nos rebelamos, cuando le respondemos, le gritamos, o nos escondemos de Él.


Es muy valiosa esta confianza del hijo que le dice que no al padre. El padre lo acepta y lo respeta. Y sigue ahí sin dudarlo, por si vuelve. Le deja su tiempo, su momento, conoce el alma de su hijo y su rebeldía, confía en él aunque se arriesga a que no vuelva.

No sabemos el motivo de la negativa del hijo. Quizás estaba enfadado, o le dio pereza, o pensaba hacer otras cosas, o no sentía suya su viña y quería tener la suya propia, o quizás no quería compartirla con el hermano, o pensaba ir a otras tierras, o no se sentía con fuerzas o capacidad para trabajar en la viña.

Cada uno de nosotros sabe cuál es el motivo por el que le dice que no a Dios. Suele tener que ver con mi herida de amor, con mi limitación principal, con mis miedos, con mis deseos más hondos.

Decir que no le dio al hijo la opción de recapacitar. Me conmueve pensar en ese camino del hijo. Lo pensó, reflexionó y fue a la viña. No vuelve a hablar el hijo. No usa la palabra, actúa, se pone en camino.

¿Qué pasó en su corazón? Algo cambió por dentro. Esa palabra: «recapacitó», habla de lucha consigo mismo, de decisión interna, de un sí interior que le hizo volver. Es un proceso que lleva tiempo. Es la actitud del hijo que piensa, reflexiona y actúa.

¡Qué importante es reflexionar, meditar y darnos tiempo para pensar qué hacer con nuestra vida, qué caminos tomar! Es necesario ser pacientes y contar con la paciencia de Dios. Pensar lleva tiempo, no se recapacita de la noche a la mañana.

Quizás el hijo volvió porque el padre respetó su decisión, porque no se sintió juzgado, porque no hubo presión ni comparaciones. Se sintió comprendido, acogido y sobre todo, vio que podía volver en cualquier momento, que tenía la puerta abierta. Que seguía siendo hijo.

Cuando alguien nos respeta, cuando alguien no nos fuerza, nos da alas. Cuando alguien acepta nuestras decisiones de vida y nos sigue queriendo a pesar de que nuestra respuesta no le convenga, o no la comparta, algo cambia. Nos sentimos queridos.

Hoy corremos el riesgo de juzgar a los demás por sus decisiones continuamente. No estamos de acuerdo con lo que hacen y se lo repetimos de mil maneras. Para que cambien, para no ser cómplices de la vida que llevan. No participamos de sus alegrías, porque no queremos aprobar su forma de vida. Nos convertimos en el sanedrín que juzga lo que los demás hacen y lo condena.

El padre no condena al hijo que dice que no. Jesús no condenó a las prostitutas y publicanos. Comió con pecadores. Es ese amor que espera, aguarda, sueña, desea. Da libertad.

Curiosamente, cuando nos obligan a hacer algo, vamos quejándonos y protestando. Cuando somos libres nuestro sí nos hace felices, y queremos dar más, para responder con amor. Damos más de lo que nos piden. Nuestro sí meditado es más hondo, más profundo. Nace después de saber cómo nos respeta el otro.

El hijo fue a la viña. Con alegría, trabajó más de lo que hubiese trabajado la primera vez, porque no quiere cumplir, quiere alegrar a su padre con actos de amor. Quiere que su padre trabaje menos y que descanse. Su corazón ha cambiado.

Como decía el Padre Kentenich: «Tenemos que considerar el agrado de Dios, el deseo y la voluntad de Dios, como el bien supremo de nuestra vida. Así el sufrimiento no estaría ante mí bajo la perspectiva del sufrimiento, del mal, sino bajo la perspectiva del agrado de Dios, como un bien. Y mi alma está apegada a ese bien. Todo lo demás es periférico. De este modo me será posible realizar el deseo del apóstol que dice: Alegraos siempre»[2].

 Con gestos le dijo a su padre que sí. Con su esfuerzo y su entrega le contó a su padre que su respeto, su pregunta, su propuesta, su mirada comprensiva, habían hecho que se arrepintiese. Su sí seguramente se mantuvo siempre, recordando ese momento en que el padre contó con él, se acercó a él, y respetó su respuesta sin juzgarlo, amándolo igual. Es el sí de hijo, no de esclavo. Podía no ir, pero fue. Renunció a sus planes sólo por darle al padre la alegría. Porque lo conoció y lo amó. 


[1] J. Kentenich,
Las fuentes de la alegría
[2] J. Kentenich,
Las fuentes de la alegría

Tags:
alma
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