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Discurso contra la felicidad

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Enrique Anrubia - publicado el 27/09/14 - actualizado el 26/02/19

Reflexiones sobre un tópico de la cultura actual

Lo de la felicidad es un camelo. Una distracción, un discurso prototipo, una respuesta anticipada, un cuento, y aunque no llega a la altura de “mentira” se asemeja más una cháchara que uno está cansado de oír y de no ver –o no saber ver- por ninguna parte. Así, dicho a lo bruto, como lo he dicho, parece que dice algo muy abrupto, pero simplemente, en este artículo se quiere analizar la cacareada frase que todo el mundo dice: “Si yo sólo quiero ser feliz”.

Y se dice, mucho, la frase, y se oye, bastante, en bastantes situaciones. No vamos a desvelar aquí qué es la felicidad, sino algo más mundano y cotidiano: si la gente quiere realmente serlo y si, queriéndolo, es posible serlo. Porque la frase se dice mucho, y con muy buenas intenciones y con mucho sentimiento, pero no parece tanto que se cumpla. Alguien decía que si uno se pregunta si es feliz, es que no lo es, básicamente porque ser o estar feliz implica no preguntarse si uno lo es, sino que simplemente serlo. Así que imagino que quien les escribe no lo es.

Y este es el primer análisis de nuestra pequeña sociología cotidiana y sus contradicciones: parece que está mal visto o genera dudas que uno diga con toda paz –hay que subrayar, “con toda paz”-: yo no soy feliz.  Así, a bote pronto, parece que la cultura en la que vivimos cuasi nos obliga a tener que querer ser felices y a poner todos los medios para serlo, y quien no lo sea o no quiera serlo tiene una etiqueta: pesimista, cínico, demasiado serio, loco o simplemente tonto.

Sinceramente: nadie está obligado a estar de acuerdo con los estereotipos de su cultura. “Yo no soy feliz” y no me tengo, ni mis amigos me tienen, ni por un cínico, ni por un pesimista o un loco.

La pseudo-obligación cultural de nuestro mundo de ser feliz está bien tipificada en la definición de salud de la OMS de 1948 (Organización Mundial de la Salud): “La salud es un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”. Yo no conozco a la persona que ejemplifique eso.

Bueno, pues sencilla y llanamente: yo no soy feliz y no gasto mucha energía en tener que serlo, y, si se me apura, en querer serlo. Tengo claro que yo quiero ser yo, y que ser feliz no es un objetivo prioritario en mi vida. Los pensadores clásicos –algo más avispados que nosotros- decían lo mismo, que propiamente la felicidad no era una objetivo alcanzable por sí mismo, sino la consecuencia de otras muchas cosas. Y, además, si la felicidad es un estado de perfección, no parece que se dé en este mundo ya sólo por la simple verdad de que existe la muerte, el dolor y la enfermedad, por mencionar las más evidentes. Quien busque la perfección absoluta que se busque otro mundo, pero es que nosotros tenemos este, y, además, cristianamente es éste el mundo que necesita ser redimido y no otro.

Así, que, saliéndonos de la mentalidad dominante, parece que no está de más poder decir “yo no soy feliz”, decirlo con paz y normalidad y que a uno no le miren ni con condescendencia –“pobrecito, este chico quiere serlo y no lo es”- ni con incredulidad –“está chalado”- ni (esta es la peor): “bueno, venga, no te preocupes, te doy la receta para que lo seas”. Yo no soy feliz y no hago muchos esfuerzos por serlo. De hecho cuando más me esfuerzo menos lo soy.

Teorías, teorías, teorías

Seamos sinceros: hay gente que dice que lo es, hay gente que quiere serlo, y hay gente que dice que ve a gente feliz. Seamos más sinceros y aproblemáticos aún: Pero yo veo a mucha gente, esa misma gente, que no lo es, aunque lo diga, y que en un milisegundo por una circunstancia banal pasa de estar sonriendo a estar enfadadísimo, que en un milisegundo descubre que su marido le es infiel, se le desmorona su mundo y tiene que volver a levantarlo (quien pueda) o que se ha muerto su padre (y ahí nadie puede). Los más atrevidos dirán que hay que tener confianza en Dios o en algo más Grande y que eso les da la posibilidad de mirar el sufrimiento de otra forma: no lo discuto, es cierto, verdadero de toda verdad. Pero esa idea confirma precisamente que uno no es feliz en este mundo, que este mundo no es suficiente para lo que deseamos en el caso de que tengamos que desearlo.

En este “descubrimiento” se asemejan algunos fervientes creyentes en Dios con algunos fervientes creyentes de la “gran cultura del bienestar y la felicidad”. Parecen que tienen la receta o la teoría para poder vivir felices. El caso más significativo es el discurso de cierto tipo de psicología y la autoayuda. La socióloga Eva Illouz se encargó de mostrar que el discurso psicológico se hizo mundialmente famoso en los años 50 gracias a las revistas femeninas estadounidenses. Déjenme que lo diga en tono jocoso: si uno lee una revista femenina actual el 50% de la revista se dedica a decirle al lector/a que tiene que ser ella misma y sentirse bien con ella, y el otro 50% a cómo tiene que serlo. Si haces esto o lo otro, serás feliz, si sientes esto o lo otro, serás feliz, si vistes de esta forma, si piensas así, si comes así… Elige, elige tú, se tú misma, pero dentro de las opciones que te damos.

¿¡Quieren por favor de dejar decirnos cómo tenemos que sentirnos, pensar y demás!? Ya es mucho que uno intente ser libre como para que encarcelen la propia libertad, eso sí, con barrotes forrados de seda y coloreados de tonos pastel. Uno, usted, yo y su vecino, se equivoca, rectifica, a veces no rectifica… pero, por favor, dejen de decirnos en qué tenemos que equivocarnos y en qué no. Yo no soy feliz, no quiero ser feliz, y no tengo el más mínimo interés en serlo tal y cómo pintan las cosas. Lo que quiero o no quiero, lo que usted quiere o no quiere, se lo dejamos a nosotros mismos y a quienes viven con nosotros nuestro día a día. Me parece que ese es un sentido muy cristiano de la libertad: haga usted lo que pueda, en lo que pueda lo que quiera, y en lo que quiera, no quiera el mal a sí mismo o a otros, es decir, existe la misericordia de Dios. El mundo no sería mejor si la gente hiciese eso, y, si se me apura, tampoco uno sería más feliz, uno simplemente sería más uno, más libre, más responsable de sus actos y más consciente de sí mismo y de quienes ama y le preocupan.

Haga esto y será feliz. Como usted, como un cristiano cualquiera o como cualquier ateo (que en el fondo aún no saben que ven  los mandamientos como lo éticamente mejor), yo procuro no mentir, no robar, no hacer daño, ayudar a mis padres, no ser infiel… pero hacer esas cosas no me lleva a ser feliz. Esto no es una receta, pues la vida no tiene recetas previas a poder vivirla, y aún si las tuviera (la tradición, las costumbres, los consejos), uno sabe que cada situación en su vida y cada persona es cada situación y cada persona: lo que me o le hizo bien en ese momento  ahora puede ser que no lo sea, y al revés. Con otros adjetivos y otras referencias pasa lo mismo con los discursos y los libros de autoayuda: piensa esto, di aquello, si sientes esto que sepas esto otro. Les puedo conceder (y se lo concedo) que ofrecen un buen análisis de lo que hacemos, pero de ahí a que sean el paso previo de la felicidad: ¡qué pesados!

¿Y si, en un fantástico atrevimiento contra el mundo y la cultura dominante, dijéramos “la gente, en verdad de la buena, la sincera, la sencilla y auténtica, no quisiera ser feliz”? Porque lo que uno ve es gente que dice que quiere serlo, incluso que parece que lo es, y que no para de meter la pata, de ir contra sí misma, de hacer daño (consciente e inconscientemente), ¿y si en el fondo la verdadera pregunta del ser humano no fuese la felicidad y fuese otra cosa? A bote pronto cabe tener sociológica e individualmente cierto valor (aún no tengo claro de qué tipo), para poder decir: “yo no soy feliz, y no tengo mucho interés ni quiero gastar muchas energías de mi vida en serlo”.

El tema aún no ha acabado, y, más adelante, les seguiré contando, pero ¿y si lo que quiero es que sea feliz el otro?,  ¿y si en verdad ni siquiera tuviese ese poder?,  ¿y si la felicidad es un regalo misterioso –cristianamente llamado “gracia”: gratis y regalo- y no un deseo o una exigencia nuestra y, ni mucho menos, un objetivo? Sinceramente lo digo: son preguntas al azar, no tengo respuestas, pero la cultura que vivimos (cristiana y atea al mismo tiempo) no para de bombardearnos con  el discurso del “deseo de felicidad” hasta en la sopa y el aburrimiento más cansino. Así, yo no lo veo.

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