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Hay deseos que sacan lo mejor de las personas, muchos de esos deseos han cambiado el mundo

El otro día leía una publicidad sugerente: «Hay deseos que cambian el mundo». Es verdad. Hay deseos que cambian el mundo, que lo hacen mejor de lo que es.
 
Hay deseos grandes que no caben en el corazón y por eso se desbordan y dan vida a muchos. Deseos que sacan lo mejor de las personas, que construyen sobre roca firme, que elevan la vida y la hacen mejor de lo que es.
 
Sí, hay deseos que nos sacan de nuestra comodidad, de la rutina, de la pereza y nos hacen ponernos en camino, porque merece la pena luchar, dar la vida por algo valioso, porque no podemos quedarnos quietos. Deseos que son mejores que nosotros mismos, porque nos hablan de Dios y de lo que Dios puede hacer en nosotros. Deseos nobles que despiertan lo más puro del alma.
 
Muchos de esos deseos han cambiado el mundo, lo han transformado, lo han hecho más humano, más de Dios. Son deseos por los que muchos hombres han dado su vida. Han vivido, han amado, han renunciado, por hacer posible ese deseo.
 
Cristo vivió el deseo de amar hasta el extremo. Deseó ser carpintero, como su padre. Deseó conocer a Dios, su Padre, a quien tanto amaba. Deseó vivir en Nazaret tantos años esperando a que otros deseos grandes y nobles le hicieran abandonar a los suyos y seguir su camino.
 
Esos deseos llegaron un día y entonces deseó pescar en su lago, no sólo peces, sino hombres y darles esperanza. Deseó sanar a todos los enfermos, devolver la vista a los ciegos, liberar a los cautivos, mostrar el sentido de nuestro camino, del amor, de la misericordia.
 
Deseó perdonar todos los pecados de los hombres, los más visibles, los más ocultos. Deseó resucitar a los muertos, porque Él era la vida y devolver la alegría a los rostros llenos de amargura, porque es dolorosa la tristeza. Deseó el infinito en una vida finita.
 
Deseó dar la vida por todos, sin saltarse a ninguno. Deseó cambiar el corazón de los que estaban llenos de envidias, celos y odios. Deseó abrazar tantas vidas heridas, rotas, muertas. Levantar a hombres caídos. Devolver la dignidad a los que la habían perdido.
 
Deseó retirarse a orar con su Padre, tantas veces como pudo, cuando el deseo de estar solo era muy fuerte. Deseó hacer comprender a los violentos el camino de la paz. Deseó que la mirada de los hombres fuera pura y para eso Él siempre miró con pureza.
 
Deseó un mundo más justo, más verdadero, más de Dios, y entregó la vida. Deseó un día celebrar con los suyos aquella última cena, porque los quería tanto, porque presentía el final. Deseó llegar a todos, que todos lo comprendieran, que todos cambiaran de vida. Deseó amar a todos y que todos lo supieran.
 
Desde la cruz los miró, conmovido, vacío, lo había dado todo. Allí deseaba que su vida entregada fuera una fuente de la que manara agua para la vida eterna. Sus sueños, aparentemente fracasados, se hicieron fecundos al ser enterrados.
 
Porque la semilla muere para dar fruto. Porque la renuncia siempre trae vida. Porque merece la pena entregarlo todo. Y sus sueños dieron fruto.
 
Muchos hombres siguieron un día sus palabras, se enamoraron de sus gestos, comprendieron la grandeza de su amor. Sí, hay tantos santos enamorados de Dios…
 
Santos de grandes alturas, de deseos profundos. Santos que amaron y renunciaron. Que desearon y lucharon. Santos enamorados, con raíces profundas en Dios. Santos con deseos hondos y grandes.
 
Porque si el corazón no desea nada es que está muriendo, está perdiendo la esperanza o se ha llenado de amargura. El deseo da vida, despierta lo más puro que tenemos dentro. Sí, hay deseos que cambian el mundo. Lo han cambiado tantas veces. Lo siguen cambiando hoy.
 
Hay sueños que enaltecen y elevan. Por eso es importante hacernos esta pregunta: ¿Qué deseamos? 

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alma
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