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La educación universitaria que trajeron los españoles al Nuevo Mundo

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Donde los españoles erigían cabildos se agregaba la creación de casas de altos estudios, sinónimo de conocimiento.

El 21 de septiembre de 1551 por real cédula firmada por el rey de España, Carlos V, se creaba la Real Universidad de México, capital del Virreinato de Nueva España. Algunos años más tarde, por bula dictada por el Papa Clemente VIII, al título de real se le añadiría el de pontificia. Pese a una polémica al respecto, la actual Universidad Nacional Autónoma de México (Unam), la mayor de ese país y de toda Latinoamérica, puede ser considerada su sucesora institucional.
 
El dato es sumamente significativo y viene a contrariar abiertamente uno de los aspectos más superficialmente abordados por los epígonos de la “leyenda negra” que tergiversa la historia de la conquista española sobre el continente americano. A pocos años de la ocupación por Hernán Cortes y sus aproximadamente trescientos hombres, en la misma ciudad de México, se creaba una universidad.
 
No fue la primera. En 1538 nacía a la vida institucional la decana continental de las universidades, la de Santo Domingo, por su localización en la actual capital de la República Dominicana. Años más tarde, a miles de kilómetros de allí sería el turno de la de San Marcos de Lima, capital del virreinato del Perú, fundada en mayo del mismo año de 1551 sobre la base del colegio mayor de la Orden de los Dominicos que ya funcionaba desde 1548.
 
Vale decir que allí donde los españoles erigían cabildos, germen del federalismo posterior, generalmente se agregada la creación de casas de altos estudios.
 
Si solo los movía el afán de saqueo, no se explica muy bien por qué razones fundaban, apenas llegados, universidades que son, por definición, sinónimo de conocimiento e ilustración. Tampoco se explica racionalmente cómo, unos cientos de españoles lograron, como por arte de magia, someter imperios habitados por millones de hábiles guerreros.
 
Como sostiene Pedro J. Cóccaro “España sembró de universidades el Nuevo Mundo, colocó en ellas la flor y nata de sus intelectuales. No dejó a las colonias sumirse en la ignorancia y en la barbarie; por el contrario, le ofreció los instrumentos mismos que América utilizaría para defender su derecho a la independencia, cuando maduraron los tiempos. Ella fijó sus bases inmutables que contribuyeron al mejoramiento del espíritu, de la inteligencia y de las formaciones morales, así como también el perfeccionamiento de las ideas. No toda potencia colonialista procede de este modo. España ha sido, en este sentido, un ejemplo histórico hasta ahora inédito.”
 
En efecto, se calcula que para 1810, es decir, al emanciparse las antiguas colonias, había 35 universidades en todo el continente. Un siglo más tarde, prácticamente no había variado su número. Pero sí sus autoridades ya que en muchos casos el Estado al expropiar bienes de la Iglesia católica (conventos, monasterios, etc.) no se privó de pasar a la faz secular (hoy diríamos, pública) universidades que habían sido creadas por las autoridades eclesiásticas siglos antes. Un caso emblemático es la famosa Universidad Nacional de Córdoba que comenzó, en 1613, como Colegio Máximo de la Compañía de Jesús (los jesuitas) y que en 1621 el papa Gregorio XV le otorgó la facultad de conferir grados, lo que fue ratificado por Felipe IV a través de la Real Cédula del 2 de febrero de 1622. La de Córdoba es la más antigua universidad fundada en lo que es hoy territorio argentino. Allí se formarían generaciones enteras de estudiantes argentinos y de distintos países americanos.
 
De modo contemporáneo, en 1624 se fundaba en la ciudad de Charcas, Alto Perú, hoy Bolivia, la prestigiosa Real Universidad de San Francisco Javier que contaría con una completa biblioteca, museos y centros culturales anexos.

 
Por sus claustros pasarían muchos de los patriotas que tendrían actuación relevante una vez abierto el proceso emancipador.
 
Educación para las colonias
 
El dato revelador radica en que lejos de quedarse en simples decretos del monarca residente del otro lado del océano, las universidades fundadas en los primeros años de la conquista, fueron consolidando su vida institucional y su prestigio sobre la base de claros principios rectores. Quizás ello obedeciese a que la España que llegó a América a comienzos del siglo XVI fuera una nación que había consolidado un modelo universitario propio sobre la base de la afamada Universidad de Salamanca, ámbito en el cual descollarían Fray Francisco de Vitoria y sus discípulos académicos, como Francisco Suárez, Domingo Soto, Melchor Cano y Diego Covarrubias, entre otros.
 
El modelo universitario salamanquino no sólo se trasladó a América, sino que, en cierto sentido, daría sus mejores frutos en su dilatada geografía en temas teológicos, políticos y jurídicos trascendentes como ser, la delimitación del derecho natural y la teoría sobre el origen y la legitimidad del poder. Era la época en que gobernaba España la casa real de los Habsburgo, enemiga de la idea de monarquía absolutista que cundiría recién dos siglos después, con la llegada al trono de la familia de los Borbón, de origen francés.
 
En rigor de verdad, durante el gobierno de los Habsburgo (aproximadamente de 1500 al 1700) España no consideraría como meras colonias a sus posesiones americanas. Todas serían dominios de un mismo imperio con sujeción a la persona del monarca.
 
Es por ello que resulta hasta cierto punto lógico comparar, en este aspecto que se analiza vinculado a la educación universitaria, lo sucedido entre la colonización española y, por caso, lo hecho por ingleses y holandeses al respecto. Mientras los primeros fundaron por voluntad real y eclesiástica universidades para que en ellas se instruyera a los hijos del nuevo mundo, los segundos jamás concedieron semejante privilegio a territorios a los que nunca consideraron en un plano de igualdad jurídica y social. Los holandeses sólo dedicaron a sus posesiones ultramarinas emporios comerciales. En las colonias inglesas que se convertirían en los Estados Unidos, hubo universidades como Harvard o Princeton pero como emprendimientos privados, no públicos, y más de un siglo después que las mexicanas y peruanas.
 
En otras palabras, una metrópoli colonial no funda, por lógica, universidades para que en ellas se eduquen los colonos. De una colonia sólo se espera que opere como factoría productora de materias primas baratas. No fue el caso de la España de los dos primeros siglos de la conquista.
 
 
 

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