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La usura, los buitres y la basura

© Minerva Studio/SHUTTERSTOCK

César Nebot - publicado el 24/09/14

Prestar dinero para proyectos económicos no es malo, si los límites están claros

Si usted tiene una idea de negocio pero lo falta dinero para adquirir la infraestructura necesaria para ese proyecto, necesitará financiación. La financiación, en virtud del origen etimológico de la palabra, se constituye como el instrumento para que se lleve a fin su idea de negocio.  

Bajo esa necesidad, si ese flujo de dinero, que refleja un poder adquisitivo en términos de bienes que se ha ahorrado, facilita superar la restricción de liquidez y le permite llevar a cabo su proyecto, parece lógico que, como recurso participe del reparto de los ingresos generados. Esto es lo que denominamos inversión productiva. El dinero como tal vehiculiza los recursos hacia proyectos que en complementariedad con otros factores alcanzarán su fin y generarán valor añadido. La resolución del contrato de financiación no sólo conllevará la devolución del montante prestado sino también parte de los beneficios del proyecto que ha facilitado en concepto de intereses.

Imaginemos que en el mundo sólo hubiera necesidad de financiación para ideas de proyectos productivos que generan valor añadido y, por otro lado, tenemos personas que no agotan los recursos que han producido y pueden ahorrarlos en proyectos. Esta estructura de oferta y demanda de crédito bajo un régimen de mercado competitivo daría lugar a un equilibrio en el que sólo los mejores proyectos productivos serían los financiados y el tipo de interés reflejaría cuánto se está dispuesto a pagar en términos de recursos de hoy por alcanzar el valor añadido del proyecto futuro.

Si los participantes en este mercado evalúan los flujos monetarios en términos de consumo que pueden disfrutar en cada momento, el tipo de interés reflejará la relación entre disfrutar el consumo de hoy frente al consumo de mañana, por lo tanto, nos dará una medida global de la impaciencia global frente al consumo. Si la gente es muy impaciente, no estará dispuesta a esperar y, por lo tanto, exigirá una participación mayor en el valor añadido de los proyectos que mejore su consumo de mañana.  A mayor impaciencia mayor será el tipo de interés de equilibrio.

Llegados a este punto, no es muy comprensible la aversión histórica a la usura bajo la definición que recoge la Real Academia Española: el Interés que se lleva por el dinero o el género en el contrato de mutuo o préstamo. En el marco de competencia perfecta y bajo esta definición no existe intrínsecamente un abuso que justifique los temores seculares a esta práctica. La imagen del prestamista como buitre que pacientemente espera la muerte de un venado para sacar provecho estaría injustificada.

Un punto de partida para esta aversión arranca en las sagradas escrituras. En Levítico 25,36 se establece que “del hermano no se tomará ni interés ni usura”. En un sentido universalista e incluyente del prójimo el Cristianismo extendió la restricción a la práctica de la usura a todo el mundo. No obstante, siguiendo Deuteronomio 23, 20-21; "No exijas interés alguno de tus hermanos, ni por dinero, ni por víveres, ni por ninguna otra cosa que se suele prestar a interés. Puedes exigírselo al extranjero, pero no a tu hermano"  en el Judaísmo, bajo la concepción excluyente del Arca de Noé, la restricción se relativizó y se ciñó estrictamente a los connacionales siendo lícito el cobro de intereses al extranjero.

En cambio, las civilizaciones primitivas abogaban no por la prohibición del interés sino por su limitación como se recoge el Código de Hammurabi y en textos del Antiguo Egipto. Por ejemplo, en Roma, la Ley de las XII Tablas cuantificaba ese límite del interés a un máximo del 12% anual.

Por otra parte, si bien en Grecia se consideraba lícita la precepción de intereses sin limitación alguna, Aristóteles la atacó de forma contundente en su Política: "se aborrecerá la usura, porque en ella la ganancia se obtiene del mismo dinero y no de aquello para lo que éste se inventó, pues el dinero se hizo para el cambio, y en la usura el interés por sí solo produce más dinero. Por eso se llama en griego tokos, pues lo engendrado (tiktómena) es de la misma naturaleza que sus generadores, y el interés viene a ser dinero de dinero; de suerte que de todas las clases de tráfico este es el más antinatural".

Para Aristóteles de natural un bien podía generar otros bienes pero era antinatural que un medio generase más medios. Bajo la crítica de Aristóteles subyace pues la desvinculación del carácter instrumental del dinero como facilitador del intercambio al del papel de representación y medición de los recursos. Dicho de otra manera, no contemplaba que quien prestase dinero en el fondo prestaba el acceso a bienes que dejaba de consumir par cederlos al prestatario.

Esta idea de lo injusto de exigir interés por una cuantía prestada por la esterilidad del dinero, se consolidaría haciéndola suya los teólogos de la Iglesia Católica. Santo Tomás de Aquino consideraba el dinero como estricto medio de pago de aquello que sí pueden satisfacer necesidades, por lo que se constituía como injusto cobrar un tipo de interés sobre el dinero que en sí mismo no puede satisfacer necesidades.

Esta dualidad entre la prohibición del cobro de intereses y su limitación se perpetúa en la historia. En la Edad Media, así como el Fuero Juzgo con un 12,5% y el Fuero Real hispánico con un 33% optaban por la vía del Derecho Romano de establecer tasas limitativas del tipo de interés, el Derecho de la Iglesia prohibía la usura por ser un ataque a la caridad cristiana. Consideraba una ofensa teológica merecedora de la negación de sepultura cristiana aprovecharse de las circunstancias que conducían al prestatario a demandar crédito.

En la Edad Moderna, las aspiraciones expansionistas de los reinos europeos, sus conquistas y sus contiendas a mayor escala requerían grandes cantidades de financiación. La limitación de oferta de crédito por la prohibición cristiana, propiciaba que los prestamistas exentos de tal prohibición pudieran cobrar intereses mayores. Esto llevó a relajar la estricta prohibición para pasar a la limitación en el tipo de interés.

A partir de la Ilustración, las nuevas doctrinas económicas liberales y utilitaristas que recorrieron Europa transformaron el paradigma defendiendo la licitud del cobro de intereses y el sometimiento del tipo de interés al libre juego de mercado de  oferta y demanda, tal como dejó patente Bentham en  su obra de 1787, Defensa de la usura.

Llegados a este punto, parece que ha costado más de dos milenios sacudirnos de encima los viejos pensamientos, las antiguas doctrinas y la imagen del buitre carroñero para entender, de una vez por todas, lo que los griegos ya intuyeron: que el mercado es uno de los instrumentos más útiles para canalizar los recursos y favorecer la prosperidad económica. Y el hombre próspero es dueño de su tiempo y ese es el primer paso para conquistar su libertad.
Pero…

Tags:
economía
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