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​¿Ser o estar? ¡Pon el alma! ¡echa raíces!

CC images. Reyner Media

Carlos Padilla Esteban - publicado el 19/09/14

En la vida es más importante lo que somos que donde estamos, pero el hecho de «estar» nos ayuda a ser

No es fácil distinguir el significado de los verbos «ser» y «estar». El «estar» habla de estados y lugares, de momentos a veces pasajeros. Pero también tiene que ver con algo permanente, con echar raíces, con simplemente «estar» sin necesidad de tener que hacer algo. El «ser» habla de la esencia, de lo que somos de verdad.

El «estar» puede ser algo temporal. El «ser» parece más definitivo. Estamos de paso en esta vida. Pero somos eternos. Estamos en lugares que pueden pasar, o quedar. A veces esos lugares determinan lo que somos.

«Estar» no sólo es pasajero, puede implicar también estabilidad. Estar en un lugar puede hablarnos de pertenencia. Pertenecemos al lugar en el que estamos.

Pero a veces es precisamente lo que nos falta a nosotros que pasamos de un lugar a otro, sin hogar. Vamos corriendo buscando saciar el alma con demasiadas cosas. Deseamos estar a la última, con el último móvil, a la moda, moviéndonos. «No es posible hacer siempre lo mismo», pensamos, y nos negamos a la estabilidad. Nos parece algo caduco y sin futuro.

«El dueño del pasado no puede ser al mismo tiempo el dueño del futuro», afirmamos. No podemos vivir de recuerdos. Y buscamos cosas nuevas, lo más novedoso, lo que acaba de cambiar.

El verbo «ser» nos parece insulso, sin vida, demasiado estático. Falta novedad y movilidad, flexibilidad y pasión. Es un verbo desprovisto de alegría. Es propio de la muerte. El que muere está en su lugar de descanso para siempre. Allí reposa. En él ya no hay vida. Entonces vemos que es mejor «estar» de paso que «estar» para siempre en un sitio.

La rutina nos agobia. El «ser» nos habla de algo permanente, mientras que el «estar» denota fugacidad. Hoy estamos en un sitio y mañana en otro. Parece todo pasajero y temporal.

Por otra parte, confundimos muchas veces los dos verbos. Décimos que alguien es injusto cuando lo que sucede es que no estuvo acertado en su actuar. Decimos que alguien no es sabio, sólo porque cometió un error. A un niño le decimos que es vago, o tonto, o malo, o mediocre. Cuando a lo mejor simplemente ha sido vago o torpe o malo en un momento determinado. Fue una simple caída, pero no algo definitivo.

De un hecho, de un acto, no podemos deducir el «ser» definitivo de una persona. Porque además, las apariencias a veces engañan.

Por el hecho de «estar» en un determinado lugar no quiere decir que estemos de corazón allí plantados. A veces nos ven en un sitio e interpretan quiénes somos a partir de ese lugar, nos juzgan. A lo mejor aciertan. Tal vez no. Estamos en un sitio y parece que es nuestro sitio definitivo, pero a lo mejor sólo estamos de paso o simplemente no estamos donde quisiéramos estar.

Podemos «estar» rodeados de gente y no por eso dejar de «estar» solos. En la vida es más importante lo que somos que donde estamos. Pero el hecho de «estar» nos ayuda a ser.

No basta con «estar» en un sitio, en una posición, en un lugar determinado, para pertenecer a esa realidad y ser de una determinada manera. Podemos estar en un lugar sin comprometernos, sin querer dar la vida por lo que representa esa realidad. Tantas veces estamos con una persona pero no estamos realmente con ella. Estamos allí físicamente pero el alma ha volado, está en otra parte, no hay compromiso.

Lo que de verdad importa es aprender a «estar» donde de verdad estamos y a «ser» a partir del lugar en el que estamos. Pero eso es una tarea para toda la vida.

Queremos ser capaces de echar raíces.Cuando estamos y no nos comprometemos es como si simplemente estuviéramos de paso por la vida. No somos entonces dignos de confianza. Porque hoy estamos allí, pero, ¿quién sabe?, mañana podemos no estar.


El que no está con el corazón en el lugar en el que le toca vivir tal vez sea porque teme el compromiso, o echar raíces profundas que le quiten libertad.

Jesús pasó por la vida haciendo el bien. Pasó sembrando semillas de esperanza. Estuvo en muchos lugares, holló muchos caminos, surcó mares. Amó hasta el extremo y fue amado. Creó vínculos, aun sabiendo que un día causaría dolor la separación. Compartió la vida con muchos hombres, pescó con ellos, les habló de la vida, soñó a su lado, imaginó el futuro, compartió deseos. Allí donde estaba su cuerpo, estaba su alma y echaba raíces. Se enterraba hasta lo más hondo sin miedo a perder la movilidad.

Reconozco que no entiendo la vida de otra forma. Si hoy me toca estar aquí, me comprometo y no hay más. Miro a Jesús y siento que es lo que me pide. Si mañana no estoy aquí no lo sé. No controlamos el futuro. El peregrino hace de la tierra que pisa su hogar.

Jesús se comprometía con ese hombre del camino, con el peregrino, con el que vivía en su tierra. Era pastor y padre, hermano y pobre. Era viento y hogar, fuego y esperanza, roca y mar. Era y, al mismo tiempo, estaba.

A veces lo tildaron de pecador al verlo comer con publicanos. Pero no era pecador, y sí que estaba con pecadores. Juzgaban que no era Dios y se confundían, sospechaban de las apariencias. Los que comían con Él lo veían como parte de su camino. Los que lo miraban de lejos, juzgaban sus actos.

Fácilmente nosotros hacemos lo mismo y deducimos el «ser» a partir del «estar». Pero no es tan evidente. Las consecuencias no se pueden sacar con tanta facilidad. El hábito no hace al monje. El lugar no nos hace de una determinada manera.

Lo que somos es capaz de cambiar un lugar. Aunque también es verdad que, cuando lo que somos no está claro, el lugar puede cambiarnos por dentro. Si el lugar, la atmósfera, es capaz de elevarnos a lo alto, daremos gracias al cielo. Si el ambiente es negativo, nos tirará hacia abajo y dejaremos de aspirar a lo más alto.

Por eso son tan importantes los lugares en los que estamos, los ambientes que compartimos. Nos hacemos personas en un lugar determinado, en un hogar, en un espacio, en una realidad, en un mundo muy concreto. Somos allí donde estamos y hacemos de ese espacio nuestra vida. Nos hacemos en aquel lugar que escogemos o allí donde nos ha llevado la vida. El «estar» es muy importante, porque nos forma. Pero siempre somos más que ese lugar que habitamos.

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