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La Iglesia es “católica”, es decir, anuncia a todos la verdad

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La Iglesia católica de hoy es la misma Iglesia de Cristo y de los apóstoles unida por una “larga cadena” histórica

En la audiencia general el Papa Francisco prosiguió su catequesis sobre la Iglesia, meditando sobre la afirmación del Credo: “Creo en la Iglesia una santa, católica y apostólica”. La catequesis fue ocasión para un fuerte llamado por una parte al hecho que la Iglesia católica de hoy es la misma Iglesia de Cristo y de los apóstoles, la cual está unida por una “larga cadena” histórica, por otra parte, a la necesidad de vivir la Iglesia de modo realmente “apostólico”, llevando el Evangelio a todos aquellos que no lo conocen o lo han olvidado.

Comenzando por la palabra “católica”, que en griego significa “universal”, el Papa invitó a reflexionar sobre la definición “completa y clara” de la característica de la catolicidad ofrecida por San Cirilo de Jerusalén (313-387), un Padre de la Iglesia del siglo IV. Escribía San Cirilo: “La Iglesia sin duda es llamada católica, es decir, universal, por el hecho que es difundida en todos lados de un extremo al otro de la tierra; y porque universalmente y sin abstención enseña todas las verdades que deben llegar a conocimiento de los hombres, sea respecto a las cosas celestiales, como a las terrestres”.

Esta definición tiene dos componentes. El primero es que la Iglesia “enseña todas las verdades” que nos sirven. La segunda es que “ésta habla todas las lenguas”. La misión de la Iglesia no se detiene hasta que no ha llegado a todos los hombres, todos los pueblos, todos los idiomas. La cuestión de las “lenguas” no es puramente simbólica. La capacidad de la Iglesia de “hablar todas las lenguas” “no es otra que el efecto de Pentecostés (cfr Hch 2,1-13): es el Espíritu Santo, de hecho, que ha hecho capaces a los Apóstoles y a la Iglesia entera de poder resonar en todos, hasta los confines de la tierra, la Buena Noticia de la Salvación y del amor de Dios. La Iglesia, de este modo, ha nacido católica, proyectada a la evangelización y al encuentro con todos”. El hecho que hoy el Evangelio sea traducido y esté disponible en cientos de lenguas diversas, agregó el Papa, no es el único aspecto de la catolicidad de la Iglesia sino que es, además un signo importante.

Para la Iglesia, el ser católica y el ser apostólica son características estrechamente unidas. Estamos seguros que la Iglesia, como decía San Cirilo de Jerusalén, nos enseña todavía hoy las verdades – y todas las verdades que nos sirven para la salvación – porque existe una “continuidad” no sólo ideal y simbólica sino también histórica entre la Iglesia de hoy y aquella de los Apóstoles. “Formar parte de la Iglesia apostólica quiere decir ser concientes que nuestra fe está anclada al anuncio y al testimonio de los mismos Apóstoles de Jesús – está anclada allá, es la larga cadena que viene de allá”. Mientra estemos “en comunión con los sucesores de los Apóstoles” podremos estar seguros de estar en esta continuidad y que la nuestra es la Iglesia “apostólica”. “Este término nos recuerda que la Iglesia, sobre el fundamento de los Apóstoles está en continuidad con ellos – los apóstoles fueron y fundaron nuevas iglesias, hicieron nuevos obispos y así en todo el mundo, en continuidad. Hoy, todos nosotros estamos en continuidad con aquel grupo de apóstoles que ha recibido el Espíritu Santo”.

Como “católica” tiene dos significados – Iglesia que custodia y anuncia todas las verdades, e Iglesia que las anuncia a todos, en todas las lenguas – del mismo modo “apostólica” incluye dos nociones. La primera es la continuidad con los apóstoles, que garantiza la verdad. Y la segunda es la continuidad del celo – “apostólico” – que empujó a los Apóstoles a salir del Cenáculo y anunciar la verdad a todas las gentes. La Iglesia es “apostólica” porque deriva de los Apóstoles y porque vive para el apostolado, es decir, para la misión. Atribuyendo estas características a la Iglesia queremos “decir que nació ‘en salida’, que nació misionera”. El Papa improvisó y añadió: “Si los apóstoles hubieran permanecido en el Cenáculo, sin salir a predicar el Evangelio, la Iglesia sería solamente la Iglesia de aquel pueblo, de aquella ciudad, de aquél Cenáculo. Pero todos salieron al mundo, desde el momento del nacimiento de la Iglesia, desde el momento en que vino el Espíritu Santo. Y por eso, la Iglesia nació “en salida”, es decir, misionera. Eso es lo que expresamos al calificarla de apostólica, porque el apóstol es quien lleva la buena noticia de la Resurrección de Jesús”.

Si los apóstoles no hubieran salido del Cenáculo habrían sido víctimas de la “tentación de encerrarse en sí mismos, elegidos entre pocos, y considerarse los únicos destinatarios de la bendición de Dios… si un grupo de cristianos hace esto – “Nosotros somos los elegidos, sólo nosotros” – al final mueren. Muere primero el alma y luego morirá el cuerpo, porque no tienen vida, no son capaces de generar vida, otra gente, otros pueblos: no son apóstoles”. En cambio, el Espíritu Santo mandó inmediatamente Pentecostés. “La Iglesia en “salida” es enviada a llevar a todos los hombres este anuncio del Evangelio, acompañándolo con los signos de la ternura y del poder de Dios. También esto deriva del evento de Pentecostés: es el Espíritu Santo, de hecho, quien sobrepasa cualquier resistencia”.

Naturalmente, hoy ser Iglesia “apostólica” significa no contentarse con permanecer en nuestra comunidad: significa ir a buscar a aquellos que están distantes “en todos sentidos”, no sólo porque viven en tierras que no han recibido el Evangelio. Y aquí el Papa ha rendido homenaje a los miles de misioneros que “han dejado todo para anunciar a Jesucristo” en aquellos países lejanos – pero también porque, aún habiéndolo recibido, lo han olvidado.

Atención, concluyó el Papa: la Iglesia es apostólica y conjuntamente católica. Anuncia el Evangelio en todas las lenguas, pero el anuncio es el mismo. Sería catastrófico si, en nombre de una malentendida apostolicidad, cada uno anunciara una verdad “suya”, parcial, en lugar de una verdad católica. En la obra apostólica es esencial mantener siempre “el sentido de la plenitud, de la entereza, de la armonía de la vida cristiana, rechazando siempre las posiciones parciales, unilaterales, que nos encierran en nosotros mismos”. Debemos orar para que “cada comunidad cristiana y cada bautizado” sea y se sienta “expresión de la santa madre Iglesia católica y apostólica”, que es una en todos los siglos y en todo el mundo. 

Artículo publicado en italiano en La Nuova Bussola 

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