Aleteia

¿Qué dice la Iglesia si una joven embarazada decide no casarse?

Sean Molin Photography CC
Comparte

Es decir, elige no abortar y no casarse con el hombre con el que ha concebido el niño

¿Qué prevé la Iglesia en el caso de una joven que se queda embarazada, elige no abortar, pero tampoco quiere casarse con el hombre con el que concibió a su hijo?
  

Responde el padre Maurizio Faggioni, docente de Teología moral
 
La pregunta del lector, que en una primera instancia suena provocadora, nos da la oportunidad de hacer algunas reflexiones sobre los cambios en las costumbres y en la sensibilidad moral de nuestro tiempo.
 
Hasta hace algunas décadas la condición de una mujer que tuviese a un hijo fuera del matrimonio se consideraba impropia. El apelativo de “madre soltera”, con la que se refería a casos como éste, tenía una connotación negativa. En épocas en las que la vida sexual antes y fuera del matrimonio se sancionaba no solo por parte de la moral católica, sino por usos y costumbres, el nacimiento de un niño fuera del matrimonio era una carga infamante. Era una condena más o menos a la marginación de una mujer, a menudo joven o incluso menor de edad, que quedaba embarazada fuera del matrimonio y que, por cualquier motivo, no se casaba con el padre del niño mediante un matrimonio “reparador”. Este prejuicio se reflejaba también en el hijo nacido fuera del matrimonio y, por tanto, en condiciones de ilegitimidad, marcado por la condición de “hijo de padre desconocido”, es decir no reconocido por el padre natural. El haber tenido “nacimiento no honesto” era incluso un impedimento para entrar en la vida religiosa, de la que era necesario ser dispensado.
 
Hoy la promiscuidad sexual se tolera, incluso se promueve desde la opinión pública, y el nacimiento de un hijo de una madre sin marido o compañero ya no es motivo de reprobación. Se nos pregunta, por tanto, por qué en el caso de una joven que no se ha protegido, con anticonceptivos, de embarazos no deseados, no se considera – por desgracia – razonable para ella recurrir al aborto, para evitar el resultado imprevisto de su actividad sexual. En estos casos, la "interrupción del embarazo" se suele considerar – las primeras, las madres – no solo aceptable, sino altamente recomendable en una menor o en una chica joven, que vería su vida “arruinada” por la llegada de un hijo antes de tiempo.
 
Frente a este escenario desconcertante, la sensibilidad eclesial de hoy en día considera de forma distinta la situación de las madres fuera del matrimonio. Una mujer que, en medio de miles de incoherencias y fragilidades, decide igualmente seguir con su embarazo sin el apoyo de un marido, merece respeto por lo que ella tendría que afrontar. En vez de ceder a la “solución fácil”: el aborto, decide decir Sí a la vida.
 
A veces el embarazo acelera la elección matrimonial por parte de una pareja estable que aún no se ha casado, pero a veces el padre del niño no está dispuesto a asumir sus responsabilidades o bien es la mujer la que razonablemente no considera oportuno forzar una elección matrimonial sólo para regular una situación. Es verdad que un niño necesita a ambos progenitores para crecer armoniosamente, pero también es verdad que en un matrimonio forzado por las situaciones se puede crear una dinámica de pareja difícil, y que, al final, sea perjudicial incluso para el niño. (Hay que recordar que, incluso, casarse en estado de embarazo podría constituir una "presión" que limitara la libertad de los contrayentes y, por tanto, ser causa de nulidad, n.d.e.)
 
Una mujer que rechaza salidas fáciles, pero que acoge con valentía, a menudo sin ayuda, una vida que ha florecido en ella, demuestra poseer en sí misma un sentido de responsabilidad hacia la vida. En estos años, la comunidad cristiana se ha comprometido en acompañar y apoyar de forma efectiva a mujeres que viven sus embarazos en situaciones complicadas, y entre estas encontramos la situación de la mujer que, fuera del matrimonio, decide acoger con amor al niño que lleva en su seno.
 
 

Newsletter
Recibe gratis Aleteia.