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Benedicto XV, enemigo de la guerra y de la Belle Époque

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La Iglesia recuerda al pontífice que supo leer las primeras semillas de los grandes males del siglo XX

Fue un conclave breve el que eligió al genovés Paolo Giovanni Battista como 257° sucesor de Pedro. La primera guerra mundial ya infectaba las tierras de Europa, una crisis política y moral se difundía entre estados, gobierno y sociedad, y no podían permitirse vacilaciones.

Por esto, tras el de Pío X, pontificado fuertemente centrado sobre la fe y el espíritu, era necesaria a la Iglesia de Roma una guía que supiera asumir, interpretar y hacer oír su voz sobre los grandes temas del presente. Una voz, la de Benedicto XV, que recordaba a gobiernos y hombres la necesidad de volver a encontrar el amor por la dignidad y la libertad, sobre todo la religiosa.

Para reconstruir algunos aspectos de este pontificado, que contiene muchos puntos de actualidad, Aleteia entrevistó al padre Antonio Scottà, historiador y escritor, autor de Papa Benedetto XV. La Chiesa, la Grande Guerra, la pace (1914-1922).

– ¿Cómo se llega a la elección a pontífice de Benedicto XV?

Paolo Giovanni Battista había ocupado durante diez años una función importante en la Secretaría de Estado de Pío X. Tras este periodo, el papa Sarto lo había destinado como arzobispo a Bolonia. Fue elegido cardenal solo pocos meses antes del Conclave que le elegiría. Debemos recordar que el pontificado de Pío X había sido de gran nivel espiritual. Sin embargo, al final del mismo, dada también la avanzada edad del Papa, se advertía un cierto sentido de abandono. Esto lleva a la elección de Benedicto XV.

– ¿Cuáles fueron las novedades que trajo?

Antes de la guerra se dedicó mucho al aspecto catequético. En particular, buscó promover una interpretación más fiel del Catecismo en el que había trabajado mucho Pío X. Incluso como arzobispo incidió fuertemente en ese punto. En cada intervención mostraba signos de gran tensión moral y política. En su primera encíclica Ad Beatissimi Apostolorum se acusaba la cultura moderna y las escuelas contemporáneas, que hacían pasar en los ánimos el error que el hombre no debe esperar en un estado de felicidad eterna, que aquí abajo quien sea puede ser feliz con las riquezas y los honores de esta vida.

El Papa criticaba la sociedad lacerada en sus instituciones, caracterizadas por la falta de mutuo amor y un estado de injusticia en las relaciones entre los extractos sociales. Y, por lo tanto, se preocupaba mucho de la lucha de clase elegida a criterio decisivo por la confrontación política, como él mismo decía en aquella encíclica.

– ¿En el fondo esta era una crítica a la Belle époque y al modernismo?

Sí, él analizaba la sociedad en base a estos criterios. Inmediatamente después emitió una encíclica para el nacimiento del tercer orden franciscano. Sacra Propediem, en que escribió: “En verdad, hoy son dos pasiones predominantes para esta increíble perversidad de las costumbres: el amor confinado por las riquezas y una insaciable sed de placer”.

Él percibía que la realidad de ese momento era fruto de la educación de ese siglo y sobre todo del precedente – el 800 es un siglo laico y laicista que había “arremetido” contra la Iglesia – y reconocía que todo aquello había llevado a una degradación de la misma sociedad, perdida en la lucha política entre los varios partidos y en la búsqueda sólo de los intereses puramente materiales. Benedicto XV recordaba esto también en su encíclica más potente, la Ad Beatissimi Apostolorum, donde amonestaba el hecho que los sistemas económico y sociales y políticos del mundo podían ser creíbles sólo si hubiera sido salvaguardada la dignidad y la libertad de la persona, incluso religiosa.

– ¿Cómo consideraba la guerra?

Para él, la guerra era consecuencia de este hecho, nacía primero dentro de los espíritus, invisible e inmaterial. A su violencia se oponía la fuerza y la identidad de la Iglesia, que siguiendo a Dante definía “madre pía y esposa del crucificado”. La masacre de millones de hombres, los sufrimientos de los civiles heridos, los prisioneros y los prófugos y los dispersos, marginados, eran para él todas las heridas inflingidas a los hijos de la Iglesia. Benedicto quería que la Iglesia se reuniera de forma visible, activa, en el testimonio de una caridad operosa que se moviera de forma estratégica y orgánicamente estructurada.

– ¿Qué hizo concretamente su Iglesia durante la guerra?

A sólo dos meses de su elección – el 28 de octubre de 1914 – la Santa Sede anunciaba que después de las negociaciones con los gobiernos de Austria, Hungría, Francia, Alemania, Bélgica, Rusia, Serbia y Turquía, habría sido asegurado a todos los prisioneros, sin distinción de religión, nacionalidad y grado, en el día del Señor, ese reposo y alivio para la vida física y espiritual.

De la imponente documentación conservada en el Archivo Secreto Vaticano es posible muy brevemente enlistar los testimonios de estas negociaciones realizadas por la Santa Sede: la liberación de los prisioneros civiles, la repatriación de los prisioneros heridos y enfermos, la repatriación de los padres de familia, la asistencia y el avituallamiento a los prófugos civiles de las zonas de guerra, las ayudas alimentarias y médicas a las poblaciones bombardeadas, la provisión para la preparación de los sanatorios en Suiza para la tuberculosis, la búsqueda de los soldados dispersos y la recuperación de los soldados caídos.

Existen miles de flecos que contienen prácticas iniciadas por Benedicto XV sobre estos temas. Por lo que Benedicto se puede decir haya transformado el odio de la guerra en triunfo de la misericordia y la caridad.

– ¿Benedicto XV trabajó también en los acuerdos de paz?

El honorable Orlando, Presidente del Consejo de entonces permaneció disgustado por el hecho que durante la conferencia de paz de Versalles el Presidente estadounidense Wilson se hubiera opuesto, apelando directamente al pueblo italiano, a la anexión de Istria y Dalmacia a Italia.

La Iglesia había empujado mucho con un proyecto en que Benedicto XV había trabajado mucho con su Secretario de Estado, el cardenal Gasparri. Orlando por protesta abandonó la conferencia y buscó su caída cerrando un proyecto en el que Benedicto XV había trabajado toda la vida. Este documento era actual, uno de los más importantes que ha escrito y una de las más altas exposiciones de la historia contemporánea, que si hubiera sido aceptado no habría llevado a la paz cartaginés salida del congreso de París, que luego creó los presupuestos para la Segunda Guerra Mundial.

– ¿Benedicto XV tenía una predilección por Dante, verdad?

El Papa Benedicto se complacía con que la enseñanza de Dante fuera completada en el curriculum escolástico de las escuelas públicas italianas, en las cuales no estaba previsto en nombre de la laicidad de ese tiempo. La enseñanza de la religión y del catecismo, el estudio de Dante, bien hecho, sufragaba tal carencia, aliviaba, sin embargo, reservas sobre el hecho que muchas veces los criterios didácticos tendieran a desvalorizar aquella fuerza interior del pensamiento de Dante y que la experiencia de fe habría sido mejor garantizada frente a enfoques críticos que se concentraban en la estética. Benedicto recordaba que precisamente la contemplación de la verdad religiosa cristiana había sido factor estimulante para el sumo poeta. Dante debe a la fe católica mucha parte de su grandeza.

 

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