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Si mis hormonas hablaran….

© R.f.m. II

Revista Ser Persona - publicado el 08/09/14

La difícil etapa de la preadolescencia, ¿cómo ayudarles?

Cumplo trece años:

¡Feliz cumpleaños! ¡Mordida, mordida! Soplo  las velas  y al instante algún gracioso empuja mi cara contra el pastel. Entre risas, aplausos y con la cara embadurnada procuro hacerme el  divertido aunque con cierta inquietud,  pues me han salido barros y espinillas en la cara y el pastel  ya no se antojara tanto, sobre todo a las fijadas de las niñas.

Con discreción me veo en el espejo para limpiarme las trazas del mal chiste,  al hacerlo me noto unos ligeros bigotillos en los extremos de la boca, ¡el colmo…! parezco chino mandarín.

¿Qué me pasa?, hasta hace poco simplemente ejercía de feliz niño, ahora dicen que  estoy lleno de rarezas.

Procuro hablar lo menos posible, pues me está cambiando la voz y al hablar me salen gallos  que hacen que me ponga rojo. Aunque a decir verdad, así me pongo por cualquier cosa y una de esas “cosas” se llama Mariana, la que platica mucho con el dizque guapo del salón, el mismo que por falta de cualidades rechazamos en el “club solteros para siempre”,  del que soy socio fundador. 

Mi madre afirma que solo estoy un poco desgarbado, como lo propio de mi edad; y  lo hace con una gran sonrisa viéndome amorosamente con ojos de mamá cuervo.

–¡Bah! El hombre debe de tener las tresefes: ser feo, fuerte y formal —me dice, –aunque, a decir verdad, en lo de feo vas a adelante, ya se te pasará.

¡Claro, ella no tiene los brazos largos  como orangután, sus piernas no parecen zancos, ni le ha crecido la nariz a lo pinocho! A todo eso súmenle los barros, espinillas y los gallos en la voz, ¡estoy en la ruina!

Apesto a la primera, a escondidas me pongo desodorante de mi hermano mayor, uso su rasuradora y por más poses que ensayo viéndome en el espejo sin camisa, tengo un cuerpo de tarzan, pero en hambruna.

¿Las niñas? Las niñas… antes me caían mal por bobas y feas, ahora me caen mal por, por… ¡por bobas!

Les empiezo a notar un no sé qué, que… ¡qué sé yo!, ¡y precisamente ahora que más feo estoy! Por eso, con ellas prefiero soñar despierto, así sueño lo que quiero, pues cuando sueño dormido me va como en feria.

¿Proyectos sobre la vida? Para no hacerles el cuento largo les diré que simplemente estoy decidido a cambiar el mundo. Mi madre que tiene olfato para los héroes está de acuerdo, aunque dice que debo empezar por arreglar mi cuarto.

¿Mis calificaciones? Con altibajos, cosas de la vida o por lo menos de la mía. A mi papá no le pareció la broma cuando le dije que le tenía dos noticias: una buena y una mala. La buena era que le traía un diez, la mala era que había que sumar las calificaciones de dos o tres materias para dar con él.

Me sé lo suficiente sobre el asunto de las hormonas, y  cuando la maestra se afana en explicar sobre los cambios de fachada y del coco de los adolescentes, etapa a la que estoy entrando, quisiera decirle que le falta un dato: tenemos miedo de enfrentarnos a un mundo, en donde no se puede dormir con osos de peluche con el pretexto de usarlos como almohada.

Además, como es bien intencionada, ha  enviado a mis padres ésta nota técnica sobre la adolescencia, que para mí está en chino.

ADOLESCENCIA:

La adolescencia es ante todo, una época de maduración y crecimiento (adolescente es el “que está creciendo”, mientras que adulto es el que “ha crecido”).

En esta etapa nace la intimidad o el descubrimiento del propio yo, de la conciencia personal.

Empieza la búsqueda de lo propio, lo único e irrepetible de su persona, empieza fraguarse su personalidad.
Tienen nuevas necesidades: ser yo mismo, valerme por mí mismo, estar conmigo mismo, elegir, decidir, tener éxito. Al mismo tiempo, experimentan inseguridad  en una etapa en el que el componente subjetivo crea una desproporción entre lo que consideran sus propias realidades y las que ven emerger ante sus ojos, y buscan entonces afirmarse en la rebeldía contra todo, empezando por los padres.

Es en definitiva una etapa de crecimiento y adaptación  a nuevas necesidades, se debe ver en ella un signo de avance y desarrollo.

Son inmensas las posibilidades de ayudar a  mejorar a la persona en esta etapa, dirigiéndolos  hacia la adquisición de virtudes que los ayuden a  alcanzar la madurez. Lo que se debe lograr sin ceder la autoridad que proviene del amor  paterno.

Los padres, desde sus muy diversas posibilidades y circunstancias no deberán tener ninguna limitación,  ya que cuentan con la gracia de estado y  el sentimiento filial de sus hijos, condiciones que habrán de cuidar con esmero.

Se escribe mucho sobre los aspectos  difíciles de la adolescencia, que si  bien son ciertos, también suele ser cierto que por acentuarlos  demasiado, nos olvidamos de apreciar la belleza y perfección de esta etapa. La que los padres, sintiéndonos privilegiados, debemos disfrutar, Y… pasa tan rápido.

Los padres debemos orientar todos nuestros esfuerzos formativos a partir de cuatro condiciones previas, cuatro grandes premisas que es necesario retomar una y otra vez para estimular su crecimiento.

Estas son:

1. Tener expectativas positivas, confiar en nuestro adolescente y su potencial.

2. Construir una relación y un entorno basada en la confianza, y una confianza basada en el respeto y el cumplimiento de mutuos compromisos.

3. Involucrarnos con nuestro hijo provocando que él a su vez, se involucre en las responsabilidades con su entorno y su propio proyecto de vida.

4. Ver a nuestro hijo como una persona ingeniosa y completa que es capaz de ir siempre a más a su propio ritmo.

Tags:
adolescenciafamilia
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