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Mamá salió de viaje… ¡y yo que creía que el hogar era pan comido!

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Divertida anécdota de un ejecutivo como amo de casa durante dos semanas

Un buen día  poco después de la renuncia  de nuestra auxiliar doméstica, mi suegra invitó a mi esposa a un viaje por dos semanas, con no sé  qué aviesas intenciones.

–¡Para que descanse!  Me dijo endureciendo la voz y con un abierto reto en la mirada.

Dándome por aludido y con una irónica sonrisa le contesté:

–¡Excelente! Suspenderé mis importantes labores profesionales, tomaré unas vacaciones que coincidan con el viaje, y descansaré haciendo adobes; es decir, haciéndome cargo personalmente de que no se note la ausencia de mi consorte, en lo relativo, usted sabe, a eso de la atender niños, la comida, limpieza y todo lo demás; que serán por lo mientras asuntos de mi competencia, así que: –váyanse tranquilas y disfruten, terminé diciéndole.

Mi nunca lo suficientemente bien ponderada suegra, levantando la barbilla y una ceja se dio la vuelta con un ¡hum! de… ¡Ya lo veremos!

Con mi  amplia experiencia en planeación, tracé un perfecto plan de logística, ustedes saben, prever, planear, controlar, etc. etc. Que incluía como principal motivación, tiempos de solaz esparcimiento para mí y mi perro, viendo en la televisión mis programas favoritos, él con sus croquetas, y yo con cerveza y exquisitas botanas. Con todos los niños en las escuelas.

Se fueron, y el primer día lo empecé muy dinámico y con la idea de esperar a mi mujer con una serie de recomendaciones para mejorar y simplificar sus tareas; recomendaciones delicadas y sugerentes, pero finalmente evidencias de mi capacidad y genio. Con entusiasmo y en broma, al quedarme solo, se lo dije en un discurso a nuestro perro, quien al parecer estuvo en todo de acuerdo, ladrando y  moviendo  con mucho entusiasmo la cola.

Sospecho que mi esposa y mi suegra lo sabían. Mordí el anzuelo  y me lancé  a realizar tareas simultáneas muy diversas para que todo funcionara: limpiar la casa; lavar los trastos; ir de compras;  bañar al perro, recoger sus desechos y sacarlo a pasear; preparar la comida;  ir por los niños a la escuela; asistir a juntas escolares; recibir las malos noticias de calificaciones; calmar pleitos; revisar tareas; pagar facturas de agua,  luz, etc. Al mismo tiempo, recordar  que hay ropa en el tendedero cuando va a llover; qué medicina y a qué horas la toman los peques; quien no se ha bañado; llevar el control sobre reservas alimenticias,  ¡el papel sanitario!  Un cepillo dental no aparece;  los suministros escolares; preparar la ropa de todos para el día siguiente, ¡se tapó una coladera…!  puf, puf ¡la locura!

Fui a dar al médico, el diagnóstico: cansancio, neurosis, estrés.

–Tómese unas vacaciones, le urgen–, me dijo  muy serio el galeno,  recetándome antidepresivos, mientras yo trataba de poner cara de alto ejecutivo en crisis, sin decirle la  verdad.

Este fin de semana es el último, el lunes llega mi esposa. No pienso salir para nada. Nadie se va a bañar, cambiar o peinarse, yo, ni me voy rasurar. La casa parece un campo de refugiados y si a mis hijos no les importa, a mi menos; y me tiene sin cuidado lo que diga mi suegra, pediremos  pizzas y  las sobras, al perro.  Por cierto, tiene días que no mueve la cola.

 Por Alfonso Lira Ibarra. Artículo publicado por la Revista Ser Persona

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