Aleteia

¿Cómo ayudar a los niños enfermos? Cuéntales un cuento

© casacunacuenteros
Comparte

Bonita iniciativa desde Buenos Aires

Un año atrás, tres mujeres asumieron la valiosa tarea de ir semanalmente a contar cuentos a los niños internados en el Hospital Pedro Elizalde de Buenos Aires. Hoy el grupo está compuesto por 15 voluntarios que, a través de narraciones, generan emociones positivas en los pacientes y sus familias.
 
Algo que implica una de las rupturas más fuertes del que se nos impone como el orden lógico de la vida es un niño enfermo. Un nene que sufre, o que pelea por su vida, es una interpelación que a nadie puede dejar ajeno. Frente al dolor, un grupo de voluntarios lleva adelante un original proyecto en el hospital Pedro Elizalde, más conocido como la ex Casa Cuna: les regala palabras. Cuentos y poesías, monstruos y princesas, terror y risas, fantasía y emoción. Les abre una puertita para sacarlos por un rato de las agujas y los pinchazos. La enorme puerta de la imaginación.
 
Casa Cuna Cuenteros surgió hace un año a partir del encuentro casual en la Feria del Libro Infantil y Juvenil de Laura Ormando, psicóloga y escritora, con las narradoras Alejandra Alliende y Verónica Alvarez Rivera. Cuentan que les bastó una breve charla para darse cuenta de que compartían una idea: crear un grupo de narradores que usaran los libros y otros recursos en el ámbito hospitalario para promover y motivar la lectura y el uso del libro en los chicos y sus familias, de manera que pudieran ofrecerles un momento entretenido ante todas las emociones negativas que la espera, los tratamientos y la internación generan en ellos.
 
A la semana siguiente, ya estaban trabajando en la Sala Esperanza, el espacio de la Fundación Natalí Dafne Flexer (que asiste a chicos con cáncer) en el hospital, donde acuden pequeños pacientes con enfermedades hemato oncológicas. Hoy, siguen trabajando con pacientes oncológicos, pero también desarrollan sus actividades en el Hospital de Día, donde concurren chicos a realizarse otros procedimientos y tratamientos médicos, en las salas de espera de otras especialidades pediátricas y, en la medida de lo posible, con los pacientes internados.
 
El grupo, integrado por unos 15 voluntarios, hace una o dos visitas semanales. Se plantean consignas (pueden ser estaciones del año, monstruos, princesas, álbumes o poesías) y se arma la contada a partir de los libros de la biblioteca, además de utilizar recursos como títeres, sombreros e instrumentos. Y algo fundamental: cuando comienzan la función, ponen los libros a la vista de los chicos para que, más allá de que la narración se oralice, vean que esa historia que les están contando sale de un texto con soporte. “A esta altura, a un año de nuestra participación semanal, la reacción de los chicos es de gran alegría cuando nos ven llegar. Nos reciben con aplausos y nosotros entramos con toda la energía cantando y bailando. Las familias nuevas al principio miran, luego se animan y se suman a la interactividad. Así también logramos que se integren entre ellos, terminamos cantando y bailando para cerrar la contada”, dicen.
 
Laura, Alejandra y Verónica tienen montones de anécdotas. Cuentan que hay chicos que, cuando el doctor los viene a buscar a la sala para el tratamiento, le piden que se “apuren” porque quieren volver a escuchar los cuentos. Y que otros se van de la mano de la enfermera relatando la historia que acaban de escuchar: “¿Sabés que un elefante no quería jugar a la mancha?”. Pero no sólo los nenes se enganchan con las narraciones: incluso papás tímidos se animan a participar haciendo de ogros y princesas, se prenden en las coreografías y las actividades plásticas, y son ellos los que preguntan si van a regresar cuando tengan la próxima consulta. “El ‘hasta la próxima’, el ‘vuelvan pronto’, el ‘gracias por los cuentos’ nos pone pilas para seguir la movida”, aseguran.

 
Las narradoras aclaran que sus cuentos “no curan”. “Es cierto que la enfermedad tiene un impacto emocional y psíquico fuerte en la vida de cualquier persona, más en la vida de un niño y su familia. Es algo inesperado que interrumpe un ciclo que debiera desarrollarse puertas afuera de un hospital. Y es por eso que aflora toda una suerte de corrientes que apuntan a generar ‘emociones positivas’ sin mucho más contexto que alegría vs. enfermedad. Sin ánimo de crítica, porque cada marco es respetable, nuestro objetivo es acompañar y restaurar momentos de juego, fantasía e imaginación que se ven interrumpidos por la irrupción de la enfermedad y todo lo que eso conlleva. Esto no quiere decir que porque contemos un cuento el chico va a generar una habilidad capaz de soportar su enfermedad y tratamiento, pero sí el participar de una actividad placentera le permite resignificar la espera para el tratamiento”, explican.
 
“Los grupos con los que trabajamos, generalmente del conurbano bonaerense y provenientes de zonas muy precarias, no tienen una concepción del libro como un objeto de entretenimiento. Está más bien asociado a los libros de estudio de la escuela y les resulta aburrido. Por eso siempre mostramos el libro, para que sepan que pueden volver a ver y leer esa historia. Y sobre todo, que los padres y la madres puedan empezar a leerles a sus hijos en lugar de prestarles el celular para que jueguen mientras esperan su turno, o pasar horas enteras frente a una pantalla de TV, la computadora o una consola de juegos”, proponen.
 
Casa Cuna Cuenteros tiene abierto un registro de voluntarios, pero aclaran que la selección es rigurosa y también la preparación y supervisión, para manejar las situaciones movilizantes que pueden impactarles emocionalmente. Y sus responsables piden donaciones de libros para llenar los carros que son bibliotecas ambulantes, y que los cuenteros puedan, así, llevar sus historias a los pasillos de espera en todo el hospital
 
Más datos: casacunacuenteros@gmail.com. Artículo originalmente publicado por Ciudad Nueva
 

Newsletter
Recibe gratis Aleteia.