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Un verano diferente: “¡Me pasaba los días quitando mocos!”

© Ana P. Bosque
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La experiencia de varios universitarios españoles cuidando a bebés de madres solteras musulmanas en Tánger

En un país donde esta prohibido proclamar a Cristo, “el testimonio es la Caridad”, advierte el sacerdote Bernabé Sanz, que, junto a varios universitarios y un matrimonio, atendieron a infantes musulmanes de madres solteras en la casa de las Hermanas de la Madre Teresa de la ciudad marroquí. Expulsadas de casa por sus familias, allí acudían a dejar a sus pequeños desde las 9 a las 17 horas.

Esa era la franja horaria en la que los voluntarios, comandados por el párroco madrileño, vivían esa experiencia por la “que estaban cada día más contentos”, subraya Bernabé, a quién impactó también la mirada alegre de los niños pobres que pululan por Tánger; una “sencillez de corazón que hemos perdido en Europa para agradecer la mínima cosa que tienes”. El final del día era el momento del grupo para sacar consecuencias, porque, para evitar “quemarse”, es necesario, concluye Sanz, “recuperar diariamente las razones de por qué hacemos las cosas, tanto para el voluntariado como para el resto de actividades de la vida”.
 
-¿Cómo surgió la idea de ir a Tánger este verano para atender una obra de las Hermanas de la Madre Teresa de Calcuta?

Hace 15 años estuve dos veranos seguidos acompañando a varios amigos que se fueron allí de misioneros laicos y me impresionó mucho la presencia católica en medio del mundo musulmán. Allí la forma de estar presentes es a través de la Caridad; el testimonio es la Caridad, porque allí no puedes hablar de Jesucristo, está prohibido absolutamente. Con esta experiencia, semanas antes, una de las catequista de la parroquia, que tiene relación con las Misioneras de la Caridad, comentó que por qué no íbamos a Tánger. Aquello me pareció muy bien.

-¿Cuántas personas han estado?

Tres universitarios, un matrimonio y yo.

-Allí han estado cuidando a bebés.

Efectivamente. Las hermanas de la Madre Teresa se dedican a varias cosas y una de ellas es acoger a mujeres musulmanas solteras que se quedan embarazadas y las familias las echan de casa; no tienen ningún tipo de apoyo. Ellas las acogen hasta que dan a luz los dos primeros meses, luego recogen durante dos años a los niños desde nueve a cinco de la tarde, mientras que las madres salen a buscar trabajo y organizarse su vida.

-Será una cuestión difícil en un país donde las mujeres tienen escasos derechos y, además, han sido repudiadas por las familias.

Así es, pero ni las monjas ni nadie pueden asumir toda la realidad marginal que hay en Tánger, por lo que la forma de ayudarlas es la que he descrito y, luego, apoyarlas desde la casa para que ellas busquen –de hecho lo hacen- trabajo, puedan alquilar una vivienda donde estar con sus hijos.

-¿Saben la incidencia social que tiene en Tánger el embarazo de mujeres musulmanas solteras?

Es un problema importante, aunque desconozco el número, pero es real porque son repudiadas por sus familias y pierden todos los derechos, porque es algo gravísimo para ellos.

-¿Cuáles eran las funciones que hacían de apoyo en la casa?

Estábamos allí a las nueve de la mañana para recibir a los bebés. Había dos grupos: de cero a un año y de un año a dos, veintitantos en cada grupo. Allí están hasta las cinco de la tarde, hora en que sus madres los recogen para llevárselos a sus casas. Las Misioneras de la Caridad se encargan de la alimentación, la limpieza –todo los días los duchan- y la medicación, porque siempre tienen algunas enfermedades, sobre todo respiratorias. ¡Me pasaba los días quitando mocos!

Además, todos los miércoles vienen al mediodía los que se conocen como “los chicos de la calle”, que son adolescentes escapados de los pueblos, entre otras cosas porque los padres los maltratan, y se vienen a Tánger. Allí viven en la calle de la mendicidad y muchos de ellos están enganchados al pegamento. En la casa de las Hermanas, les duchan, les dan ropa limpia, juegan al fútbol y comen.

Me impresionó mucho la alegría que tienen los chicos: no concordaba su situación personal con la alegría que tenían. Yo pensaba que si estuviera en su situación estaría llorando por las esquinas. Nos ha impresionado mucho las miradas de alegría de todos que todos los niños de Tánger, que no las ves habitualmente en Occidente.

-¿Valoran todo lo que se haga con ellos?

Allí se me ha hecho evidente algo que hemos perdido en Europa, como es la sencillez de corazón, que es agradecer la mínima cosa que tienes. Por ejemplo, por cualquier sitio que vayas hay puestos de todo tipo y cualquiera vende cosas, también los niños. Había uno que tenía cuatro tortugas y una iguana pequeña. Nos hicimos una foto con ella y le dimos unas monedas al chico, que se le iluminó la cara. Todos los días que pasábamos por allí nos saludaba y nos miraba con una alegría sorprendente. ¡Eso es allí lo habitual! Te traspasa su alegría y se me ha hecho evidente que son los preferidos del Señor, porque Él cuida de una forma privilegiada, porque no es posible tener esa energía en la situación en la que viven sin esa Gracia con la que los cuida el Señor.

-¿Qué ocurre cuando los bebés pasan esos dos años de permanencia con las Hermanas?

Pasan a otra orden religiosa que se ocupa de acogerlos a partir de esa edad.

-¿Qué conclusiones han sacado de estos días de voluntariado?

Tenía interés de que las personas que íbamos hiciéramos experiencia de que la vida es para darla.

Nos ayudaba todos los días, al inicio de la mañana (antes rezábamos Laudes con las monjas a las siete y cuarto y luego la Misa), la lectura de unos párrafos de un libro sobre el sentido de la Caridad. Se trataba de verificar diariamente si nuestra naturaleza está hecha para darse en lo que hacíamos con los bebés. Después de la cena, nos juntábamos para exponer si esto había sucedido. Mi sorpresa era comprobar que los universitarios estaban cada día más contentos, no tanto por lo que hacían sino por lo que veían hacer al Señor en los acontecimientos de la jornada.

Con todo, la generosidad tiene fecha de caducidad, ¿no le parece?

Hay mucha gente que va a hacer voluntariado porque nuestro corazón está hecho para entregarse y hay muchos aspectos de la realidad que nos llaman a ello. El problema es no hacer un juicio de por qué hago esto, porque entonces esa realidad que nos atrae y mi corazón que desea entregarse se agota y nos cansamos. El trabajo, por tanto, es recuperar diariamente las razones de por qué hacemos las cosas, tanto para el voluntariado como para el resto de actividades de la vida.

 

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