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​Masacre en el convento de los jesuitas de Varsovia hace 70 años (y III)

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Gerardo Rodríguez - publicado el 28/08/14

La valiente hazaña de unas muchachas que inventaron ser enfermeras para calmar a los supervivientes y poder sacarlos de la casa de la muerte

En la última entrega dejamos a los padres, Kwas, Jędrusik, Rosiak y Sawicki y una mujer joven buscando un escondite.

Es un edificio de una planta en el que en septiembre de 1939 se encontraba la imprenta del convento. Allí ahora hay un estrecho espacio de leña apilada, trepan a la parte superior, sacan los tablones, ahuecan la pila de leña y se ocultan. Un momento de relajación.

¿Qué pasaba mientras tanto en la habitación de la muerte? De pie en el centro de la sala un joven se dirige al padre Kisiel:

– Por favor ayúdeme a sacar a mi padre.

Haciendo fuerza juntos liberan la pierna del malherido que está bajo el peso de los muertos y cautelosamente salen al pasillo.

El padre entra a la sala de calderas, que para muchos fue la primera parada en el camino hacia la muerte, y luego guiándose intuitivamente entra en la carbonera y se tiende sobre un montón de polvo de carbón contra la pared para relajarse y respirar un aire que no tenga el olor dulzón de la sangre.

Del adormecimiento lo despiertan el golpeteo, los portazos y las conversaciones en voz alta. Allí también se encuentran una mujer joven y un hombre joven. Asustados escuchan unos pasos. Después de un tiempo aparece un señor mayor que se sienta junto al padre Kisiel y dice en voz baja:

– Los alemanes rociaron los cuerpos con gasolina y les prendieron fuego. Apenas pude salir de las llamas.

En la sala de calderas se oye el chapoteo del agua y los sonidos de la conversación. El padre Kisiel reconoce la voz del padre Pieńkosz. Comienzan a informarse mutuamente: dónde está todo el mundo ahora y quién se salvó…

Por la mañana el convento vuelve a la vida. Se escucha cómo fuerzan la puerta de la despensa, la rotura de los platos, los vidrios. Una banda de ladrones que merodea el convento. Delante de la entrada principal llegan unos cuantos coches. Los alemanes están ocupados en el saqueo.

En la carbonera se esconden diez personas, que lograron escapar de la muerte. El polvo de carbón cicatrizó las heridas, pero quema como el hierro al rojo vivo. Los heridos deliran, gritando en sueños.

El hombre mayor respira con dificultad, se ahoga y tose. Afortunadamente el chapoteo del agua en la sala de calderas apaga la tos, los gemidos de los heridos y los delirios. Esta agua es una bendición. Así termina la segunda noche.

El padre Pieńkosz organiza la comida. La mujer herida recuerda que en la sala de calderas dejó algunas zanahorias y tomates de su quinta. Ahora los tomates sin madurar gustan a todos, como si fueran los mejores. El padre Pieńkosz trae una jarra de café.

Junto con la luz del día aparecen una vez más los alemanes. El bullicio, las corridas, los gritos despiertan a los heridos del doloroso entumecimiento. Se quema parte del convento.

Si los alemanes incendian todo el edificio, entonces la carbonera dejará de ser un refugio. Después de un largo tiempo, de nuevo en todo el edificio vuelve el silencio, en el que como un eco retumba la tos. Esto llama la atención de los alemanes, porque suponen que alguien sigue vivo en el edificio.

Es preciso encontrarlo. No puede haber testigos del crimen. Los sonidos de las conversaciones están cada vez más cerca…

– Los alemanes ya saben de nosotros. ¡Sólo hay que ver cómo llegan hasta aquí!

El padre Kisiel está considerando medios de defensa. ¿Lanzarles trozos de carbón? ¿Hablarles a la conciencia? ¿Esperarlos serenamente? Es probablemente lo más sensato: confiar en la Divina Providencia.

Pasa media hora, una hora. Los alemanes renuncian a la búsqueda. El padre Kisiel está pensando en dejar la carbonera, pero ¿qué hacer con los demás? Además oye mal, casi no ve, y, por otra parte, ¿adónde ir? Después de una larga vacilación, decide permanecer en el lugar.


A través de una pequeña ventana de la carbonera se filtra el amanecer de un nuevo día. Así pues ya es sábado, el tercer día de una angustia terrible.

Cuando todos los sonidos quedan en silencio, un grupo de sobrevivientes sale desde la carbonera al corredor. Con avidez las bocas capturan el aire. Del distrito de Mokotów sopla un viento fresco. El padre Kisiel se sienta contra la pared y respira profundamente.

Oye pasos, de repente salta y corre de vuelta al depósito de carbón. Es el padre Pieńkosz, que ha asomado su cabeza imprudentemente hacia el jardín para mirar a su alrededor, y atrajo al guardia alemán del edificio Wawelberg. Los alemanes irrumpen en el monasterio, pero no encontraron a ninguno, se alejan rápidamente. Una vez más cae un profundo silencio.

De la carbonera no se puede salir, en cualquier momento pueden aparecer los alemanes. De repente se escucha la voz de una mujer:

– Gente, ¿dónde estáis? ¡Salid!

– ¡Nadie responda! Podría ser una provocación de los alemanes – dice alguien.

– Gente!

La llamada está cada vez más cerca. El padre Kisiel está contra la pared y espera. Ve a dos mujeres, iluminándose el camino con una linterna. Y cuando ambas mujeres lo pasan obstruye su camino y les dice bruscamente:

– Por favor, la linterna.

Una de las mujeres se la da sin decir una palabra.

– ¿Quién te ha enviado aquí? – pregunta el Padre, que ilumina el rostro de la muchacha que se encuentra de pie delante de él.

– El padre Pieńkosz.

– ¿Cómo era?

– Altura media, pelo rubio… con anteojos.

– Y ¿quiénes son ustedes?

Somos enfermeras. Del puesto sanitario del profesor Loth. Un sentimiento de inmensa alegría llena el corazón. ¡Así pues están salvados!

– ¿Podemos salir de aquí? ¿Se puede pasar con seguridad? – Sí, los chicos están muy cerca. No hay alemanes. Inmediatamente curaremos a los heridos.

En el pasillo el padre Kisiel encuentra al padre Monko. Se miran el uno al otro y a la vez estallan en una carcajada salvaje, casi demente. Están sin afeitar y los rostros ennegrecidos, en la cabeza cuajarones de sangre, mezclados con carbón pulverizado.

Se acercan a la habitación, que se convirtió en una fosa común para sus hermanos religiosos. El fuego sigue ardiendo. Las llamas lamen restos humanos y restos de ropa … Ambos sacerdotes se arrodillan. Las chicas le instan a salir.

Los sobrevivientes de la masacre, ya lavados y curados, se enteran de que las jóvenes que los condujeron afuera, no son ningunas enfermeras, que no hay en las cercanías muchachos del AK y que los alemanes están en las viejas posiciones.

Estas muchachas valientes inventaron todo esto para calmarlos y poder sacarlos de la casa de la muerte.

Mientras tanto, en el sótano de la Casa de los Jesuitas de la calle Rakowiecka durante tres días y tres noches ardieron los cuerpos de los 35 asesinados.

Entre los asesinados están los siguientes miembros de la Compañía de Jesús:
El Padre Superior Edward Kosibowicz (ejecutado fuera del convento). Los Padres: Zbigniew Grabowski, Herman Lubiński (77 años), Jan Madaliński, Jan PaweIski (78 años), Władysław Wiącek (en proceso de beatificación), Henryk Wilczyński, Mieczysław Wróblewski y Franciszek Szymaniak (ejecutado fuera del convento).
Los Hermanos: Feliks Bujak, Antoni Biegański, Klemens Bobritzki, Józef Fus, Adam Głaudan, (81años), Stanisław Orzechowski, Czesław Święcicki y Stanisław Tomaszewski y varios laicos, entre estos últimos ocho mujeres y un niño de 10 años.

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historiasegunda guerra mundial
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