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¿Por qué tanta gente no se casa y no quiere tener hijos?

© Erik Huiberts

Familia Cristiana - publicado el 25/08/14

Factores que explican el descenso de la nupcialidad y la natalidad

Cuando el futuro que se presenta resulta borroso e incierto, fijarse metas a largo plazo, sacrificar la felicidad y el éxito personal en aras de constituir un matrimonio duradero no parece, hoy en día, una propuesta subyugante para muchos: “Si ahora somos dos deberemos recortar nuestras expectativas y nuestros proyectos personales.”  El planteo hacia la construcción vital de una familia aún se complica cundo se piensa en incluir la llegada de los hijos.

Elecciones y decisiones

Los márgenes de elección y actuación que hoy se les presenta a las personas, con ser más amplios, tienen sus límites. Las posibilidades de elegir, de gestionar las propias vidas tienen su freno en las condiciones impuestas por los complejos entramados institucionales.

Por ello, la oportunidad del amor, de los lazos afectivos, de los vínculos y solidaridades familiares no descansa únicamente en las personas. Sus posibilidades dependen, en buena medida, de que reduzcan los niveles de tensión y las contradicciones a las que se ven sujetas a la hora de vivir con el otro, procrear y educar.

Por qué la gente prueba la convivencia y no se casa, por qué se casa más tarde, por qué se divorcia, por qué decide retrasar la llegada de los hijos y restringir su número, son cuestiones directamente vinculadas al contexto social y que hacen dirigir la mirada al interior de las familias, a los cambios que operan en las relaciones de pareja y al eje de relaciones padres-hijos bajo los signos de:

  • el valor de la satisfacción y bienestar personal;
  • la demanda de calidad afectiva,
  • la elevación de las expectativas vitales en las condiciones materiales de la existencia,
  • la participación de las mujeres en el mercado laboral;
  • la precariedad e inestabilidad del empleo y
  • los nuevos significados sociales del tiempo.

Vinculado a un proceso mundial de urbanización relacionado con cambios en los modos de producción y en la utilización de la mano de obra, hoy se tienen menos hijos y los que se tienen, sobretodo en las clases medias, se desean más. Su existencia otorga un “valor emocional” a la pareja.

Pero paralelamente al goce que significan, se siente que los hijos son una carga de trabajo y dedicación que choca con las aspiraciones y demandas profesionales y laborales de los padres y compiten con ellas en tiempo y dedicación. A la vez, los hijos constituyen un costo y una inversión, en dinero pero, sobre todo, en sentimientos, tiempo, esfuerzo, atención, que no siempre se está dispuesto a realizar.

La consigna que hoy prevalece es ganar en todos los planos, llevar a buen término la vida social, profesional a la vez que la familiar. Como no se quiere renunciar a nada el hijo forma parte de la calidad total de la existencia individual. Decidir tenerlo es completar la “planilla de items” que marcan ser aprobado por la mirada de los otros. Es un logro más. Esta idea no está en contra de la posición centrada en sí mismo. Sin embargo, lograr la realización en la vida es también compartir alegrías, construir una familia.

La educación más liberal y los valores de libertad individual actúan en la reducción de los deberes filiales. Si antes tener hijos significaba para los padres tener asegurado el futuro y un resguardo al que recurrir en la vejez, ya no se educa a los hijos para que honren a sus padres, sino para que sean felices, para que se conviertan en individuos autónomos dueños de sus vidas y de sus afectos. El culto a sus padres pierde sus fuerzas y gana el de los hijos.

Por otro lado, la ingratitud de los hijos escandaliza menos que la indiferencia de los padres hacia sus retoños. Nada resulta más escandaloso que no querer a sus hijos, no preocuparse por su felicidad y su futuro. Hasta la justicia considera, en los derechos del niño, que la paternidad y la maternidad implican la necesidad de una responsabilidad en el cuidado de los hijos menores, así como su vigilancia, educación y esparcimiento.

Si bien se debilitan globalmente los deberes de los padres, por otro lado se amplía el espíritu de responsabilidad hacia los hijos. La prioridad no son los deberes sino el calor humano, la emoción, la atención. La obligación funciona más como un lazo emocional hacia la pequeña sociedad con el objetivo del desarrollo del niño.

A medida que el niño crece y se socializa, las fallas de la educación familiar son más señaladas y denunciadas desde distintos lugares como la escuela y los medios de comunicación. Ya no hay niños malos. Sólo malos padres.

Esto traduce una cultura centrada en el niño y que se aplica más que nunca a responsabilizar a la familia en cuanto a dimensiones cada vez más amplias y complejas de la vida.

La misma complejidad del mundo contemporáneo hace que las tareas, exigencias, deberes de la paternidad se vean multiplicados considerablemente, lo que supone también mayores obligaciones y dificultades a la vez que  asusta la responsabilidad ante lo que será el futuro de los pequeños.

Modelo para armar: la educación

Otro aspecto a destacar sobre la definición de las relaciones de parentalidad en el momento en que la pareja decide tener hijos es su educación. El incremento de la igualdad en las relaciones entre padres e hijos, la tolerancia, el respecto y el debilitamiento de los modelos autoritarios en la educación de los hijos parece ser la tónica que prevalece.

Los cambios de afuera  provocan una crisis del modelo educativo familiar marcado por las claras dificultades para poner límites a los hijos, con manifestaciones de actitudes dictatoriales de parte de los hijos, con consensos consentidos y ausencias de conflicto por parálisis y miedo a educar.

Más que miedo deberíamos decir que lo que más dificulta una buena educación es el tiempo y el esfuerzo que requiere. El valor de los límites como fruto del amor y del diálogo no significa la reducción a “los cinco minutos de calidad” despúes de la jornada laboral.

El grado de permisividad del primer cuidador (madre, padre, persona a cargo) ante las conductas del hijo marca un hito en su educación. Si el cuidador es permisivo o tolerante y no fija claramente los límites es probable que el grado de agresividad del niño aumente.

Una actitud básica negativa, carente de afecto y dedicación, incrementa el riesgo de que tanto el niño como el adolescente se conviertan en agresivos. Vale aclarar que la agresión no siempre se manifiesta hacia los otros y en forma violenta. A veces permanece velada y se ejerce contra sí mismo. Tanto la escasez de amor y de cuidados como el exceso de libertad durante la infancia son condiciones que contribuyen poderosamente al desarrollo de un modelo de reacción agresiva.

La importancia de la vinculación afectiva de los hijos con sus padres es fundamental para la construcción de la autonomía. Sin embargo, la falta o los desajustes en este aspecto no es la causa única de la violencia, sino un importante factor de riesgo.

Aunque no necesariamente quienes han sufrido problemas de afecto tienen que tener este tipo de conducta: la plasticidad del sistema psicológico humano hace que puedan resolver tales problemas con sus primeras figuras de apego, o formar nuevos vínculos (como por ejemplo en el caso de la adopción).

Las manifestaciones violentas que tienen a los jóvenes como protagonistas una variable de mucho peso que interviene es, sin dudas, la familia. Educar el carácter de los niños y de los jóvenes en una ética de la no violenta comienza en la más temprana edad y requiere de:

  • el  cariño y la dedicación de la persona que cuida del niño,
  • límites bien definidos sobre las conductas que se permiten y las que no,
  • el uso de métodos educativos correctivos no violentos

El futuro de las relaciones familiares y de la propia familia va a depender de las posibilidades que tengan las personas para amar y brindarse, en las relaciones de pareja y con los hijos, de manera satisfactoria que les permitan desplegar estrategias para ejercer sus deberes y responsabilidades con autenticidad y en forma  comprometida.

Por Cecilia Barone
Artículooriginalmente publicado por Familia Cristiana 

Tags:
familiahijospaternidad
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