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Cuando la vida acrisola un amor a primera vista

© CandyBox Images/SHUTTERSTOCK
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En la salud, en la enfermedad, en lo próspero y en lo adverso….

Roberto y yo hemos sido grandes amigos por décadas, desde la adolescencia compartimos siempre las más importantes experiencias de nuestras vidas, estrechando nuestro vinculo en cada evento que implicara aquello que fuera marcando cada tiempo, con el signo imborrable del asombro y la belleza de la vida.

Por eso, cuando conoció a quien sería la compañera de su vida,  inmediatamente me escribió una pequeña carta informándomelo, y  describiendo emocionado la forma en que cupido acababa de intervenir contundentemente en su vida.
Decía más o menos lo siguiente:

Mi siempre apreciado Manuel:

Me encontraba apenas hace unos días en una trattoria romana ante suculento plato de espagueti,  cuando me invadió una extraña y agradabilísima sensación  que me hizo levantar la vista, para encontrarme con la mirada de unos intensos ojos claros en una hermosísima persona sentada en la mesita vecina.

Entre el calor, y la timidez que bien sabes que me caracteriza, le correspondí lo mejor que pude. Su mirada parecía concentrar toda la profunda belleza que un rostro pueda expresar, y que sólo deja lugar a la íntima  comunión que nace espontanea entre dos seres ante el  descubrimiento del amor a primera vista.

De pronto, el sentimiento que fluía entre ambos  fue confirmado por ella con  la más maravillosa de las sonrisas. Yo, a mi vez,  un poco sonrojado, encontré el valor para acercarme y presentarme.

Desde ese momento no quise perderla y, tal vez te sorprendas ¡ya es mi novia!  Espero pronto la conozcas, su nombre es Susana.

Asistí feliz  a su boda con Susana y a otros  tantos  eventos importantes en su vida familiar. Hoy, algunos años después me encuentro con él en la habitación de un  hospital,  cuida de su esposa recién operada de un carcinoma en la mandíbula derecha.

Roberto observa  la curación por parte de dos enfermeras. Una lágrima resbala en silencio desde el borde del lacrimal hasta la brutal herida en el rostro de la enferma que denota un momento de angustia.

Él capta aquella mirada asustada, suplicante, toma un apósito y hace un guiño a las enfermeras que suspenden momentáneamente su labor, se aplica suavemente  con una sonrisa encantadora a hacerle ver que es él quien  la cura, mientras va susurrando dulces palabras de consuelo. Luego, deja a las enfermeras proseguir mientras  le acaricia la frente.

Al final de la curación, con la frente perlada de sudor por una natural resistencia hacia las consecuencias  humanamente desagradables  de la intervención quirúrgica, acerca su rostro y besa el apósito sobre la herida  aun supurante, para luego acurrucar su cara junto a la suya.

Ella cierra los ojos apretándolos intensamente,  sorbiendo la sensación de ambos rostros juntos. Tras unos momentos, los abre para esbozar con esfuerzo en su rostro tumefacto, adolorido y desfigurado,  una sonrisa de profundo y amoroso agradecimiento.

Aquel rostro distante de la belleza física de aquel primer encuentro descrito en la carta de Roberto aún expresa la íntima comunión que sigue naciendo espontánea, con la confianza de recibir del amado una sonrisa y ternura verdaderas.

Se aman con una libertad  que los eleva muy por encima de las experiencias  sensibles y los motivos de razón que integraron  su unión en sus inicios. Razones todas de bondad  pero que jamás  limitarían su yo libérrimo que preside con toda su voluntad,  su mutua  entrega en cuerpo y alma.

Soy testigo de la lección  de vida y  amor de un matrimonio acrisolado; de un ejemplo de amor grande en la vida ordinaria, en donde la voluntad enamorada comunica su presencia con rostros y manos entrañablemente afectuosos, con la amabilísima sonrisa y la caricia tierna. Manifestaciones que tocan la verdad, bondad y  belleza en lo sublime del  amor conyugal.

Artículo publicado por la revista Ser Persona

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