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La renovación de la parroquia va con la transformación misionera

© Martin Terber
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Pasar del Ver-Juzgar-Actuar, al Contemplar-Dialogar-Discernir-Proponer

En consonancia con la voluntad de hacer una Iglesia fiel a su identidad que es la evangelización, debemos animarnos a profundizar los cambios hasta aquí realizados.

La exhortación Evangelii Gaudium es clara:
 
Salgamos, salgamos a ofrecer a todos la vida de Jesucristo. Repito aquí para toda la Iglesia lo que muchas veces he dicho a los sacerdotes y laicos de Buenos Aires: prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termine clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos. Si algo debe inquietarnos santamente y preocupar nuestra conciencia, es que tantos hermanos nuestros vivan sin la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo, sin una comunidad de fe que los contenga, sin un horizonte de sentido y de vida. Más que el temor a equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta y Jesús nos repite sin cansarse: «¡Dadles vosotros de comer!» (Mc 6,37)”. (EG 49)
 
Pero para ello, necesitamos sentirnos seguros no tanto en los cambios que podríamos llamar periféricos, ocasionales, situacionales, sino en una cierta opción fundamental, un cambio paradigmático y programático.
 
En este sentido, nuestro Papa Francisco, nos ha dicho que la transformación está en torno a la misión:
 
La Misión Continental se proyecta en dos dimensiones: programática y paradigmática. La misión programática, como su nombre lo indica, consiste en la realización de actos de índole misionera. La misión paradigmática, en cambio, implica poner en clave misionera la actividad habitual de las Iglesias particulares.

Evidentemente aquí se da, como consecuencia, toda una dinámica de reforma de las estructuras eclesiales. El "cambio de estructuras" (de caducas a nuevas) no es fruto de un estudio de organización de la planta funcional eclesiástica, de lo cual resultaría una reorganización estática, sino que es consecuencia de la dinámica de la misión.

Lo que hace caer las estructuras caducas, lo que lleva a cambiar los corazones de los cristianos, es precisamente la misionariedad. De aquí la importancia de la misión paradigmática”.
 
Si la misión es la opción fundamental, podríamos pensar que el piso pastoral alcanzado por las parroquias (gracias al impulso conciliar), es decir, ser una parroquia comunidad, nos facilita para dar un salto cualitativo de salida hacia la calle.
 
Pero cuidado, porque la misión que se nos propone hoy, no sólo es geográfica, sino también se trata de ir a habitar las periferias existenciales, habitar nuevos continentes antropológicos, y desde esas periferias ir hacia el centro, evitando todo intento de aplicar un modelo eclesial y pastoral de configuración, por el contrario, misión desde un modelo de animación, inspiración, irradiación y elevación.
 
La evangelización de la cultura sigue siendo uno de los grandes desafíos de este tiempo.
 
Es imperiosa la necesidad de evangelizar las culturas para inculturar el Evangelio. En los países de tradición católica se tratará de acompañar, cuidar y fortalecer la riqueza que ya existe, y en los países de otras tradiciones religiosas o profundamente secularizados se tratará de procurar nuevos procesos de evangelización de la cultura, aunque supongan proyectos a muy largo plazo”. (EG 69)
 
Intuyo que el ejemplo de evangelización-misión latinoamericano y caribeño, con sus luces y sombras, tiene mucho para compartir y decir al mundo

.
 
Entonces, el desafío es promover parroquias diferentes, cuya base común sea ser parroquia-comunidad pero con otras características más adecuadas a lo propiamente urbano.
 
En este diálogo vital con el mundo no cristiano, con lo distinto, con lo multicultural y con las personas desconocidas, que a su vez organizan su vida y su religiosidad tomando y recomponiendo sus creencias desde muchas voces y mensajes, desde diferentes propuestas, símbolos y rituales, debemos preguntarnos: ¿cómo colabora hoy la parroquia para ayudar a organizar el sistema de creencias de sus bautizados? ¿Cómo lo hace con aquellos que están buscando? Y ¿Cómo con los indiferentes y de todos?
 
En la época anterior, más al modo rural, la fe y las creencias nos eran dadas, las heredábamos, con el consiguiente universo verbal, simbólico y ritual, incluso se nos daban también las instituciones que aseguraban la fe cristiana, fundamentalmente el matrimonio y el estado cristiano.
 
Es muy posible que en ese marco cultural las creencias se organizaran de manera preferentemente institucional, es decir, más desde lo eclesiástico, de la organización con sus normativas y leyes, alcanzando una configuración de la fe muy determinante.
 
Muy distinto sería otro modelo, donde el eje central y ordenador de es necesaria organización de las creencias, se jugara ya no en y/o desde lo eclesiástico,  sino en la tríada reino-mundo-Iglesia, es decir, en un proceso de inculturación desde la misión, el discernimiento y el diálogo. Aquí sería más importante la atención de la vida teologal que el cumplimiento de las normas.
 
La Iglesia que está presente en el mundo como sacramento de salvación, con y desde su riqueza simbólica, tiene mucho que aportar y para esto, será necesario, una nueva metodología pastoral que logre insertarse adecuadamente en las nuevas dinámicas culturales. Personalmente, propongo pasar del Ver-Juzgar-Actuar, al Contemplar-Dialogar-Discernir-Proponer.
 
De todas formas, debemos reconocer que hoy son muchos los actores que intervienen en el campo de la formación y organización de las creencias de las personas que habitamos la ciudad. La Iglesia católica y su propuesta de fe es una más y la ciudad cuenta con otro tipo de propuestas que muchas veces suelen habitar las periferias existenciales y orientarlas con más facilidad que nosotros.
 
El desafío entraña un esfuerzo delicado. Esfuerzo que requiere del permanente discernimiento pastoral, porque se trata de pensar cómo ayudamos hoy, en medio de la multiculturalidad, a hacer “nacer la fe”  y cómo acompañamos su crecimiento. Esto es lo central y desde allí estamos como obligados a revisar y transformar todas nuestras estructuras y la misma organización pastoral de la parroquia.
 
En la cultura cristina que llamamos cristiandad, la misma dinámica cultural se encargaba de evangelizar los núcleos profundos, los imaginarios, y esto se daba por un proceso natural de transmisión de valores y de la fe.

Cuando se rompió este “contrato cultural-social”, cuando se desarmó por múltiples razones la cultura cristiana como “monocultura”, o “macrocultura” y se dejó de hacer naturalmente una “catequesis social”, es decir, casi como por ósmosis, ya no estamos en condiciones de acompañar lo que todavía no nació, no se puede dar por supuesto lo que puede ser que no esté.

Por lo tanto, se debe realizar un fino trabajo generativo, que procure y facilite todos los medios necesarios para hacer nacer la vida de la fe y los valores evangélicos.
 
Tarea delicada, porque anteriormente la evangelización se hacía en clave de configuración y ahora debemos hacerlo en clave de inspiración, iluminación, animación y elevación

.

En cuanto a los medios y estrategias para esta evangelización, entiendo que nos están siendo dados por la misma dinámica simbólica de la ciudad: los nuevos relatos, la narrativa, los ritos, los mitos urbanos.
 
Por otra parte, nos hallamos urgidos a proponer nuevos caminos de personalización-comunitaria, en los que, con toda libertad para la misión pero desde un actuar pastoral de nuestra parte sano, delicado y exquisito, obremos de manera máximamente respetuosa sobre las creencias de las personas de la urbe.

Se trata de estar evangélicamente presentes en la recomposición de las creencias que cada persona va haciendo en el propio camino de la vida.

Lo novedoso, desafiante y lo que a mi gusto nos exige mayor cúmulo de experiencias, ensayos pastorales concretos, junto a profundas y sencillas reflexiones, es que esta pastoral hay que hacerla en la calle y no en el templo, es decir, que nuestras fuerzas deben estar más dirigidas a estar presentes, evangelizando las creencias y los imaginarios, pero en la misma calle.

Ir hacia allí, evitando caer en la tentación de “traer”, ilusionados que lo hacemos para realizar ese delicado trabajo en un medio menos hostil como podría ser la comunidad parroquial, pero posiblemente menos fecundo, por ser en algún sentido artificial. El traer pude ser el resultado de la comodidad y de resabios de cristiandad.
 
Esto no va contra la necesaria pertenencia eclesial. Es la misma Iglesia, parroquia-comunidad la encargada de provocar y asegurar tanto el interés, la curiosidad, la atracción y el seguimiento-discipulado del Señor Jesús, como el crecimiento y la maduración, pero ahora en estado de misión, es decir, en la calle, en el mundo.
 
Aquí se juega nuestro liderazgo religioso y no sólo el liderazgo eclesial del que tenemos mucha habitualidad, porque lo ejercimos durante siglos en el mundo cristiano, en el que fue natural organizar la fe del pueblo y la institucionalidad de la religión.
 
Qué significa ser un líder religioso en la calle, es un camino que tenemos que aprender a transitar.
 
Claro está, que no cualquier parroquia por más que haya alcanzado muy buenos niveles de comunidad, estará capacitada para este desafío pastoral, será preciso que continúe en un profundo camino de renovación y transformación. Cuenta con un piso no menor, pero necesita reubicarse en las nuevas dinámicas vitales de la ciudad.
 
El Papa Francisco nos da una pista clave para tener en cuenta:
 
La Misión Continental, sea programática, sea paradigmática, exige generar la conciencia de una Iglesia que se organiza para servir a todos los bautizados y hombres de buena voluntad. El discípulo de Cristo no es una persona aislada en una espiritualidad intimista, sino una persona en comunidad, para darse a los demás. Misión Continental, por tanto, implica pertenencia eclesial.
 
Un planteo como éste, que comienza por el discipulado misionero e implica comprender la identidad del cristiano como pertenencia eclesial, pide que nos explicitemos cuáles son los desafíos vigentes de la misionariedad discipular. Señalaré solamente dos: la renovación interna de la Iglesia y el diálogo con el mundo actual
”.
 
Necesitamos que las parroquias de las ciudades asuman su rol significativo y colaboren con una nueva misión que ayude a hacer nacer la fe y la sostenga, proponiéndola con nuevos lenguajes y símbolos, para acompañar las maneras que tienen hoy las personas de organizar su mundo vital y religioso.
 
Se trata de seguir en el cauce abierto de la conversión pastoral, que es conversión personal, comunitaria e institucional.
 
El encuentro  de Pastoral Urbana Regional en San Miguel, provincia de Buenos Aires, del 27 al 29 de agosto del 2013, cuyo tema fue 

Las Parroquias Urbanas, Aportes para una reflexión pastoral de las parroquias urbanas, nos ha dejado un material muy importante para reflexiones posteriores.
 
Solo destaco sus propuestas:
 
• Creemos que las parroquias urbanas están llamadas a promover un nuevo estilo de comunidad que caracterizamos como: “Comunidad de comunidades, misericordiosas y misioneras”.

• Hemos visto y oído el enorme y positivo significado que para muchos de nuestros barrios tiene el que la parroquia sea “comunidad de comunidades”. Sigue siendo una expresión inspiradora de nuevas estructuras parroquiales y pastorales más descentralizadas, que generan fraternidad, comunión y participación, que promueven la ministerialidad de todos los bautizados, la complementación de diversidad de carismas y realidades y la corresponsabilidad pastoral.

• Tenemos la responsabilidad de ser testigos de la comunión en el barrio y la ciudad. Es necesario recuperar una dimensión simbólica de la parroquia como expresión de comunión y fraternidad entre los diferentes, convirtiéndose así en un servicio para la interculturalidad y el diálogo social.

• Por eso debemos hacer importantes esfuerzos para evangelizar también los imaginarios eclesiales y pasar de un tipo de parroquia asociada sólo al templo, al culto, la catequesis, a Cáritas o actividades aisladas, hacia otro que refleje una comunidad de hermanos. La comunidad tiene el desafío de romper los muros del individualismo que separa, aísla o encierra y ayudar a celebrar la fe y la vida con contenidos y pedagogías integrales e integradoras. Un estilo de parroquia que ayude a crear vínculos y generar encuentro. Entendemos que hace falta insistir en tres niveles de fraternidad: entre los sacerdotes, entre los laicos, y mucho entre sacerdotes y laicos.

• Esto nos exige ser creativos a la hora de pensar a las parroquias urbanas no como autosuficientes y apartadas unas de otras, sino en comunión de comunidades parroquiales, que en sí mismas son una “comunidad de comunidades”. Hemos valorado el modelo de las CEBs y el camino de transformación que hicieron a lo largo de estas dos últimas décadas.

• Hace falta aprender un sentido de “comunidad de comunidades” que asuma el desafío de trabajar de manera interparroquial y, en el caso de nuestra región eclesiástica, de manera interdiocesana. Pensamos que los decanatos y las vicarías zonales pueden ser muy buenos espacios iniciales para la comunión y participación en el trabajo pastoral corresponsable entre los sacerdotes y junto a los laicos. En este sentido, consideramos oportuno dar pasos seguros hacia una “inter-pastoralidad” entre las parroquias, esto es, hacia una mayor comunión y participación también de la diversidad de propuestas pastorales que son verdaderamente evangelizadoras de la vida urbana.

• Descubrimos que las parroquias están invitadas, además, a ser comunidades misericordiosas. “Misericordiosas” es la palabra que nos ayuda a marcar el rumbo de la profunda conversión personal, comunitaria e institucional a la que Dios nos invita en este tiempo.

• Misericordia significa: respeto por el otro tal cual está en su realidad, acogida de todos, cercanía con los más pobres, ternura con los pecadores. Es salir, escuchar, tocar, dialogar, sentir con el otro. Es correr el riesgo de ser Iglesia accidentada. Es abrir el corazón a la diversidad que se transforma en riqueza.

• Misericordia es encarnar el Amor de Dios, encarnar al Padre que se hace Madre llena de ternura. Es acercarnos respetuosamente y con delicadeza al dolor de nuestro pueblo, que sufre y tiene heridas profundas. Es bendecir

mirando a los ojos y asumir como propias la vida y las situaciones del otro.

• La opción preferencial por los pobres y la riqueza de la religiosidad popular, o como la llama Aparecida: mística popular , nos anima a crecer en máxima delicadeza y ternura para saber ponernos en la misma dirección en la que “sopla” el Espíritu del Señor y en sintonía con aquello que Él mismo realiza en medio de su pueblo. La pastoral urbana debe procurar siempre beber en esos pozos de gracia: los pobres y su religiosidad.

• Una Iglesia que se despoja de una estructura sobrecargada y rígida para pasar a otra más dinámica, de mayor vida, menos burocrática, más facilitadora del encuentro.

• Por último, coincidimos que las parroquias deben ser más salidoras, más misioneras. Nos queda aún reflexionar más, qué entendemos hoy por misión urbana y cómo debemos hacerla.

• A modo de síntesis: intuimos que se trata de estar más en las calles de la ciudad, caminando y acompañando a nuestro pueblo, presentando el Kerigma al modo urbano, es decir, un primer anuncio que sepa dialogar con la enorme cantidad de propuestas de sentido que la ciudad ofrece, pero que sepa también despertar la curiosidad, el interés y la adhesión a Jesús.

• La misión la hace el Espíritu del Señor que ya evangeliza a la ciudad de diversos modos y que siembra, por todos lados y situaciones, las semillas del Verbo. Por eso, un primer paso es poner a la parroquia en sintonía con el Espíritu de Dios y descubrir con Él dónde y cómo debemos misionar la ciudad.

• La experiencia de salir a contemplar la vida de la ciudad, de encontrarnos y dialogar, de bendecir, nos ayuda a percibir que Dios vive en la ciudad, en medio de las alegrías y los dolores de nuestro pueblo y que al misionar somos también misionados. Nosotros llevamos la Buena Noticia de Jesús a la ciudad, pero nuestros hermanos que allí viven, nos bendicen al recibirnos con un corazón abierto y agradecido por haber salido y estar a donde están ellos, en la situación existencial personal, familiar y grupal en la que viven.

María estuvo misteriosamente presente como sabe hacerlo: enseñándonos a ser Iglesia a la espera del Espíritu que renueva todas las cosas. Con ella queremos caminar junto a nuestro pueblo sencillo y creyente, que lucha y ama. Con ella deseamos ser testigos de su Hijo Jesús y de su Evangelio que es Buena Noticia de salvación para todos.
 
Son propuestas muy animadoras para la creatividad. Se me ocurre interesante hacer ensayos pastorales de lo que podríamos llamar “espacios callejeros”, “ermitas callejeras”.
 
Lugares significativos de la urbe, “territorios humanos”, de alto tránsito, en los que podamos interactuar no sólo con algunas imágenes, sino y fundamentalmente con una presencia permanente de personas que sepan “estar” con los que transitan la ciudad.
 
Animar y formar a las personas de nuestras parroquias, no sólo a los agentes pastorales, sino al Pueblo santo y fiel de Dios, para que en la calle puedan intercambiar experiencias vitales procurando hacer vivo “el kerigma urbano”,  aprendiendo a habitar como hermanos y discípulos-misioneros las periferias existenciales de las personas que viven en nuestra ciudad.
 
Al cabo de unos cuantos años, cristianos callejeros, discípulos-misioneros, más habituados a hacer nacer la fe, a relacionarnos con los desconocidos y diferentes, habremos aprendido lo que significa ser líderes religiosos y eclesiales, desarrollando nuevos saberes y capacidades pastorales.
 
Esos cristianos, con otro estilo de experiencia pastoral y fundamentalmente, con una nueva forma religiosa, serán los encargados de impulsar los nuevos modos y las nuevas estructuras parroquiales.
 
Artículo originalmente publicado por ISCA

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