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​Masacre en el convento de los jesuitas de Varsovia, hace 70 años (II)

© Public Domain

Gerardo Rodríguez - publicado el 22/08/14

Sobrevivir para contarlo: Crónicas de fe y martirio en el Levantamiento de Varsovia

De repente se abre la puerta, aparece un oficial de las SS y lanza una orden: Los! (¡Ya!) Los soldados quitan el seguro de las granadas y las arrojan sobre el nutrido grupo de gente.

Todos se dispersan corriendo hacia la pared y hacia la ventana. Siguen terribles explosiones. Caen fragmentos de ladrillo, yeso, madera y vidrio, se oyen terribles gritos de terror y dolor, pidiendo ayuda.

Como respuesta, los SS rocían de balas con sus metralletas la maraña de cuerpos y se alejan por el pasillo.

Mientras tanto de debajo de la pila sangrienta se arrastran dos jóvenes que escapan de la habitación, pero apenas se encuentran en el pasillo, de nuevo se escuchan ráfagas de armas automáticas.


El padre Kisiel yace acostado boca abajo y trata de liberarse del peso de los muertos. El padre Sawicki está vivo también. El humo, el polvo y los jirones de la ropa rasgada llenan la pequeña habitación.

Al lado del padre Wilczynski que gime, el padre Wroblewski agoniza. El padre Lubinski sentado en una silla levanta la mano, parece como si diera la última absolución.



Las voces y los gemidos de los heridos atraen a los SS. Lanzan unas cuantas granadas, y luego varias ráfagas de metralla – disparan a los que todavía se están moviendo.

El monaguillo Zbyszek de diez años está gravemente herido, pide ayuda – en vez de eso recibe una ráfaga de ametralladora.

El padre Lubinski ya no vive, tiene el cráneo destrozado. La siguiente ráfaga la recibe el hermano portero. 


Uno de los SS desde la puerta observa cuidadosamente la masa sanguinolenta. Pisoteando los cuerpos, se dirige hacia la cama donde yace gravemente herido el padre Jan Pawelski, que dice algo. Una vez más, una ráfaga corta. El religioso es silenciado para siempre.


Después de un rato llegan más SS. Empiezan a sacar afuera los cuerpos y si todavía encuentran algún signo vital disparan. En algún momento, ven al hermano Bajdak, el cocinero que aún lleva su delantal blanco. 
- Oh, siehe! Der Koch, Er atmet … (¡Oh, mira! El cocinero, respira…) Y un disparo… 
- Ein schöner Kopf, dem gibt auch zwei Kugeln! (¡Una hermosa cabeza, da también para dos balas! De nuevo otra disparo.



Irrumpe en la habitación un niño de familia alemana que va de un lado para otro con los hombres de las SS y no se aparta de ellos ni un momento. 


Su voz infantil se oye de vez en cuando. 
- Achtung! Der noch lebt! O hier, hier, noch er atmet! (¡Atención! ¡Ése está vivo todavía! ¡Aquí, aquí, todavía respira!)
Su manecita indica a alguien y entonces van los hombres de las SS, y luego se escucha una ráfaga, acompañada de la risa y el aplauso del niño… 


Una vez más ingresan hombres de las SS. 
- Merkwürdig, sie haben keine Uhr! (¡Que extraño! ¡No tienen relojes!) – se asombra uno de las SS del nuevo grupo de matones. Ya los habían robado antes.

Pero no se da por vencido. Se dirige hacia los cadáveres y busca. Si percibe que alguien todavía está con vida, dispara. Se acerca a la ventana, en la que están sentados los padres Rosiak y Jędrusik. Fingen estar muertos.

El SS saca una mano sangrienta del padre Jędrusik; a pesar del terrible dolor el padre no se mueve, el padre Rosiak mantiene su cabeza inclinada lánguidamente sobre el hombro del padre Sawicki.

El SS lo toma de la oreja, levanta la cabeza del padre hacia arriba y mira.
"Yo aguanto la respiración – rememora el padre Rosiak – con los ojos cerrados, no veo su rostro, pero sé que examina si estoy vivo. En cualquier momento espero el disparo y que me abrace la oscuridad. ¿Dispara o no dispara? No, se va, dejo caer la cabeza así como cae la cabeza de un cadáver. Y una vez más a la espera del momento. ¿Tal vez un tiro en la nuca? Y esta vez no lo hizo. Se va. Gracias a Dios el Altísimo".



El padre Sawicki siente cercana la respiración del SS. – Ha llegado mi hora – piensa. Pero ¿cómo se puede pretender estar muerto cuando el corazón late como un martillo? 
Surge la resignación. "Dios, ten misericordia de mí, pecador Me parece que estoy soñando". 


En el profundo silencio se pueden escuchar los pasos del SS que se aleja. Pasan, largos como la eternidad, los momentos de espera. Junto a la pared surge un largo gemido ahogado. Un hombre, aplastado por los cuerpos de las víctimas, suplica: 
- ¡Padres, ayúdenme a salir de debajo de los cuerpos! ¡Cómo duele! 
- Tranquilo, calla, si escuchan los hombres de las SS será el final – alguien tranquiliza al herido. 


– Ustedes son crueles, ellos son mejores, ya que al menos matan. 
El padre Jędrusik mira a su alrededor y rápidamente se levanta. Saca los cuerpos del herido y regresa a su lugar. Una vez más reina un profundo silencio.



Cerca de la pared se escucha un murmullo. Desde debajo de la mesa se asoma una mujer joven. Debajo del montón de cuerpos salen los vivos.

El padre Monko surge de debajo de una pila de papeles, se sitúa junto a la ventana y mira a su alrededor. Su rostro está pálido como una oblea, el padre Jędrusik también se levanta del suelo.

De pronto, justo al lado de su pierna se escucha una voz tranquila: 
- Padre Jędrusrik, por favor, tenga cuidado de no pisar mi cara. 
Es el padre Kisiel. ¡Y está vivo! Su rostro está bañado en sangre. Se incorpora. Hay que tomar una decisión inmediata: ¡escapar lo antes posible de aquí!

Caminando sobre los cuerpos – los padres, Kwas, Jędrusik, Rosiak y Sawicki y aquella mujer joven – salen al largo pasillo. A la izquierda, detrás de la sala de calderas se encuentra la carbonera y hacia allí va el padre Monko, y otros siguen a la derecha, donde al término del pasillo hay un cobertizo de madera y paja. Pasan la cocina, entran en el cobertizo sin techo.

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historiapoloniasegunda guerra mundial
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