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​¿Es posible adivinar el futuro?

Ian Scott-CC

Henry Vargas Holguín - publicado el 19/08/14

Una reflexión sobre el don de profecía para responder a la pregunta de un lector

Toda persona con el bautismo recibe la gracia santificante o la vida sobrenatural.

Dentro de la gracia santificante, Dios concede la gracia habitual y otras gracias que se llaman gracias actuales (Catecismo de la Iglesia Católica, 2000), que son auxilios sobrenaturales transitorios, es decir, dados en cada caso, necesarios para evitar el mal y hacer el bien, en orden a la salvación (Denzinger 797 s.).

Con la vida sobrenatural se reciben además las gracias sacramentales (las que se reciben en los sacramentos) y las gracias especiales (carismas) -como el don de profecía, el discernimiento de espíritus, el don de milagros o de lenguas (1 Cor 12,10)- y las gracias de estado, que acompañan el ejercicio de las responsabilidades de la vida cristiana y de los ministerios en la Iglesia.

San Pablo, hablando del don de  profecía, lo entiende como un ministerio de anuncio. En este sentido él dice: “Teniendo dones diferentes, según la gracia que nos ha sido dada, si es el don de profecía, ejerzámoslo en la medida de nuestra fe” (Rm 12, 6).

Y en otra parte dice: “En cambio, el que profetiza habla a los hombres para edificarlos, exhortarlos y reconfortarlos. El que habla un lenguaje incomprensible se edifica a sí mismo, pero el que profetiza edifica a la comunidad”. (1 Cor 14, 3-4).

Pero el don de profecía es también la irrupción de Dios en la vida del receptor para comunicar una revelación (profundización de una verdad revelada) y/o la comunicación de su voluntad.

La última profecía reconocida por la Iglesia como divinamente inspirada es el último libro del Nuevo Testamento: el Apocalipsis (Revelaciones).

Es importante resaltar que «la verdad profunda de Dios y de la salvación del hombre, que transmite dicha revelación, resplandece en Cristo, mediador y plenitud de toda la revelación» (Dei Verbum, 2).

Por tanto, la plenitud de la Revelación se da con la venida de Cristo; no hay nada más que agregar a ella.

Aunque Jesús nunca pretendió directamente ser un profeta, Él se vio a sí mismo como un profeta: «A un profeta sólo lo desprecian en su casa y en su familia» (Mateo 13, 57), y permitió ser llamado profeta por otros: «Un gran profeta ha aparecido entre nosotros» (Lucas 7, 16).

Cristo pronunció muchas profecías, tales como la negación de Pedro, la destrucción del templo, la propia pasión, muerte y resurrección, la situación de los apóstoles cuando fueron arrastrados ante los reyes, y las grandes obras que ellos harían en su nombre.




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Después de la venida de Cristo no hay que esperar ya ninguna revelación nueva en relación con la situación fundamental de la humanidad respecto a la salvación.

En efecto, en él y por él, Dios ha revelado plenamente su designio universal de amor. Esta revelación se considera cerrada después de la muerte del último apóstol.

Sin embargo, todavía queda sitio, durante la fase presente de la economía salvífica, para las revelaciones de Dios destinadas a iluminar a los creyentes sobre la forma en que han de portarse en las circunstancias en que viven y a dirigir su acción práctica, moral, espiritual y religiosa.

A estas revelaciones se les llama «privadas» o, como lo hizo el concilio de Trento, revelaciones «especiales» o «particulares» (Dz 1540; 1566) para distinguirlas de la revelación precedente llamada «pública» porque se dirige, mediante el ministerio de la Iglesia, a los hombres de todos los tiempos y de todos los lugares sin distinción.

Las revelaciones privadas se dirigen, por medio de humildes videntes, entre ellos los niños, a amplios sectores de la Iglesia, si no a la Iglesia entera.

Tenemos así en el siglo XVII las apariciones del sagrado corazón en Paray-le-Monial; luego, en los siglos XIX y XX, las apariciones marianas de La Salette, de Lourdes, Fátima, etcétera. Es imposible enumerarlas todas.

Hoy no se puede tratar la cuestión de las revelaciones privadas sin referirse a esas apariciones. Porque ellas hablan, mandan, instruyen, confían secretos. Intentan «guiar nuestra conducta».

Pero cuando llaman la atención sobre ciertas verdades de la doctrina cristiana no es para añadir algo al depósito de la fe, sino para hacer penetrar su contenido de la manera más conveniente a la vida de caridad, o para destacar y proponer a la devoción de los fieles algún aspecto poco conocido o demasiado olvidado de ese depósito y por lo tanto, ayuda a todos a cumplir la divina voluntad.

En general, no son tanto afirmaciones como imperativos morales, advertencias o invitaciones. Muchas veces son una llamada a la conversión y a la penitencia.

Constituyen siempre un impulso y un estímulo a una vida espiritual más seria, más intensa, más fervorosa, que tienda a hacer crecer en la fe y en el amor a Dios o a lanzarse a empresas apostólicas y caritativas.

La profecía puede instruir al individuo y a la comunidad para: buscar la Gracia de Dios, emprender acciones, inculcar o quitar actitudes, prepararse para ciertos sucesos.

La Iglesia otorga libertad para aceptar o rechazar profecías individuales o personales o privadas según la evidencia a favor o en contra. Profecías que, alguna vez alguien dijo, ya se acercan a las 1.800.

Debemos tener cuidado al admitirlas o rechazarlas y en cualquier caso debemos tratarlas con respeto cuando nos llegan de fuentes confiables y que estén en concordancia con la doctrina católica y sus reglas morales.




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La verdadera prueba de estas profecías es su cumplimiento. Ésta y la regla anterior ayudarán a distinguir las profecías verdaderas de las falsas.

Las revelaciones privadas deben tratarse con mucho tacto, sobre todo cuando hablan del estado de las almas después de la muerte y más aún de los ya canonizados por la Iglesia.

Y el secreto de condenación jamás será revelado, y menos aún de los que aún viven puesto que en tanto el alma permanezca en esta vida, es posible la salvación.

Las profecías o revelaciones que dan a conocer los pecados de otros, o que anuncien la condenación o predestinación de almas deben ser objeto de duda.

De manera pues que el espíritu profético no desapareció con los Apóstoles, pero la Iglesia no declarará profética ninguna otra revelación desde entonces, aun cuando ha canonizado a innumerables santos que de una forma u otra han tenido el don de la profecía, pues “Dios puede revelar el porvenir a sus profetas o a otros santos…” (Catecismo de la Iglesia, 2115).

Profecías del Padre Pío

Se cuenta que al Padre Pío de Pietrelcina el Señor le concedió, entre otros muchos dones, el de “conocer” anticipadamente lo que quería.

Por ejemplo, el hecho de que el Padre Pío anunciara al cardenal Giovanni Battista Montini que se preparara a ser el sucesor del Papa Juan XXIII, está comprobado porque existe el testimonio de quien llevó al cardenal de Milán el mensaje del Padre Pío.


PIO PAULO VI

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Hay datos que garantizan que el mismo mensaje de que se preparara para ser Papa también se lo hizo llegar al futuro Juan Pablo II.

Este don de recibir una inspiración divina o de “conocer” anticipadamente algo se manifestó también de otros muchos modos y también en cosas muy sencillas.

Por ejemplo se cuenta que, cuando aún no existían las ecografías, una futura mamá le pregunta: “¿Cuando nazca mi hijo qué nombre me aconseja ponerle?” El Padre Pío le responde: “Ponle Clara”. Ella le replica: “Y, ¿si es niño?” El Padre Pío le insistía: “Te he dicho que le llames Clara”. Y así fue, nació niña. Es claro que esto no se podía comprobar hasta que tuviera lugar lo anunciado.

La mayoría de las profecías individuales o privadas de los santos y servidores de Dios son sobre personas, su muerte, recuperación de enfermedades o sobre vocaciones.

En la teología mística  el uso del término profecía, se aplica tanto a las profecías de la Escritura canónica (Revelación pública) como a las profecías personales (Revelación privada).

El don de profecía entendido en sentido estricto es el tener conocimiento, a veces anticipado, de algo que Dios quiere comunicar o revelar directa o indirectamente (a través de la Virgen María o los santos); o el contemplar sucesos o verdades que no pueden ser conocidos a la luz de la sola razón natural.


OUR LADY OF THE SEA

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Sabemos que Dios en su enseñanza se nos ha manifestado bajo diversas  formas y ha dado su Revelación por medio de diversos y válidos medios; recordemos que ha mandado ángeles (Éxodo 23, 20-23, Lucas 1:28, etc.).

Recibir un mensaje o adivinar

Este tema tiene tantos años como años tiene la historia de la salvación; muchos de nosotros hemos oído de personas que aseguran haber recibido mensajes, que bien pueden ser de supuestos mensajes de la Virgen, de santos, de ángeles o del mismo Jesús.

Pero aun cuando nosotros mismos o un ángel del cielo os anunciara un evangelio distinto del que os hemos anunciado, sea maldito”, se lee en Gálatas 1, 8.

Dios da a conocer su voluntad al receptor del don de profecía, o quiere que sepa algo que es bueno saber.

Pero el futuro no es como una realidad paralela que ya esté prefijada desde la eternidad y que se tenga que ir materializando o concretizando poco a poco a medida que pasa el tiempo hasta llegar al momento presente; en este sentido el futuro no existe.

Simplemente Dios revela, en su momento, al profeta o al receptor de la profecía una cosa puntual, por ejemplo, que piensa actuar de tal o cual forma o que piensa comunicar algo.

Entonces, por parte del ser humano, una cosa es pretender adivinar o traer al presente alguna realidad futura (que es imposible) y otra, muy distinta, es la intervención de Dios en la historia personal o humana para actuar y/o comunicar algo relacionado con el plan de salvación trazado desde antiguo.

El receptor de una profecía que viene a saber algo, simplemente lo sabe porque así Dios así se lo ha comunicado o así lo ha dispuesto, pero esto no es en absoluto adivinar el futuro.

El fin del mundo

También el día del Juicio Final es un secreto que no ha sido revelado nunca. Con respecto al final de la historia, todos los videntes concuerdan en dos características principales:

1.- En primer lugar, todos indican una revolución originada desde la impiedad, constituida por una oposición formal a Dios y su verdad y expresada en la persecución más  atroz a la que haya sido sujeta la Iglesia.

2.- En segundo lugar, todos prometen para la Iglesia la victoria más espléndida que haya tenido en la tierra.

Realidades estas que, en definitiva, no son nuevas pues Jesús ya lo dijo: “En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!. Yo he vencido al mundo” (Jn 16,33). “Os he dicho esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que ya os lo había dicho” (Jn 16,4).

Estas profecías –las privadas- no nos iluminan más de lo que las profecías de las Escrituras lo hacen sobre el Juicio Final que permanece como un secreto divino.


THE END WRITTEN ON ROAD

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La profecía no es un pensamiento positivo, no es improvisar y comenzar a decir lo primero que se venga en mente, no es una intuición o corazonada, no es tener un presentimiento o una sensación que viene espontáneamente a la mente.

No es hacer pasar por divino algo que en teoría Dios pudiera decir sólo por ganar la fama y el título de profeta, no es experiencia por conocimiento como le sucede al mecánico que al escuchar el ruido del motor sabe qué le sucede o le sucederá si no se interviene o al médico que con un par de síntomas puede dar un diagnóstico.

La verdadera profecía es un mensaje de Dios destinado a la comunidad o al individuo. Y aunque no necesita estar en forma bíblica, no puede ser contrario a la Escritura.

En todo caso las revelaciones privadas no realizan ninguna contribución a la mejora de la revelación divina.

La Iglesia, como guardiana de la revelación, tiene derecho y deber de examinar la revelación privada; y la afronta con gran cautela y reserva.

La aprobación eclesiástica dice, más bien, que la revelación privada no está en contradicción con la revelación universal y pública, y que puede servir de edificación espiritual.

El receptor del don de la profecía deberá, por regla general, ser virtuoso y de mérito, ya que todos los autores místicos concuerdan en que en mayor medida Dios concede este don a los individuos santos.

División de las profecías

En razón del objeto, existen de acuerdo a santo Tomás (Summa VOL 4 II-II (b) CUESTION 174: ARTICULO 1) tres clases de profecía: Profecía de predestinación, profecía de presciencia y profecía de conminación.

La primera clase, la profecía de predestinación, toma lugar cuando Dios revela lo que hará, y lo que ve presente en la eternidad y en su decisión absoluta.

Esto incluye no sólo el secreto de la predestinación a la gracia y a la gloria sino también aquellos sucesos que Dios ha decretado absolutamente que hará por su poder supremo y que pasarán infaliblemente, por ejemplo: “He aquí que la virgen concebirá…”.

La segunda clase, la profecía de presciencia, tiene lugar cuando Dios revela algún evento que depende de una libre decisión o libre albedrio y que ve presente desde la eternidad, por ejemplo la profecía de Simeón.

La profecía conminación es signo de amonestación divina o de denuncia cuando Dios revela eventos futuros subordinados a sucesos de orden secundario, que puede ser que se cumplan o no; por ejemplo, Jonás y la posible destrucción de Nínive y la destrucción de Sodoma.

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