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Las cataratas del Niágara: Esa criatura de Dios

© Artur Staszewski
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Los primeros ojos europeos que la contemplaron fueron los del franciscano Fray Luis Hennepin, que celebró una misa allí

Abandone por algunos instantes, estimado lector, sus preocupaciones del día a día y déjese maravillar por estas fotos (o el video de abajo) de las Cataratas del Niágara. En seguida, cierre los ojos del cuerpo y abra los de la imaginación para ver estas cataratas en su continuo estado de movimiento y renovación. A cada minuto que pasa son toneladas de agua que caen, golpeando en las rocas debajo, en un ensordecedor ruido de "trueno".
 
Su localización geográfica -en la frontera entre Nueva York (EE.UU.) y Ontario (Canadá)- no podría ser mejor, una vez que las cuatro estaciones del año son perfectamente ordenadas en esta región, hecho que contribuye a aumentar todavía más su belleza. En los días soleados del verano, es casi imposible no dejarse hipnotizar por la magnificencia del paisaje. Además de ver a las gaviotas jugando con la neblina producida por las fuertes caídas de agua, es posible contemplar un magnífico espectáculo de arcoiris.
 
El invierno trae un aspecto nuevo, dándole una nota austera, lo que no disminuye el esplendor de las cataratas mundialmente famosas. Su ruido continúa ensordecedor como siempre y tal vez hasta más acentuado, debido al silencio producido por la nieve y el hielo de los alrededores.
 
¡Sí, las Cataratas del Niágara son deslumbrantes! Su grandeza y elegancia son un excelente reflejo del Divino Artista, el cual es la propia Belleza.
 
Antes incluso de ser evangelizados por los misioneros jesuitas, venidos de Francia, los indígenas locales sentían la fuerza de lo sobrenatural en el espectáculo producido por las aguas. Atribuían aquella grandiosidad a la existencia de un "dios", el cual llamaban de "el dios del trueno", que para ellos vivía en las cavernas existentes atrás de las cortinas de agua.
 
Solamente después de 1678 esa maravilla de la naturaleza se volvió conocida más allá de las fronteras norteamericanas. Los primeros ojos europeos que la contemplaron fueron los del franciscano Fray Luis Hennepin, capellán de la expedición promovida por el desbravador francés La Salle. Maravillado por el paisaje grandioso, celebró allí una Misa en acción de gracias, mirando para las cataratas, acompañado por un grupo de indios Seneca. A pesar de la gélida temperatura del mes de diciembre y del improvisado altar, el esplendor de la región bien podría ser comparado a algunas de las bellísimas catedrales que él había dejado en Europa.
 
Desde entonces, más de 12 millones de turistas visitan anualmente las cataratas. Muchos, sin embargo, las visitan no apenas como simples turistas, sino también en espíritu de peregrinación.
 
Un celoso sacerdote, previendo el gran número de personas que allá afluirían, resolvió construir una pequeña iglesia en el lugar donde fuera celebrada la primera Misa. Esa iglesia recibió el nombre de Our Lady of Peace, esto es, Nuestra Señora de la Paz, y acoge no solo a los católicos de la región sino a todos los que de lejos viajan sedientos de belleza.
 
Tiempos después, en 1861, el Papa Pío IX elevó la iglesita a la categoría de santuario mariano y lugar de peregrinación.
 
Por la Hna. Elizabeth MacDonald, EP Artículo originalmente publicado por Gaudium Press 
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