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Meteora, monasterios encaramados a las aristas del cielo

© Daniel Solabarrieta
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Construidos a varios centenares de metros sobre grandes mochones de la llanura de Tesalia (Grecia), sólo están habitados seis actualmente

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Coronan mazacotes de roca más grandes que campos de fútbol de la llanura de Tesalia, los monasterios de Meteora, huellas indelebles del cristianismo en el norte de Grecia, se fueron concretando allá por el siglo XI en esta parte del antiguo esplendor griego.

Lugar idóneo para oír el silencio en el que habla Dios entre ascesis y contemplación, los primeros monjes comenzaron a instalarse en las cuevas y en chozas al pie de los peñascos, para acudir los domingos y festivos a la celebración litúrgica común de Santa María de la Fuente de la Vida (‘Panayiá Zoodojos Piyí’), que se mantiene en pie hoy en día. Data del siglo XI y tiene unos hermosos frescos que decoran su interior.

Estos asentamientos eremíticos durarían tres siglos hasta que llegó a la zona san Atanasio “Meteorito”, que dio nombre al lugar, y fundó la primera comunidad monástica.

Ataques turcos

En su época áurea, el territorio, que obtuvo en 1988 la calificación de Patrimonio de la Humanidad, contaba con veinticuatro cenobios. En la actualidad, hay vida monástica en seis de ellos. A saber, el de Metamorfosis o Gran Meteoro, el de San Nikolas Anapafsas, el de Roussanou, el de la Santa Trinidad, el de San Esteban y el de Varlaam.

El lugar experimentó también la impronta expansionista del imperio turco, que llegó a Tesalia a finales del siglo XIV, para, entre otras decisiones, imponer el pago de tributos a los monjes del lugar, a lo que estos accedieron para continuar en la zona.

Esa paz “pagada” duró hasta 1609 con la revuelta en la ciudad de Lárisa organizada por san Dionisio el “Filósofo”. Esta fue la excusa perfecta para que los otomanos atacaran los monasterios y edificios eclesiásticos, como el Gran Meteoro, en el que fueron asesinados bastantes monjes.

Fue el padre Efthimios Vlajavas, quien protagonizó la rebelión más importante a comienzos del siglo XIX, desde el monasterio de San Demetrio de Meteora. Traicionado y secuestrado por el sultán Ali Pashá, Vlajavas, héroe y mártir nacional griego, sufrió las consecuencias de oponerse al poder turco, así como sus pobladores, encarcelados, y el monasterio reducido a cenizas por los bombardeos.

Actualmente se conservan imágenes y otros documentos en el museo Gran Meteoro, donde se recogen aquellos episodios y también los ocurridos a comienzos del siglo XX con la lucha de los monjes contra la ocupación búlgara. Situado a más de 600 metros de altura sobre el nivel del mar y conocido como Metamorfosis, porque alude a la Transfiguración de Cristo en el Tabor, este es el monasterio principal de los habitados actualmente, cuya importancia se refrenda porque está más elevado que los restantes.

Su iglesia de Katholikón es un buen ejemplo de arquitectura bizantina, que acoge en su interior el fresco que representa el pasaje evangélico en el que Jesús se muestra con todo su esplendor a sus discípulos Pedro, Santiago y Juan. Además, contiene varias estancias bien conservadas, como el refectorio, la antigua cocina, el osario, dos museos y las celdas de los monjes. Si nos asomamos en las terrazas del cenobio, disfrutaremos de unas vistas sublimes de la zona.

Agios Stefano, el único habitado por monjas

Dejando el Gran Meteoro, nos topamos con el de Varlaamn (Todos los Santos), que se encarama a una altura de 373 metros y fue edificado en el siglo XVI sobre las ruinas de un monasterio anterior por los hermanos Nektarios y Teofanis. Esto mismo ocurre con Roussanou o de Santa Bárbara, edificado por los monjes Josafat y Máximo en 1288 d. C.

Según una tradición, se necesitaron 70 años para acarrear los materiales para construir Agia Triada o de la Santísima Trinidad, majestuosamente asentado en la cumbre de otro de los inmensos mochones pétreos de esta llanura fantástica de Tesalia, como también ocurre con el último de los habitados: Agios Stefanos o de San Esteban. A éste accedemos por un puente de ocho metros de longitud. Sobre su portón, una inscripción nos retrotrae a la fecha de su construcción en 1192. Habitado por mujeres desde 1961, el único de entre los que mantienen culto en la zona, contiene dos iglesias, una de ellas la del propio san Esteban, recubierta de frescos del primer mártir cristiano.

De finales de los setenta del siglo pasado, es la iglesia de Agios Jarálambos, cercana al cenobio femenino, en la que encontramos pinturas y efigies de santos guerreros y una imagen de san Jorge luchando con el dragón. Salimos del lugar y vemos serpentear al sagrado -para los griegos- río Peneo, que riega de vida el valle cuyo telón de fondo son las montañas Koziakas.

Destruidos gran parte de los monasterios por las tropas alemanas en la Segunda Guerra Mundial, los templos de Meteora son testigos del anhelo del ser humano para unirse y alabar a su Creador, lejos del ruido que devasta nuestro interior, y son huellas indelebles del seguimiento de Cristo por parte de los griegos, que llegaron a encontrarle varios siglos después de que san Pablo les predicara el Evangelio en el siglo I con escaso éxito.

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