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Fidelidad a la conciencia y a la verdad en tres películas de Fred Zinnemann

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Solo ante el peligro, Un sombrero lleno de lluvia y Un hombre para la eternidad: el ser humano al límite

Recreó hombres y mujeres apasionados por la vida aunque en ocasiones tuvieran que exponerla al filo de la navaja por fidelidad a si mismos, el director de cine judío Fred Zinnemann (1907-1997) puso a sus personajes al límite en buena parte de su producción fílmica y ello lo podemos comprobar, entre otras, en tres de sus veinte largometrajes: Sólo ante el peligro (1952), un sombrero lleno de lluvia (1957) y Un hombre para la eternidad (1966).

Por la primera y la tercera recibiría varios Óscar y uno más por De aquí a la eternidad (1953), ambientada en la guerra de Estados Unidos contra Japón. El cuarto le llegaría por el guión de Los ángeles perdidos (1948), drama bélico que sirvió para descubrir a Montgomery Clift y seis años después de que el director europeo comenzara su carrera en Hollywood con Ojos en la noche (Kid Glove Killer-1942).

Nacido en Viena en 1907, Zinnemann quiso ser músico, inició Derecho pero dio un giro a su vida marchándose a Estados Unidos para estudiar cine y distanciarse del empuje nazi en su país. No obstante, su primer largometraje lo firmaría con 22 años en Alemania Menschen am Sonntag, filme que contó con la participación de otros que serían posteriormente grandes figuras del cine norteamericano, como Siodmak, Billy Wilder y y Edgar Ulmer.

Solo ante el peligro

Tras su primer largometraje Ojos en la noche (1942) vendrían varios éxitos que encumbrarían su carrera -como la de otros directores europeos- por los que los estudios le encargaron realizar Solo ante el peligro (High Noon– 1952), historia de un día en la que un alguacil, recién casado, se enfrentará a unos delincuentes para salvar a sus conciudadanos de los que no obtiene ninguna ayuda para enfrentarse a los malhechores. El filme, rodado en tiempo real como atestigua la aparición del reloj recurrente, tiene momentos memorables y llenos de tensión, destacando la hombría del sheriff Will Kane, interpretado por Gary Cooper (que recibiría un Óscar), para ser coherente con el compromiso adquirido de defender la ley. Muchos han visto en el guión de Foreman una alegoría de la ignominiosa Caza de brujas, del senador McCarthy, que se ejerció entre 1950 y 1956 contra intelectuales y personas sospechosas de comulgar con el comunismo.

El conflicto moral que carga Kane en este western psicológico lo vemos en  simples gestos, como miradas dudosas y desencantadas, miedo expresado en como se limpia el sudor por el calor ambiente, tribulación y tristeza en cómo escucha una tras otra las negativas ciudadanas…

Más allá de las alusiones a la Caza de brujas, asistimos en este filme de Zinnemann a la donación del ser humano por vivir acorde a su conciencia, decisión que le acerca a un precipicio que nunca ha buscado pero al que se siente obligado a entregarse para poderse seguir mirando a la cara.

La escena en la que el alguacil recorre en solitario la calle polvorienta para encararse con los delincuentes, que han esperado en la estación la llegada de su jefe para dirigirse al pueblo, es memorable, por su intensidad (el sudor y el cansancio por un sol en blanco y negro aplastan al espectador) y como colofón de la petición de ayuda del representante de la ley.

Un sombrero lleno de lluvia

Con la anterior comenzaría la época dorada para Zinnemann, quien obtendría otro rotundo éxito al año siguiente con De aquí a la eternidad, por la que el “crooner” Frank Sinatra conseguiría su único Óscar interpretando al soldado Maggio. Tras ella Oklahoma, un western de 1955 y dos años más tarde Un sombrero lleno de lluvia o la historia de un deseo insatisfecho del sentido de la vida que se cristaliza en adicción como huida de la plenitud no encontrada.

El enganche a las drogas, explicitado en un guión memorable, nos conduce crudamente al deterioro integral no sólo de la víctima sino también de sus relaciones personales, sociales y laborales. El filme aborda también las relaciones intergeneracionales, especialmente en el caso de las adopciones, los problemas de comunicación en el matrimonio y de la maternidad, los amores imposibles y/o no correspondidos, el tráfico de drogas como lacra social, el trauma psicológico de quienes han asistido a la guerra, el uso “institucional” de las drogas para mitigar en los soldados los efectos perniciosos del frente de batalla…

Una película extenuante y cuajada con excelentes diálogos y con una conclusión dura pero esperanzada de cómo el ser humano puede madurar en situaciones límites.

Un hombre para la eternidad

Zinnemann persiguió durante años plasmar la vida de un santo y pudo cristalizar su deseo en 1966 tras definir con talento Historia de una monja (1959), Tres vidas errantes (1960), Y llegó el día de la venganza (1964).

Atraído por la obra de Robert Bolt Un hombre para la eternidad, contactó con él para que escribiera el guión. Bolt ya lo había hecho con éxitos sonados con  Lawrence de Arabia (1962) y Doctor Zhivago (1965), para David Lean.

En declaraciones, Zinnemann afirmó que vio en la obra de Bolt la categoría de  “un hombre que lo tenía todo –posición, dinero, una familia, la vida…– y lo dejó todo. Fue un hombre de Dios”. El director vienés consiguió una obra histórica genial que obtendría el favor del público, seis Oscar y el Gran Premio de la Oficina Católica Internacional del Cine (OCICO). En enero de l989, había alcanzado los 25 millones de dólares en la taquilla mundial.

La historia narra el proceso hasta su muerte del que sería más tarde santo Tomás Moro, elegido canciller de Inglaterra por Enrique VIII, pero que se opuso a éste en su decisión de anular el matrimonio con Catalina de Aragón, que ocasionaría la creación de la Iglesia anglicana y la ruptura con Roma.

Para Tomás Moro, el autor de Utopia, la verdad y la fidelidad a la conciencia son vitales. No quiso aprobar la decisión real y perseveró hasta el final, como vemos en el filme, interpretado mayúsculamente por el actor inglés Paul Scofield (Enrique V, Hamlet y  Quiz Show, entre otras), y donde actuó también Robert Bolt.

La escena del juicio es uno de los momentos cumbres de lo que supone el amor a la verdad por encima de presiones generales y consecuencias mortales que acarrearon el cadalso para Tomás Moro, el cual fue nombrado por Juan Pablo II patrón de los políticos y los gobernantes. 

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