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¿Es malo desear cosas buenas? ¿Pensar en uno mismo es siempre egoísmo?

Nick Koch Weiler / Flickr CC

Carlos Padilla Esteban - publicado el 03/08/14

Hay un correcto amor a uno mismo que es necesario para el propio equilibrio

Nuestra vida la mueven los deseos que surgen en el corazón. El amor instintivo es la fuerza que mueve muchas veces nuestros pasos. El P. Kentenich decía: « ¿Qué es el amor instintivo? Un amor que parte de los instintos, un amor irracional, una tendencia que busca emerger de las ocultas profundidades del subconsciente. Un amor que simplemente empuja una naturaleza hacia la otra»[1].

Un amor instintivo que brota de lo más hondo. Es ese amor de la madre hacia el hijo. El amor que lucha por proteger lo que ama. Es el amor que atrae a los enamorados. Es un amor que posee una fuerza y un vigor extraordinario, surge de lo más hondo. Desea aquellos bienes que puedan colmar la sed y el hambre. Es un amor que, bien conducido, se convierte en el motor que todo lo mueve. Pero es un amor que puede hacernos egoístas.

Añadía el P. Kentenich: «Si yo amo instintivamente encontraré en muchos casos con seguridad y correctamente lo que tengo que hacer, sin necesitar explicar los principios ni conocerlos. Pero el amor instintivo separado del sobrenatural, es un fuego que puede actuar de forma devastadora»[2].

Este amor nos hace desear lo que no poseemos, nos lleva a desear satisfacer los deseos más hondos. Necesita ser complementado, educado, conducido. Este amor instintivo lo desea todo. Es un amor que no quiere renunciar a nada. Un amor que pretende tapar con bienes finitos la sed de infinito que tiene el alma. Un amor que puede volvernos egoístas y hacer que olvidemos a los que nos rodean, a los que comparten con nosotros el camino.

Para no ser autorreferentes sería bueno preguntar cada día a los que van a nuestro lado: « ¿Tú qué deseas? ¿Qué quieres hacer? ¿Qué te interesa? ¿Cuál es tu sed? ¿Tienes hambre?». Son preguntas sanadoras y liberadoras. Nos sacan de nuestro egocentrismo. Nos liberan de nuestras ataduras. Pero, con frecuencia, no las hacemos.

Tal vez lo que nos pasa es que no somos empáticos, no percibimos la realidad que nos rodea, no nos abismamos en el alma de aquellos a los que queremos. No percibimos su miedo, su frustración, su anhelo, su deseo más hondo, sus sueños. Pasamos de largo pensando en lo que nosotros deseamos.

Hoy los discípulos sí se dan cuenta de que el pueblo tiene hambre: «Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer». El pensar en el otro nos descentra. Y eso muchas veces es muy incómodo. Nos saca de nuestra comodidad. Violenta la paz del alma en la que descansamos.

Pero no siempre todo lo que hacemos y deseamos, pensando en nuestro bien, es egoísta. Puede que lo hagamos buscando nuestro descanso y no por eso es egoísta. Sería absurdo pensar así. Dios quiere nuestro bien. Nos quiere sanos. Quiere que amemos la vida y todo lo bello que posee. Por eso buscamos el descanso y la paz. Pensamos en nuestro bien y no por eso somos egoístas.

Decía Anthony de Mello: «Otro peligro subyace a la idea de que son malas las comodidades, los entretenimientos y las cosas que hacen agradable la vida. Lo que realmente queremos es la libertad interior frente a todos los placeres que nos ofrecen las criaturas. No nos sentiremos plenamente libres a menos que las aceptemos sin sentimiento de culpa y las dejemos de lado sin ser coaccionados a hacerlo»[3].

Disfrutar de la vida y sus placeres no es necesariamente egoísta. Podría serlo si ese deseo fuera nuestro único fin en la vida. Si viviéramos sólo para cumplir los anhelos que brotan constantemente en el corazón despreciando las necesidades de los que nos rodean. Si nunca pensáramos en los demás preocupados sólo de nuestras cosas.


Pero, ¡cuántas personas hay que no tienen paz cuando disfrutan de la vida y su comodidad! Piensan que no están siendo generosos con los demás. Hacer deporte, tomarse unos días de vacaciones en la playa, ir a la piscina, leer un buen libro, pasear por las calles de una ciudad, descansar sin hacer nada, ver una buena película, perder el tiempo sin producir, tener una conversación interesante, hablar de cosas livianas, intrascendentes, contemplar en silencio un atardecer, dormir más horas. Son placeres de la vida a los que no tenemos por qué renunciar cuando Dios nos los pone en el camino.

Lo que sí queremos es ser libres frente a ellos cuando no los tengamos. No vivimos para tener vacaciones. No malvivimos la semana esperando el descanso del fin de semana. Pero disfrutamos el tiempo libre para que el alma descanse y se llene de vida y pueda volver a la rutina al acabar el descanso.

Anhelamos la libertad interior frente a los bienes, para no depender de ellos. Pero, cuando los tenemos, los disfrutamos, porque Dios quiere nuestro bien. Desea lo mejor para nosotros. Ha sellado una alianza con nosotros para cada día: «Venid a mí. Sellaré con vosotros alianza perpetua, la promesa que aseguré a David». Isaías 55, 1-3. Estas palabras nos confortan. La alianza de Dios con nosotros es para siempre.

Decía el P. Kentenich: «Dios sale de sí mismo y está en perpetuo movimiento hacia nosotros. A su vez, nuestra tarea es estar en continuo movimiento hacia Él. Dios busca hombres a quienes amar»[4]. Desea nuestro bien, nos ama y quiere que lo amemos. Nos ha prometido una vida plena y sólo desea que le demos nuestro sí, para poder entrar en nuestro corazón. Como decía Juan XXIII en se decálogo de la serenidad: «Sólo por hoy seré feliz en la certeza de que he sido creado para la felicidad, no sólo en el otro mundo, sino en este también». Queremos ser felices en el trabajo y en el descanso, en la entrega generosa y en las alegrías diarias. Felices en el camino. Sí, felices dándonos por entero y buscando momentos de paz.


[1] J. Kentenich,
Semana de octubre de 1951
[2] J. Kentenich,
Semana de octubre de 1951
[3] Anthony de Mello,
Buscar a Dios en todas partes, 89

[4] J. Kentenich,
Jornada pedagógica 1950 , pedagogía para educadores católicos
Tags:
amorvalores
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