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El amor multiplica

Hoja Claraesperanza - Carlos Padilla Esteban - publicado el 01/08/14

Cree en lo imposible palpando la limitación

La multiplicación de los panes y los peces es el milagro de poner en común las múltiples capacidades…

El amor de Dios siempre es sobreabundante. Llega más allá de mi mirada estrecha y limitada. Supera las fronteras de mi alma.

El amor de Dios se hace carne y sangre. Se hace presencia en cada Eucaristía para que coma y sobre. Para que nunca falten paz y esperanza en el alma.

Lo imposible vuelve a ser posible. Lo que parecía inalcanzable se pone al alcance de mi mano. La montaña baja hasta mí o soy llevado yo a la altura de la montaña, ya no lo sé.

El amor que quiero dar y que me parece tan pobre parece infinito al partirse entre los hombres. Y mis palabras que parecían detenerse en el papel superan fronteras invisibles penetrando tantas almas que desconozco.

El poder de mis brazos abraza más allá de mi contorno. Mis peces, mis panes, son necesarios. Tan necesarios como el agua de las tinajas de aquella boda en Caná de Galilea.

Necesita que yo ponga lo mío. Mi forma de ser, mi original forma de amar. Quiere que le entregue mis límites junto a mi pecado. Mi pobreza con mis sueños. Que lo ponga todo entre sus dedos.

Me pide que crea en lo imposible palpando la limitación. Pienso en todo lo que no puedo hacer. Palpo lo que logro tocar. Y me conmueve mi pequeñez.

Pero creo que es posible superar los límites que el mundo impone. Y mirar más allá del cielo negro, buscando estrellas. Leía el otro día: “Hay gente que con solo abrir la boca llega hasta todos los límites del alma, alimenta una flor, inventa sueños, hace cantar el vino en las tinajas y se queda después, como si nada. Y uno se va de novio con la vida desterrando una muerte solitaria, pues sabe, que, a la vuelta de la esquina, hay gente que es así, tan necesaria”[1].

Hace falta gente necesaria. Personas enamoradas de su misión. Que estén siempre dispuestas a entregar su pan y su vino, sus peces y su pan, su palabra y su carne. A entregar su agua soñando el vino. Personas llenas de Dios que se dejan hacer en sus manos.

¡Cuánto duele que se rompa la vasija de mi vida hecha de barro endurecido! Duele ver cómo se rompen mis sueños. No importa. Otros surgen en mi voz, en mis pasos.

Toco en mi pobreza el poder de su amor abriéndome por dentro. Para que no me canse nunca de dar, de amar, de cantar a la vida. De mirar árboles que se elevan sobre los límites que marca la naturaleza.

No me canso de dar, de ponerme a servir la vida. No me canso de presentar la vasija de mi alma, vacía o medio llena, rota, poco importa.

Lo imposible es suyo. Mío es sólo lo que yo puedo. Lo que quiero. No lo dudo. A eso sí estoy dispuesto. Acaricio los límites y sueño con mis deseos. Esa tensión la quiero:

Los deseos no pueden hacerse realidad sin conocer y ajustar cuentas con los límites, del mismo modo que un límite no podría ser advertido como tal más que desde la perspectiva, propia del deseo, de superarlo”[2].

Esa tensión la vivo cada día. Entre lo que quiero y deseo. Entre lo que puedo y soy capaz.

El Espíritu me ensancha por dentro más allá de mis fronteras. Me rompe para que tenga más espacio. Como ese pan y ese vino que dan de comer a miles cada día.

Derramando amor no a los puros, no a los que no pecan, que tengo a bien sabido que no existen, porque el sentirme puro me llena de soberbia y me hace perder la llave del cielo. Esa llave se llama humildad. Cuando me creo mejor que otros la soberbia me aleja de Dios, no lo necesito.

Ese pan y ese vino son alimento eterno para todos. Especialmente para el que se arrodilla arrepentido. Consciente de sus límites. Sabedor de sus sueños. Torpe para llevar a cabo lo que desea. Frágil por dejarse llevar por la corriente que lo arrastra.

Es entonces su cuerpo sostén para el que camina. Ayuda para ese peregrino que se sabe tan débil en medio de mil tropiezos. Es la paz en su alma y el amor que lo hace todo nuevo en su corazón pequeño. Lo hace capaz de lo imposible.

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