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¿La llave del corazón? El amor

© jenny downing / Flickr / CC

Carlos Padilla Esteban - publicado el 31/07/14

Al ser rechazados, ocultamos el tesoro; cuando somos amados vencemos los miedos, dejamos entrar al que nos ama, sacamos lo mejor; cuando amamos descubrimos tesoros escondidos

¿Qué significa venderlo todo? Significa estar dispuesto a cambiar de vida por amor. Cuando encontramos el tesoro que necesitamos, cuando descubrimos el sentido de nuestra vida, lo vendemos todo.

No es igual tener el tesoro habiendo vendiendo antes todo lo que tengo, que conservarlo todo y además comprar ese tesoro con el dinero que me sobra. Sería un tesoro más. Pero en ese tesoro no estaría mi corazón. Quizás no vería el valor que tiene entre tantas otras cosas.

Primero tengo que despojarme de mis cosas, entregar todo lo que soy, poner mi vida en juego, optar. Me tengo que vaciar y comenzar de nuevo. Tocar puertas, cavar sin ver.

Tengo que vaciarme con la esperanza de saber que en lo profundo está mi tesoro. Tengo que arriesgarme vendiéndolo todo sin estar seguro de que el tesoro está ahí escondido.

Confiando en que merecerá la pena vivir sin estar sujeto. Dejando el puerto seguro, porque el tesoro siempre está mar adentro, en lo profundo del campo, en lo alto de la montaña, en el camino de la vida cuando hemos andando largos trechos confiando en el amor de Dios.

En la búsqueda encontraré. Aunque ahora no vea más que mi paso. Tenemos el mejor mapa del tesoro que es Cristo. Siguiéndole a Él lo encontraremos, recorriéndole a Él lo hallaremos.

Es mi parte, ese paso que Dios necesita para poder actuar. Él pone en mi alma una intuición de dónde está mi tesoro. Hay cosas que sueño, que intuyo, que sé que me faltan. Dios pone en mí ese deseo de cielo y de vida en plenitud. Yo me pongo en camino.

Decía san Juan Pablo II hace 25 años en el Monte del Gozo: «La palabra camino está muy relacionada con la idea de búsqueda. Es Dios quien nos busca. Él nos sale al encuentro». Nosotros buscamos, Él nos encuentra.

Yo puedo vivir como antes, esperando a que el tesoro venga a mis manos, quejándome de lo que me falta en la vida, pidiéndole a Dios que me dé por fin eso que anhelo, eso que tienen otros y yo deseo, la paz, la alegría. Puedo quedarme quieto sin ponerme en camino, esperando a que calme mi sed de amor.

O puedo salir de mí mismo, poner mi vida, mi alma, como prenda. Siempre merece la pena. El tesoro nos lo ha prometido Jesús a cada uno. Lo hallaré en mi alma, en la de los que amo, escondido en mi vida.

Cuando lo tenga sabré que todo lo que vendí fue poco en comparación con lo que tengo. Es fácil entonces dejar nuestra vida anterior para iniciar un nuevo camino. Renunciamos y merece la pena.

 La transformación es también lo que María realiza en nosotros cuando nos entregamos a Ella, lo vendemos todo y la dejamos llegar al corazón.

María respeta nuestros tiempos y nos hace creer en el tesoro que llevamos escondido, en el don que Dios nos ha dado. En esa misión única que quiere que hagamos realidad con nuestra vida.

Ella cree en todo lo que valemos. Sabe que somos una piedra preciosa. No se olvida de nosotros. Porque, aunque muchos se olviden de nosotros, María no se olvida. Gracias a su amor descubrimos el tesoro que está en nuestro interior y creemos en todo lo que podemos llegar a ser.

Como decía san Juan Pablo II en la JMJ de 1989 en Santiago de Compostela: «Así encontraréis vuestro ser auténtico, que no lo garantiza el poseer, y descubriréis la experiencia interior de haber recibido un gran don».

María nos ayuda a descubrir nuestro don. Nos educa, modela nuestro campo, nos ayuda a conocernos y a desear ser mejores.

Estamos llamados a llevar un tesoro en vasijas de barro. Una persona comentaba: «Siempre me impresiona cómo a pesar de mi dejadez o pereza, de mi pequeñez, experimento el regalo de sentirme instrumento. María me da fuerzas, me transforma y usa de mí a pesar de todo. Aunque yo no la busque, ni sea capaz de volver la mirada hacia Ella

».

Es verdad. Llevamos el tesoro encontrado en la fragilidad de nuestra humanidad. Así los demás pueden palpar en nuestra debilidad la fortaleza de Dios, su poder, su riqueza. No brillamos nosotros, brilla Él en nosotros. Y, cuando nos olvidamos de esa verdad, acabamos creyendo que brillamos nosotros.

Somos el cáliz que lleva la sangre de Cristo. El Sagrario que oculta lo más sagrado. Somos la apariencia humana que esconde un don precioso. Somos el campo que muchos pisan y sólo alguno se detiene a excavar lo que hay escondido en él.

Sí. Somos un tesoro porque Cristo es nuestro tesoro. Tenemos lo más valioso para entregar. Somos valiosos, porque Dios nos ama tanto. Esa fe nos da fuerza para el camino.

Además, el saber que el tesoro del Reino está enterrado en el campo, nos hace mirar con admiración y respeto todos los campos. Es Cristo el que me habla en aquella persona con la que me encuentro. Es un milagro ver así la vida.

Llevamos un tesoro escondido en nuestro campo, en la apariencia de debilidad. Vamos mirando con respeto todos los campos, porque en ellos está lo más valioso, Dios mismo.

El tesoro de nuestro corazón sale a la luz cuando amamos. Y sólo así descubrimos tesoros escondidos. Decía el Padre José Kentenich: «Si quieres ser amado, ama. Ama a manos llenas, entrégate a manos llenas. Porque si no lo haces así, ¿cómo entonces atraerás el amor de los demás hacia ti? Exigir amor es algo que cualquiera puede hacer. Tú, en cambio, ¡échate al agua!; si quieres ser amado, tienes que amar».

Cuando nos lanzamos a amar vencemos barreras, rompemos los miedos, liberamos lo escondido. Sólo el que se sabe amado se libera, se relaja y deja que se vea el tesoro que lleva dentro.

Nuestro tesoro, lo más valioso de nuestro corazón, lo que está más escondido en el océano de nuestra alma, sólo lo entregamos cuando el amor abre la puerta de nuestra vida.

Al ser rechazados, ocultamos el tesoro. Cuando somos amados vencemos los miedos y dejamos entrar al que nos ama. En ese ambiente de admiración y respeto damos lo que tenemos, sacamos lo mejor, creamos las mejores obras de arte, pensamos las mejores palabras, escribimos los sueños mejor pintados.

El amor es la llave del corazón. La llave del tesoro escondido.

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